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Gombrowicz y sus diarios están de vuelta

La obra clave del escritor polaco que vivió en la Argentina sigue despertando, al reeditarse, pasiones e interrogantes

Pedro B. Rey

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LA NACION
Domingo 13 de agosto de 2017
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Ilustración: Sebastián Dufour
Ilustración: Sebastián Dufour.

"Escribo este diario con desgano. Su insincera sinceridad me fatiga. ¿Para quién escribo? Si es para mí mismo ¿por qué lo mando a la imprenta? Y si es para el lector ¿por qué hago como si hablara conmigo mismo? ¿Hablas de ti mismo de tal manera que te oigan los demás?", se pregunta Witold Gombrowicz (1904-1969), allá por 1953, en el Diario que hoy (2017) se ve extenso, compacto, indestructible, pero que para entonces, a pocas páginas de iniciado, estaba todavía en pañales. Gombrowicz estaría de acuerdo con la inmadurez del símil.

El inconveniente de los diarios personales radica en una paradoja. Como sugirió alguna vez Unamuno, que no recomendaba su práctica, quien lo escribe puede terminar esclavizado, viviendo sólo para tener algo que consignar. Gombrowicz le dio un giro a esa disyuntiva. En vez de posar en secreto, asume de manera declarada -después de los titubeos de la frase que abre esta nota- lo que todo dietario tiene de impostura. La solución al dilema venía en parte dada por las razones que lo llevaron a escribirlo. Gombrowicz, ya orillando los cincuenta años, produce esas páginas para ser publicadas de manera regular en la revista Kultura, principal órgano de la emigración polaca, con base en París. Usando esa tribuna como base operativa, anclado y olvidado en la periférica Argentina de posguerra, pero autor de una novela de vanguardia que muchos polacos todavía recuerdan, el creador de Ferdydurke planea con picardía maliciosa el asalto a la república de las letras. La jugada -como sabemos hoy- le salió con precisión ajedrecística. Una década después de iniciado el diario (y gracias a otras ediciones y alguna consagratoria puesta teatral) una beca le permitió volver a Europa donde se dedicaría a cultivar su fama y extrañar la Argentina.

El eterno retorno a Gombrowicz está justificado -si se necesitaba de una coartada- por la primera edición argentina completa del Diario (El Cuenco de Plata). En rigor, el contenido es el mismo que publicó la catalana Seix Barral en 2005, cuando los cuatro volúmenes se reunieron en uno solo bajo una misma tapa. La salvedad capital es que Bozena Zaboklicka y Francesc Miravtilles, los traductores, revisaron especialmente aquella versión buscando un tono que permita disfrutar de la prosa de Gombrowicz -que en el original polaco jugaba con los registros altos y bajos de su lengua natal- sin mayores sobresaltos peninsulares. Gran noticia: lo logran.

El Diario del escritor polaco es el producto ineludible de una época, pero la posibilidad de una lectura contemporánea a su ejecución estaba lejos de darse por descontada. En castellano, antes de la edición de Seix Barral, recién a fines de los años ochenta Alianza dio a conocer los dos primeros tomos. Antes de eso, sin embargo, hubo un adelanto. Todavía en vida de Gombrowicz, en 1968, Sudamericana publicó Diario argentino, traducido por el mexicano Sergio Pitol.

El Diario argentino fue durante décadas -a su manera lo sigue siendo- la contraseña para acceder a Gombrowicz. El volumen, sin embargo, sólo recorta las entradas del diario en que aparece la Argentina. El propio escritor polaco se preguntaba en el prólogo si sería lícito leer esa punta del iceberg sin su complemento, si de ello no se desprendería "cierta distorsión de la perspectiva". Juan José Saer consideró el libro una aberración comercial que desnaturaliza el proyecto original. No le falta razón, aunque el largo camino que ha hecho con el tiempo esa antología ad hoc tal vez le dé "igual derecho a la existencia -como quería Gombrowicz- que un poema".

Para el autor de Transatlántico, la Argentina era en todo caso "una aventura personal", "una vivencia". La contigüidad de textos cronológicamente distantes producía un espejismo halagador. Gombrowicz pasaba de la visita al Teatro Colón (donde los dedos de un pianista parecían galopar sobre un teclado) a la hoy famosa cena en la casa de Bioy y Silvina Ocampo (en que se despacha contra Borges), de Tandil (donde pasó más de una temporada y recolectó un grupo de discípulos jovencísmos) a un paseo por el río Paraná o una estancia en Santiago del Estero, donde se dedica a departir con un joven Mario Santucho, mucho antes del ERP.

Contraponer el Diario, con sus 700 páginas, a su versión menguante, Diario argentino, con suerte la cuarta parte del total, puede resultar un ejercicio desconcertante y revelador. Aunque el falso conde "Witoldo" nunca escribió en castellano, el montaje publicado en 1968 permitía la ilusión de imaginar a Gombrowicz como una suerte de escritor argentino adoptivo. El diario completo, que va de 1953 a 1969, el año de la muerte del escritor, deshace cualquier malentendido: Gombrowicz es perfectamente polaco, o europeo, o, si se prefiere, de todos lados y ninguna parte.

En sus diarios, quien escribe no sólo pasea o se entrega a la descripción de lo que ve: sobre todo ensaya y experimenta. No hay un registro obsesivo de hechos cotidianos, sino largas entregas, a veces de varias páginas, donde se van explorando sus temas predilectos (la forma, la inmadurez, la "polonidad", los equívocos de la cultura). El ida y vuelta deja en evidencia la encrucijada imposible en la que hacía equilibrio Gombrowicz, entre la payasada iconoclasta de Albert Jarry y la razonada inteligencia de un Thomas Mann.

Las primeras cuatro entradas del Diario no pueden ser más sucintas. Repiten una única palabra: "Yo". Es una manera de afirmarse en el vacío, de recordarse que quien escribe "no es", sino que irá haciéndose a medida que corra la tinta. Pocos escritores construyeron tan bien, de manera tan visible, su mito de autor.

La lectura de El hombre rebelde, de Albert Camus, dispara un amplio comentario sobre el existencialismo; una antología de poetas polacos contemporáneos permite una de las ironías de Gombrowicz sobre la poesía. También puede propinarle con seriedad una paliza a Henryk Sienkiewicz (el autor de la famosa Quo Vadis) o reflexionar sobre el comunismo a partir de las ideas de Czeslaw Milosz, poeta central, futuro Premio Nobel, con el que hacia el final del volumen terminará por encontrarse cara a cara.

La condición nacional, un tema que vuelve sin pausa, no apunta a ninguna reivindicación. Más bien, ocurre lo contrario. Al estilo de los discursos de ocasión de Macedonio Fernández, Gombrowicz incluye la alocución que hace en una fiesta a sus connacionales: los comina a no añorar esa tierra a la que, cuando estaban en ella apenas prestaban atención, sino a entender que la patria está "en cualquier lugar donde la mirada de un joven descubre su destino en los ojos de una muchacha".

Gombrowicz duda. Es casi un método. Se siente mucho más cómodo, dice, cuando escribe "creando" -vale decir, escribiendo sus ficciones- que en esta descarnada exposición de sí mismo. Contra todo, es la propia escritura del diario la que le permite alejarse decididamente de los peligros del esteticismo. "El artista que se realiza dentro del arte no será creativo jamás -anota en un rincón-, necesariamente tendrá que situarse en ese límite donde el arte se encuentra con la vida". No es que no le guste Chopin, dice después de criticar la cultura con mayúsculas, sino que más le gusta escucharlo silbado desde un balcón, no en el momificado ámbito de una sala de conciertos.

"Me he puesto a escribir este diario sencillamente para salvarme, por miedo a la degradación y a un total hundimiento en las olas de la vida trivial que ya me está llegando al cuello", puede leerse al comienzo. Gombrowicz había llegado a la Argentina casi quince años antes, en 1939, a bordo del Chrobry. Apenas estallada la Segunda Guerra Mundial, decidió quedarse. El Diario fue la tabla que le permitió no sólo flotar cuando parecía diluirse para siempre en la intrascendencia, sino la plataforma para volver a escribir, a publicar y lograr el reconocimiento que necesitaba como el aire. En los últimos años, enfermo, pero sin perder su aire de sofista sofisticado, Gombrowicz se dio el lujo, tras la publicación de Cosmos, de ganar el premio Formentor, el mismo que años antes habían recibido Samuel Beckett y Borges. El argentino había sido su bestia negra (representante de un europeísmo que despreciaba), pero para entonces su mala opinión se había atenuado. Tanto Beckett como Borges le parecían extraordinarios, merecedores del premio -así consta en una entrada de 1967- "en un cien por cien".

El viaje por este diario inmenso, sin recortes, permite toda clase de descubrimientos: también esa última reconciliación que los exégetas -tal vez porque se encuentra al final del camino- no suelen tomar en cuenta.

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