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Espacios compartidos: la ruidosa convivencia de la oficina abierta

El aire acondicionado, el volumen de la música y las charlas no pedidas son repetidos momentos de incomodidad en los espacios laborales

Miércoles 09 de agosto de 2017
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PARA LA NACION
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La oficina abierta exige nuevas reglas
La oficina abierta exige nuevas reglas. Foto: Shutterstock

Marina B. trabaja en un banco de primera línea. Intenta concentrarse en un proyecto para el área de seguridad de la información. Sin embargo, en su escritorio le cuesta pensar. "Con la mejor onda, vienen y te hablan. Y no se dan cuenta de que no pueden invadirte así como así", señala la ejecutiva del banco, que por no ser "odiada" en la oficina prefiere no revelar su nombre.

El clima es otro motivo de negociación y conflicto. "Compartir oficina con alguien que tiene frío en enero y se resiste a prender el aire acondicionado es mortal", sostiene Nora Conde, gerente en Mercomax.

Al problema del termostato se suman los olores a comida o cigarrillo; el volumen de la música de Iron Maiden en el box de al lado o el de la conversación con el jefe que perdió el avión en Orlando; el grito del que se olvidó el papel higiénico, o la queja por el excremento del perro en las empresas pet friendly.

Las oficinas de espacios abiertos (open space) sin duda han hecho rendir mejor el metro cuadrado para las empresas, pero, sin reglas claras que ordenen la convivencia, lejos de promover la interacción, generan una serie de situaciones incómodas de compleja resolución.

"Uno no dice nada para no ser el amargo del grupo, pero hay cosas que molestan", comenta Marina.

La gente que se acerca a hablar al box no lo hace con mala intención: "Ve a su compañero mirando al techo y no se da cuenta de que está buscando ideas o inspiración. Va, le habla e interrumpe el proceso de generación de ideas", describe Alejandro Melamed, autor del libro El futuro del trabajo y el trabajo del futuro.

El consultor recuerda el caso de una empresa que llegó a instalar una suerte de semáforos en los escritorios para demostrar si el propietario de ese escritorio estaba ocupado o no. "Todo requiere una cultura. Hay que entender para qué se ponen los espacios abiertos. Si todo el día estoy recibiendo clientes o proveedores, entonces no es el formato ideal. El espacio abierto es para generar conexiones, redes, espacios de interacción. Si eso no sucede y lo único que hay es una sustitución de lugares individuales, no sirve", agrega Melamed.

Adrián Pavía, un referente en el mundo de las fiestas y la organización de eventos, inauguró en Rosario una escuela no formal de concepto abierto, basada en la educación nórdica y en sus experiencias como consumidor en los espacios Apple o Microsoft en Nueva York.

"Los argentinos somos muy italianos y nos cuesta lo de los límites o registrar al otro, pero una mirada directa alcanza para darle a entender que está hablando muy fuerte", comenta Pavía, que además dirige el Hotel Colonial de San Nicolás, en la provincia de Buenos Aires.

Reconoce que en los primeros meses fue complicada la convivencia entre alumnos y docentes de la escuela, pero asegura que con el tiempo el autocontrol se instaló. "Hay que tener sentido de ubicuidad, saber estar. Además, el mismo ámbito te va llevando, te hace dar cuenta de que estás desubicado", afirma.

A su entender, cualquier organización tiene un referente que señala las líneas de lo aceptable o esperable: "Yo vengo todos los días de traje y moño. Mi socia nunca se baja de los tacos. Los alumnos y los profesores nos ven y de alguna manera nos imitan", señala el hombre que estuvo en la organización del megacasamiento de Lionel Messi en Rosario.

"Todo requiere una cierta regla de funcionamiento o alineamiento", afirma Melamed, quien recuerda su primer contacto con el espacio abierto en Bruselas, en 2005, cuando era gerente de Recursos Humanos de The Coca-Cola Company para la Unión Europea (UE). "Cuando lo traje a Buenos Aires, me vino a ver gente diciéndome que era insoportable trabajar sin un espacio cerrado. Hoy, no hay otra opción que el espacio compartido", dice.

Cuestión generacional

La edad influye mucho en esto de "digerir" la falta de límites espaciales. En Navent, por ejemplo, los empleados tienen 28 años promedio. La música, los auriculares, el par de empleados jugando al ping pong o al metegol, o los que al mediodía se escapan por un "chori gourmet" o una "pizza multitudinaria" son moneda corriente, describe Agustina Pinto, responsable de área de recursos humanos.

"La juventud se transpira en el ambiente. La transparencia y la sinceridad con las que trabajamos hacen que los mismos jóvenes traten sus conflictos y los resuelvan. Si los problemas escalan y exceden la cotidianidad, entonces el jefe puede llegar a intervenir", explica la ejecutiva.

La tendencia amigable hacia las mascotas está llegando a algunas empresas, sumando un beneficio para algunos y una incomodidad para otros. Mars, como empresa que comercializa comida para mascotas, implementó esa política en sus oficinas de Mercedes, adaptando las iniciativas de México y Colombia. Entre muchas otras tareas, para "instalar" la modalidad, tuvieron que crear un comité para "monitorear" la dinámica dentro del área verde -el espacio al aire libre donde las mascotas esperan a sus dueños mientras tienen reuniones- y la oficina "para asegurar que se respeten las normas", cuenta Mauro Williams, gerente de Asuntos Corporativos. "El primer tema que discutimos fue qué hacer con un perro que viene a la oficina cuyo dueño no lo puede cuidar por algunas horas", relata.

"También desarrollamos un proceso y un kit de limpieza para definir qué sucede y quién limpia cuando la mascota ensucia dentro de la oficina", indica el ejecutivo.

La lista de pequeñas molestias en el ámbito laboral es enorme y muchas veces nunca revelada. Sandra de Raedmaker, ex empleada del Hospital Austral y ahora emprendedora en el negocio de las velas aromáticas, cuenta: "No me banco los ruidos que hacen los otros al comer y tampoco el ruidito de las teclas de los celulares. Debería haber un manual de educación para su uso", sentencia.

El arquitecto Federico Cahn Costa tiene la oficina en su casa, pero también sufre la convivencia. "Lo que más me molesta es que toda la familia crea que mi escritorio es una librería donde todos pueden surtirse de lapiceras, gomas o resaltador, y si por milagro devuelven algo, lo dejan en un lugar que no es el que corresponde."

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