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El suicidio de Lara no es una tragedia ajena

El caso de la adolescente que se pegó un tiro en un colegio de La Plata habla de la vulnerabilidad de chicos atrapados en redes virtuales, cada vez más inaccesibles para los adultos

Miércoles 09 de agosto de 2017

¿Qué le pasa a mi hijo de 15 años cuando escucha que en el aula de al lado una chica se pegó un tiro en la cabeza delante de sus compañeros? ¿Cómo abordamos el tema en la mesa familiar? ¿Qué secuelas nos deja el horror de lo incomprensible, más allá del shock inicial? Éstas son, apenas, algunas de las preguntas que -seguramente- nos hacemos muchos padres ante un hecho que nos deja impotentes, desconcertados y perplejos. Y que, de alguna forma, desnuda las complejidades y la vulnerabilidad de una generación que vive, y a veces muere, a través de las redes sociales.

Frente a la tragedia que irrumpió la semana pasada en el Colegio Nacional de La Plata, nos faltan palabras y herramientas conceptuales.

Nos cuesta entender; nos cuesta explicar. Sabemos que es un hecho aislado, que no son aconsejables las generalizaciones ni las conclusiones rápidas. Sabemos que no se trata de echar culpas ni de encuadrar el drama en categorías ligeras. Pero no podemos dejar de hacernos cargo. Percibimos, como padres, que no es una tragedia ajena y que detrás de esa ráfaga de horror hay algo que tenemos que tratar de escuchar y comprender.

Foto: LA NACION

En la misma aula en la que ahora se sienta mi hijo me sentaba yo hace treinta años. Antes se había sentado una generación que atravesó otros horrores, cargados -aquellos- de los fanatismos y extremismos que oscurecieron la Argentina setentista. Con singularidades y altibajos, cada tiempo tuvo sus dificultades y dolores. Lo dijo Borges con maestría inigualable al hablar de un antepasado suyo: "Le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir". Pero hay algo de esta tragedia del presente que nos genera una angustia desconocida.

El disparo suicida que estalló en la clase de Geografía habla, en algún sentido, de una generación enfrascada en un mundo al que a los adultos nos cuesta cada vez más acceder. Nos genera temor e incertidumbre saber que a través del teléfono nuestros hijos pueden estar al lado nuestro y, al mismo tiempo, en territorios lejanos, ajenos y peligrosos. Las redes sociales han inyectado una potencia inusitada a patologías que no son nuevas. El bullying, sin ir más lejos, es una problemática tan antigua como la propia adolescencia. Pero ahora adquiere una dimensión desconocida que agudiza sus consecuencias traumáticas.

Hace treinta años, en las mismas aulas del Colegio Nacional en las que ahora habitan la conmoción y el desconsuelo, la comunicación era todavía "cara a cara". Los preceptores y profesores sabían en qué andábamos, y con quiénes, sólo con mirar alrededor. El bullying, cuando lo había, se exponía a simple vista; no había forma de ocultarlo detrás del anonimato de las redes, que potencia la agresividad y la cobardía. Ahora los adolescentes viven "conectados" a mundos inaccesibles. Nativos de la era digital, son -en muchos aspectos- chicos más informados, con mayores posibilidades y herramientas para ampliar sus horizontes. Pero también suelen vivir más expuestos y enredados en la telaraña de sus "mundos virtuales". Hay dilemas de este tiempo que muchos padres no tenemos resueltos: ¿debemos revisar el celular de nuestros hijos como nuestros padres nos examinaban el aliento para saber si fumábamos o si habíamos tomado alcohol? ¿O debemos respetar su intimidad? En realidad, es un dilema obsoleto. Con claves y huellas digitales, el celular de nuestros hijos ya es seguramente un territorio inaccesible. Y sus habilidades tecnológicas les permitirán ocultar aquellas cosas que quieran ocultar.

Internet ha roto muchas fronteras. La natural curiosidad adolescente, que antes se topaba con barreras y controles, ahora no encuentra límites. Hay personas que transmiten suicidios, golpizas brutales u homicidios a través de Facebook. Twitter se ha convertido en un lugar donde los abusos y la violencia ganan protagonismo. Casi sin filtro, hoy los chicos pueden asistir a "espectáculos" de crueldad o a "tutoriales" peligrosos con sólo una palabra clave en el buscador de Google. Los controles y la supervisión se dificultan en un océano virtual en el que cada vez circula más violencia. Los adultos corremos con desventaja, y siempre desde atrás. Muchos nos enteramos tarde de que, además, hay redes "alternativas", como Voxed, en las que los adolescentes pueden intervenir desde el anonimato sin ningún tipo de moderación ni fiscalización de contenidos.

Versiones y conjeturas sobre el horror que sacude ahora al Nacional de La Plata nos advierten, para mayor perplejidad, de que un chico podría anunciar su suicidio en las redes sin que ningún adulto logre reaccionar a tiempo.

Cuando se intenta una aproximación a las razones de semejante tragedia, asoman fenómenos que nos cuesta entender: el presunto impacto entre los adolescentes de una serie de Netflix sobre suicidio juvenil; el macabro juego de la "ballena azul" (que no se sabe si efectivamente se juega, pero ha sembrado inquietud en el mundo entero); la supuesta existencia de páginas web que alientan el suicidio entre los adolescentes como una suerte de acto de rebeldía? Por supuesto, nada de esto alcanza para explicar las insondables razones que llevan a una chica de 15 años a descargar un revólver en su cabeza en plena clase de Geografía.

El contexto agrega estupor. No fue el acto de una joven agobiada por la marginalidad y la falta de horizonte. Aunque no puede ligarse el suicidio adolescente a la exclusión social, es cierto que la mayor cantidad de casos se produce en zonas muy vulnerables, donde hacen estragos las drogas baratas y los jóvenes conviven con el más absoluto desamparo. Este caso ocurrió en una de las más sólidas instituciones educativas del país.

Hay algo, en medio del desgarro, que nos habla de una generación acechada por el "vacío", por los riesgos de la incomunicación, por los espejismos de una "galaxia virtual" en la que la vida parece vibrar al pulso de un clic. ¿Dónde están nuestros hijos cuando los vemos metidos en la pantalla del celular? La pregunta muchas veces nos genera inquietud, otras veces temor y -frente a hechos como el ocurrido ahora en el Nacional de La Plata- directamente estupor. Somos los padres de una generación que siente miedo en la calle; que ha perdido referencias de comunidad -como el barrio o el potrero de la esquina-; que está atravesada por las ansiedades del consumismo, y que convive, muchas veces, con adultos culposos y desconcertados. Somos padres de una generación formada en la inmediatez y el "todo ya"; que desconoce los tiempos del juego con soldaditos y vive sumergida en el vértigo de la Play; que quizá tenga menos tolerancia a la frustración y que se siente más cómoda en 140 caracteres (o en el lenguaje visual de Snapchat o de Instagram) que en la conversación personal. Somos padres de chicos que una mañana, en la primera hora de clase, pueden escuchar, en el aula de al lado, el disparo suicida de una adolescente igual que ellos.

Quizá por eso nos quedemos sin palabras, llenos de interrogantes y huérfanos de respuestas. En medio de ese desconcierto, quizá lo mejor que podamos hacer sea abrazar a nuestros hijos y estar tan cerca de ellos como nos sea posible. Sin mirar para otro lado; haciéndonos cargo de lo que pasa en el aula de al lado, que también es nuestra aula.

Director de la carrera de Periodismo de la Universidad Católica

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