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Todas las posibilidades entre tapa y contratapa

Pablo Gianera

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LA NACION@gianera
Viernes 11 de agosto de 2017
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¿Los diccionarios se consultan o se leen? Según cómo se responda esa pregunta se desprenderá una ética de lector. Alberto Manguel parece optar por la segunda. Es posiblemente a eso mismo a lo que Manguel se refirió en su discurso de ayer con la cita de Aby Warburg sobre "la ley del buen vecino". La cosa es así: el libro que buscamos no es el que creemos necesitar, pero sí lo es, en cambio, el que está al lado, en el mismo estante. Lo mismo pasa con el diccionario: vamos a él con un interés muy claro, pero ese interés puede ser sometido a un desvío. Los libros del propio Manguel, su detallismo de cuño enciclopédico, su erudición convertida en sintaxis intelectual, son prueba de esos desvíos

Revisar definiciones se parece a la composición de un collage intelectual; dos palabras disímiles en un plano desemejante de ambas: la imaginación. Esta experiencia no admite ser replicada fácilmente en Internet, donde el motor de búsqueda entrega el resultado que se busca pero no los adyacentes. Los diccionarios son los únicos libros que pueden definirse a sí mismos.

En cuanto registro, los diccionarios fijan. Pero lo fijado se pone de nuevo en movimiento cuando el diccionario cae en manos de un auténtico lector como Manguel, ése que extrae consecuencias de todas las posibilidades que, como el mensaje en la botella, se encierran en él.

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