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Sobre Una mente propia y Prensa, política y cultura visual

Las reflexiones de una duquesa excéntrica y las ironías de un temprano semanario satírico rioplatense

Domingo 13 de agosto de 2017
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LA NACION
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No se puede afirmar que la ensayista, dramaturga y poeta inglesa Margaret Lucas Cavendish (1623-1673) -que también se interesó en filosofía y en ciencias naturales- haya sido una feminista avant la lettre, pero sin duda quería para las mujeres algo distinto, algo mejor y también mucho más exigente de lo que su época les ofrecía. Una mente propia (Mardulce) reúne textos de dos de sus libros: Sociable Letters (1664) y Orations of Divers Sorts Accommodated to Divers Places (1662). Los primeros -los que más abundan en esta compilación- son cartas ficticias a una hipotética amiga, que le permiten a la autora reflexionar de manera crítica sobre los temas más variados, desde las convenciones sociales -banales pero ineludibles- hasta los eslabones invisibles de las cadenas patriarcales, pasando por el modo en que el tiempo trabaja los cuerpos y las almas, o la naturaleza de la amistad femenina.

La segunda parte la integran siete discursos breves en los que aboga vehementemente por la igualdad de derechos entre ambos sexos.

Cavendish llegó a ser duquesa de Newcastle y a menudo, aunque pretenda hablar del género femenino en general, se refiere las mujeres de la clase que frecuentó. Que iban de la cuna de plata a la jaula de oro; prisión al fin, pero mucho más confortable que la de cualquier plebeya sin dinero, y para colmo deseada por la mayoría de sus "víctimas". Con éstas, la escritora era implacable, y atacaba en ellas tanto la estupidez y la codicia como la maledicencia y la holgazanería. Escribe en una de sus cartas: "En esta época las mujeres tienen la ambición de convertirse en damas de Estado a fin de ser consideradas mujeres inteligentes [?]. Pero en los asuntos del Estado, las mujeres son capaces de lograr lo que hacen consigo mismas: pueden provocarse una dolencia, y a menudo lo hacen, pero cuando están enfermas no pueden decidir estar sanas: así, trastornan un Estado de la misma forma en que trastornan sus cuerpos, y son tan incapaces de llevar paz a uno como salud al otro; por el contrario, sus mentes agitadas y sus apetitos insaciables con frecuencia ocasionan la ruina de uno y la muerte del otro".

* * *

Claudia Roman, doctora en Letras, trabajó sobre su tesis -las publicaciones satíricas en la Argentina del siglo XIX- para dar forma al libro Prensa, política y cultura visual. El Mosquito (Buenos Aires, 1863-1893), de la editorial Ampersand. El resultado es una obra informativa y amena, plena de agudas observaciones sobre la sociedad y el periodismo decimonónicos.

Roman se centra en la trayectoria del semanario El Mosquito, cuyas páginas ilustradas, hacia 1890 llegaron a ser el gran escaparate (anhelado y temido) de la clase política argentina. Al cabo de sus treinta años de vida, El Mosquito se convirtió en una rica fuente de testimonios con valor histórico.

Emparentado con revistas y periódicos que ya circulaban en Londres y en París, su primer número apareció el 24 de mayo de 1863. Iba dirigido a un público amplio pero informado, integrado por varones y mujeres, con inquietudes por conocer la trastienda de la política e interesado en la vuelta de tuerca interpretativa que, por medio de la caricatura y la ironía, El Mosquito imprimía a las noticias de los diarios "serios". Roman señala que el nombre no era original (se había usado en Brasil, Uruguay, México y España), pero ilustra el carácter del semanario que, adoptándolo, "asumió la voluntad de integrarse a una familia de seres ínfimos y endebles, pero también urticantes, agudos, zumbones, insistentes, escurridizos y tolerablemente irritantes".

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