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Una historia cotidiana mínima puede ser trascendental

Viernes 11 de agosto de 2017
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LA NACION
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dramaturgia, dirección y puesta en escena: Nelson Valente/ intérpretes: Enrique Amido, Cristina Pachi Molloy, Carlos Rosas, Lide Uranga/ asistencia de dirección: Leandro Calcagno/ sala: Timbre 4, Boedo 640/ funciones: sábados, a las 20.30/ duración: 60 minutos/ Nuestra opinión: muy buena

EL DECLIVE

"¿Por qué a Hamlet lo obsesionaban tanto las visiones del más allá, cuando nuestra vida real está presa de imágenes mucho más horribles?", escribía Chéjov hacia fines del siglo XIX en sus anotaciones que le darían cuerpo, tiempo después, al libro Cuaderno de notas, casi como si fuese una misión. Chéjov convirtió los problemas cotidianos, aquellos que le pertenecen a todos los hombres, esas cuestiones esenciales de la vida ordinaria, en el tema central del teatro del siglo XX. Este espíritu es visiblemente palpable en el trabajo de Nelson Valente, creador y director de El loco y la camisa, obra estrenada en 2009, en el Banfield Teatro Ensamble, y que desde entonces no ha bajado de cartel.

Así como en aquella propuesta, Valente se metía de lleno en el living de una familia para explorar los dramas que se sucedían en los días "comunes", aquí el viaje será hacia la cocina de un matrimonio (Tito y Nelly) ya mayor que se soporta día a día. A su casa ha llegado una pareja amiga de toda la vida, y este día que podría ser uno cualquiera se convierte en uno trascendental. Una de las tareas que se propone Valente es darle paso a los dolores cotidianos, a esa felicidad que se escurre, a esa duda sobre quiénes queríamos ser y quiénes terminamos siendo. Vamos sumergiéndonos en esos conflictos que aquejan; que están siempre, pero tapados, y que hoy se revelan, quedan expuestos y ya, entonces, no seremos los mismos. ¿O sí? Este interrogante es el que parece interesarle muchísimo al director. Entre diálogos cotidianos y simples, y casi sin advertirlo, comienzan a brotar frustraciones antiguas de Antonio, el amigo de Tito, un médico serio que parecía estar muy a gusto con su vida, y unos deseos impostergables de comenzar a vivir aquellos sueños que un día proyectó tener. ¿Pero será capaz de atreverse? Esa pregunta sale disparada a la platea.

El hiperrealismo que propone Valente se percibe en la escenografía mimética -hasta sale agua de las canillas de esa pileta de cocina, la mujer de la casa hace café y el olor se expande por todos los rincones de la sala-, escueta, austera como se configura esta familia. Un diseño espacial que incluye semejantes elementos icónicos puede ocultar algunas deficiencias en las actuaciones que se irán acomodando seguro en el transcurso de las funciones. Sin embargo, Lide Uranga (Nelly) -que, además, interpreta a la madre en El loco y la camisa- da muestras de cómo la experiencia en escena hace maravillas en la actuación.

En esta obra no habrá héroes ni dinastías ni reyes, estará el hombre de más de 60 años que descubre que toda su vida estuvo al servicio del otro y que él ha quedado postergado. Una obra que cala hondo, cuestiona e interpela sobre lo que sucede con las personas cuando sienten perder sus fuerzas y asistir a su lento declive. Como contrapartida queda suspendida la pregunta sobre si seremos capaces de animarnos a torcer el rumbo.

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