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El universalismo de Barenboim

Pablo Gianera

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LA NACION@gianera
Jueves 10 de agosto de 2017
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Es media mañana en el bar del hotel Alvear y Daniel Barenboim baja del ascensor. Es su último día en Buenos Aires -estaba terminando de hacer el equipaje- después de una serie de actuaciones que lo dejó -incluso a él, que parece no conocer el cansancio- exhausto. Fueron muchos conciertos y más ensayos. Claro que el cansancio del Maestro no interfiere con su inteligencia.

Una de las cosas que más le gustan a Barenboim de sus visitas a la Argentina es que en sus encuentros ocasionales con críticos o periodistas puede hablar más de música (aquello que lo solivianta, realmente) que de los conflictos en Medio Oriente, por ejemplo, sobre los que le preguntan sin tregua en otros países. Esa mañana hablamos de música también, por supuesto. Le dije que me había sorprendido, en el concierto que dio en trío con su hijo Michael y el chelista Kian Soltani, el buen rendimiento camarístico de su piano, ese que él mismo inventó en parte y que lleva su nombre. "A mí me gusta mucho", me dijo. "Pero a mi mujer [la maravillosa pianista Elena Bashkirova] no tanto: dice que no canta."

La conversación, sin embargo, tomó enseguida otro rumbo, acaso porque en esos días el Maestro se había reunido con el presidente Mauricio Macri.

Barenboim está convencido de que, frente a la turbulencia estadounidense, la Argentina tiene la oportunidad (y yo diría más: la obligación) de profundizar las relaciones con Europa, y sobre todo con Alemania. Que el posicionamiento de la Argentina en el mundo es muy débil (y ni hablar después de los doce años kirchneristas) no es una novedad. Pero Barenboim piensa el problema con el Colón como metáfora. "En la primera mitad del siglo vinieron Erich Kleiber, Furtwängler..." En 1953, Wozzeck, la obra maestra de Alban Berg, fue estrenada con dirección de Karl Böhm. "El Colón tiene que volver a ser parte del mundo", dice el Maestro.

El Teatro Colón es un índice. Casi podríamos hablar de un "índice Colón" (como el índice Big Mac), que nos informaría de cuán (o cuán poco) conectada está la Argentina con el mundo. El dilema es si queremos un Colón (y un país) provinciano o uno universalista. Sentado a la mesa estaba también mi amigo y colega Federico Monjeau, que fundó Lulú, una revista de cuño bien universalista, como Sur. En el número 2 de esa revista, él reivindicó una tradición crítica americana que sería impensable sin Europa. "Vivir en Buenos Aires es, en efecto, bastante alienante", decía Federico. "Tengo algunos remedios, uno de los cuales consiste en recordar que la ciudad es una parte del mundo y que el mundo, como dijo John Cage, es uno solo." Barenboim estaría de acuerdo.

"Norte y Oeste y Sur se hacen astillas,/ los tronos se estremecen, los reinos tiemblan,/ huyamos al puro Oriente/ a saborear el aire de los patriarcas." Así empieza Goethe el West-östlichen Divan, el Diván occidental-oriental. "De Dios es el Oriente/ de Dios es el Occidente", se lee más adelante en el poema "Talismanes". El Divan goetheano sigue siendo un verdadero acontecimiento de la cultura europea. Lo es en primer lugar por su forma fragmentaria (cada poema como individualidad cerrada) y a la vez continua, en la que cada poema dialoga con el anterior y cada libro conduce al siguiente. Pero el verdadero acontecimiento fue el acercamiento al "otro". Por ese motivo, recordémoslo también, Barenboim y Edward Said decidieron llamar West-Eastern Divan la orquesta con músicos israelíes, árabes y palestinos.

Si Barenboim es más europeo que muchos europeos es porque es un argentino universalista, como lo fueron Borges y Victoria Ocampo, desde ya, pero también Juan Carlos Paz. No hay contradicción. Ser universalista, para un argentino, es actualmente inseparable de ser europeísta. No hubo tiempo para más. Hasta que vuelva el año que viene, vamos a extrañar al Maestro, nuestro antídoto contra el provincianismo local.

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