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La extraña vida de las piletas y sus dueños

Sábado 12 de agosto de 2017
LA NACION

Entre las lluvias de julio, y los días tan fríos, hubo que dejar para los primeros días de agosto la pileta que me habían encargado pintar. Solo pude vaciarla y lijarla. Y luego, un mes de ausencia. No fueron vacaciones. Ni para el piletero ni para el dueño de la pileta. Fueron vacaciones, en todo caso, para la pileta.

¿Qué habrá pensado ella en ese mes entero vacía, o apenas remojada por el agua de las lluvias que cayeron y se fue acumulando en el fondo? ¿Las piletas piensan? No se registran signos vitales en ellas, nunca. Pero quién sabe. Alguna inteligencia deben tener. Capacidad de reproducción tienen, eso se ve: usan al hombre para llevar adelante sus planes de conquista global. Y, además, evolucionan, como cualquier especie. Empezaron siendo un rectángulo de toscas paredes apuntaladas para ser llenadas con agua, y ahora las hay de todos los tamaños y diseños, mayormente enterradas, pero también elevadas, o casi flotantes, o empotradas en barcos, en torres, y de materiales tan inesperados como el vidrio o la bolsa de polietileno.

También, hay que decirlo, las piletas tienen cierta necesidad alimenticia. Agua, al menos, necesitan. De ahí el eterno temor a dejar una pileta vacía. No es puro horror al vacío, algo que todos tenemos. Es temor a que la pileta muera. En efecto, es muy factible que una pileta, si queda vacía durante mucho tiempo, se rompa. ¿Por qué? Siempre la explicación es técnica: la diferencia de temperatura entre el día y la noche, sin la amortiguación térmica que ofrece el agua, la puede quebrar. O: la tierra que circunda a la pileta, inflada por la lluvia, hace presión sobre las paredes y, al estar la pileta sin nada que ofrecer como resistencia más que sus propias paredes, se rompe. Sin embargo, este piletero prefiere la explicación espiritual: una pileta se rompe, y muere, cuando se siente inútil. Y estar vacía es la forma más espeluznante de su inutilidad.

Esto le digo a mi cliente, entonces, que me mira con cierto asombro: que no se preocupe, que mientras la pileta no se sienta inútil va a estar bien, va a resistir, y en este caso, no se puede sentir inútil por estar vacía, porque se trata de un estar vacía para convertirse en algo mejor, convertirse en una pileta recién pintada, mucho más útil y más bella que nunca, y una promesa de juventud difícilmente lleve a la muerte.

-Lo hablé con ella -le digo-, lo entendió muy bien.

Él no sé si lo entiende muy bien, pero bueno, lo tendrá que entender porque de paso, lógico, aprovecho para irme unos días de vacaciones. O sea: al final, el dejarla vacía sí tenía un poco que ver con mis vacaciones. Por supuesto, unas vacaciones a un lugar donde no hay piletas. Y a mi regreso, por fin, pintarla. Ahí está ella, me espera ansiosa. Y la pinto. Y queda hermosa, bellísima. Y el día en que le doy la segunda y última mano, un agradable trabajo que es como una danza, bajo el sol primaveral que hubo en estos últimos días, mi cliente se asoma y me dice, algo sonriente: -Tenías razón, se aguantó bien-. Y desde dentro de la casa, su hija adolescente lo llama: -Dale pa, vení, ¿no seguís jugando a la Play?

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