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"No iba a permitir que él fuera el dueño de mi vida"

Mientras dormía, un extraño entró a su departamento y abusó de ella; su espíritu se apagó por completo, hasta el día en el que se dejó abrazar por la vida y se propuso un gran desafío: ser feliz

Viernes 11 de agosto de 2017 • 00:24
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Después de vivir una de las experiencias más traumáticas imaginables, uno de los mayores deseos de Luisina hoy, es el de poder ayudar a otras mujeres que hayan padecido una situación similar. Cuando surgió la posibilidad de compartir su historia, ella no dudó; sintió que tenía que animarse y avanzar. "Pero no es tan fácil. Porque a pesar de que elegí la vida y que me propuse ser feliz, a veces, simplemente cuesta", reflexiona. Por eso, decidió hablar sin centrar su relato en aquel episodio fatídico. No lo quiso así, porque la suya es una historia de esperanza y superación.

Dos años antes: la peor de las noches

Luisina ya dormía. La noche la había recibido como cualquier otra, cansada pero en paz. Ella, una joven estudiante colmada de sueños y proyectos, vivía sola en un pequeño departamento, un espacio que consideraba su refugio y del cual disfrutaba enormemente. Pero al sentir esas dos manos, pesadas como el plomo, sobre su garganta, su pequeño rincón en el mundo se transformó en un infierno. Inamovible, el hombre abusó de ella y luego, brutal, comenzó a estrangularla. Con un miedo extremo y sin poder respirar, Luisina se imaginó a sí misma muerta en la cama y a sus padres sufriendo. "¿Por qué me pasa esto a mí?", "¿Qué hice mal? ¿Qué hicimos para merecer esto?", fueron algunos de los pocos pensamientos que se le cruzaron por la cabeza. Entonces, por algún motivo desconocido, él se asustó, apartó sus manos de ella, y huyó del departamento.

A esa noche, le siguieron los días más oscuros; su alma estaba hecha añicos y su incomprensión era absoluta. Luisina, que siempre había sido muy creyente, ya no entendía nada y sólo se preguntaba dónde había estado Dios. Irse a dormir le resultaba una pesadilla, pero despertar era peor; su vida completa, cada uno de sus sueños, dejaron de tener sentido. Y, a pesar de que había hecho la denuncia e identificado a su agresor, el consuelo no llegaba. De pronto, el mundo se reveló extremadamente cruel.

Un tesoro invaluable

Pero un día sus emociones comenzaron a mutar. Aparte del apoyo psicológico, Luisina tenía algo invaluable, un tesoro que supo brillar potente en el preciso instante en el cual más lo necesitaba. Ese tesoro que la rescató de su pesadilla, llegó a través del abrazo contenedor de su familia y de sus amigos del alma. El amor que esas personas amadas proyectaron hacia ella, la ayudó a perder esa vergüenza impostora, y ese miedo perforador de espíritus. "Escuché muchas veces eso de que nadie puede salvarte salvo vos mismo y yo creo que no es tan así, a mí me salvaron mis seres queridos, mi familia y amigos. Cuesta no cerrarse, pero mi consejo es que se dejen querer porque eso es lo que ayuda a volver a confiar. Yo me dejé y ellos fueron los que me ayudaron a sanar. Voy a estar eternamente agradecida por los padres maravillosos y fuertes que me tocaron y por mis tres hermanos, aunque yo siempre digo que tengo cuatro hermanos, porque el esposo de mi hermana mayor es uno más de ellos y fue un pilar importante para mí en ese momento. También estoy agradecida por mis amigas de toda la vida que me acompañaron en este duro proceso. Y recuperé mi fe; sin ellos y mi fe, hoy no estaría como estoy y, si bien fue una decisión mía la de decir basta, estoy viva y no pienso darle poder a este hombre, no pienso dejar que rompa mis sueños ni destruya mi vida por completo, fueron ellos los que me dieron alas en la peor de mis caídas", cuenta hoy orgullosa.

Que nadie se apropie de tu vida

Ese día, Luisina comprendió el poder que el amor tiene por sobre la monstruosidad. También entendió que nadie es dueño de nadie y que él no iba a ser dueño de su vida. Por eso hoy, ella recuerda aquel episodio como una pesadilla de la cual le costó despertarse, pero que lo hizo. Luisina siguió adelante por las personas que ama y la aman, y lo hizo también por ella; siguió porque le apasiona lo que estudia y no estaba ni está dispuesta a bajar los brazos. Estudiar, proyectar y construir paso a paso un futuro rico para su alma, se transformó en otro de sus grandes motores; con fuerza y determinación, decidió no parar hasta lograrlo.

Y para alcanzar su objetivo, le tuvo que hacer frente a uno de sus mayores temores: "Volví a vivir en Corrientes sola y hoy estoy en mi último año de facultad, a unas materias de culminar con mi carrera. A veces, ni yo me lo creo, pero se puede, yo pude", cuenta emocionada. "Si hay algo que aprendí de esto, es que todo pasa, que no hay monstruo que nos gane, que somos capaces de salir fortalecidos de cualquier situación, que de los grandes dolores surgen grandes alegrías y hay que ser valientes. No es una guerra fácil de ganar, pero tampoco es imposible. Una amiga, que en ese momento estaba a la distancia, me escribió una carta con una frase de una canción que hasta hoy llevo como bandera: No pierdas la fe, no pierdas la calma, aunque a veces este mundo no pide perdón, grita aunque te duela, llora si hace falta, limpia las heridas que cura el amor. Ojalá todo esto pueda servir de algo. Yo salí fortalecida de uno de los peores y más tristes momentos de mi corta vida y puedo decir que sí se puede, que con fe, con amor y lucha se puede. Luchen por sus sueños, están para cumplirlos; que nada ni nadie los frene. Sean felices y los malos recuerdos pasarán. No dejen que nadie se apropie de su vida y los haga infelices."

Si tenés una historia propia, de algún familiar o conocido y la querés compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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