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Los amigos, esos espejos del amor

Francis Mallmann

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PARA LA NACION
Domingo 13 de agosto de 2017
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Foto: Flor Sánchez Elia

Los amigos son espejos del amor, la tolerancia, el respeto y la admiración. A veces, con la primera luz, cuando observo un amanecer glorioso, me parece verlos en el horizonte recordándome cada espacio compartido. Las caricias de una vida juntos. Con el correr del tiempo hacer amigos nuevos no es fácil, pero no imposible.

La conocí en un museo, mirando la obra de Hokusai, el prolífico maestro japonés de la xilografía -grabado en madera-. Caminamos en silencio por los salones casi sin hablar.

Parecía introvertida y silenciosa y por momentos tenía resoplos de alegría. Se le iluminaban los ojos y su sonrisa amplia mostraba una franqueza limpia como los cristales de sal de mar de la Guérande. Cuando tomamos café mirando libros nos sentamos en un sillón debajo de los altísimos techos del museo y pasamos allí más de una hora leyendo. Nos despedimos tomados de las manos con la promesa de volver a vernos.

A los pocos días, ya en Buenos Aires, me invitó a almorzar. Nos sentamos al lado de la chimenea a tomar vino. Antes de comenzar a comer me invitó a conocer su casa; un laberinto de escaleras y pasillos abrazados por espejos y plantas. En cada posible espacio había una biblioteca, pesados bronces de animaliers, tintas vietnamitas, y vestigios de desnudos en cerámicas terracotas pegadas en cemento.

En el último piso llegamos a su cuarto, y traspasando una pesada cortina de terciopelo negro entramos al baño donde me senté en un comodísimo sillón frente al inodoro. Una mesa llena de libros ocupó mi atención y ella con desenfado y gracia se bajó los pantalones y fue de aguas, mientras me hablaba de su hermana y de una colección de antiquísimos batiks de Indonesia. La miré sentada y pensé que sólo por aquel acto reunía una belleza ingente, aquella colosal y espontánea osadía daba forma y contenido a una manera de existir que salía de todo posible preámbulo o protocolo. Su claro y puro impulso destruyó de una vez cualquier estigma moral prestablecido, independizando la desnudez del decoro y el descaro de la vergüenza. Impregnándole cotidianidad a todo. Para mí fue un signo magnífico de amistad. No me hizo sentir que fuera una seducción, sino una ofrenda al recato.

Dicen que la casa propia debe ser algo más que un amparo de viento y lluvia, debe tener un alma que se encuentra confinada entre profundos abrazos de amor.

Un baño curioso. No tenía puertas, conectaba con el cuarto con una cortina que estaba siempre abierta, las pocas veces que la cerraba era porque hacía mucho frío y quería lograr que la estufa a leña diera más calor. Del otro lado, otra cortina atada al final de una escalera abrupta, de cuatro escalones daba primero al lavatorio y luego al cuarto de vestir con un chaise longue desteñido por el sol de invierno. Ninguno de los tres ambientes eran grandes, más bien reducidos. Al lado de la bañadera había un sillón Luis XV pequeño que enfrentaba a quien se bañara.

Yo creía que la belleza de la intimidad de un baño es algo que se comparte con pocos y en ciertas ocasiones muy especiales, pero aquí, esta mujer que torcio todas las reglas casi sin conocerla parecía tener una afinidad con cada aspecto de los actos de la existencia.

El almuerzo, ciertamente femenino, consistió de una sopa de habas al jerez y un omelette muy grande de queso de cabra que ella misma se ocupó de repartir sobre unas tostadas raspadas con ajo. Después del almuerzo y café me senté en un sillón y me quedé dormido. Al despertarme estaba solo y volví a recorrer la casa para despedirme, pero la vi entre las cortinas del baño leyendo.

Bajé en silencio cada una de las escaleras y le dejé una nota. Cuando llegué a la calle sentí un hechizo magico de recuerdos, tenía una nueva amiga.

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