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La ciudad del nombre interminable

Domingo 13 de agosto de 2017
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LA NACION
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Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch.

¡No se sorprenda! ¡Es exactamente lo que quise escribir!

Pensará que perdí la chaveta o que me esta afectando algún tipo de mal, pero no..

Si hacen memoria, se acordarán que tiempo atrás compartimos unas palabras acerca de las ciudades con los nombres más largos del mundo y el escrito previamente calificaba directamente al podio junto a otras dos ciudades.

Este pequeño pueblo llamado en español Iglesia de Santa María en el hueco del avellano blanco cerca de un torbellino rápido y la iglesia de San Tisilio cerca de la gruta roja había despertado mi curiosidad, así que estando en Gales no podía perderme la oportunidad de conocerlo.

Ya Gales para mí representaba horas y horas de ensoñación cuando era chico. No por nada esta era la tierra del comienzo de la la leyenda artúrica y donde se encontraba el reino de Uther Pendragon, padre de Arturo y quien guiaba su reino bajo la enseña del dragón, el cual podemos ver hoy en la bandera nacional galesa (la comunidad galesa en la Argentina combina la bandera argentina y el dragón rojo de Gales y es la bandera de nuestra lindísima Puerto Madryn).

En el comienzo del viaje había caminado por las calles de Cardiff, la ciudad más importante del país, ubicada en el sur, en el condado histórico de Glamorgan, hasta llegar al impresionante castillo, con sus murallas romanas, estructuras normandas y palacio, que se transformó en el corazón de la ciudad medieval, protegiendo las inmediaciones de los ataques.

Había salido por su puerta principal y recorrido la calle de Santa María (St. Mary st.), llena de pubs, restaurantes y tiendas, cruzada por pintorescas callejas, una de ellas llevándome al espectacular Millennium Stadium, uno de los templos del deporte mundial, o encontrándome con una joya: la disquería Spillers, la primera y más antigua del mundo (prometo contarles sobre mi variopinta experiencia aquí). En 48 horas me había embebido del espíritu celta o británico y ya estaba listo para literalmente cruzar el país trazando una línea que me iba a llevar del sur al norte.

Para eso alquilé un auto y tomé la ruta que no sólo me iba a llevar a destino, sino que también me permitiría atravesar dos de los parques nacionales más lindos del Reino Unido: Brecon Beacons y Snowdonia, en un recorrido de casi 300 kilometros.

Porque no sólo valía conocer las ciudades más importantes e interesantes del país, los paisajes por ver eran una de las partes primordiales de este periplo.

Así fueron pasando, en el primero, las lindísimas cascadas de Henrhyd e Ystradfellte, también los simpáticos ponis galeses que pastaban tranquilamente, y las esponjosas nubes de su cielo. Y en el segundo, la montaña más alta del país, Snowdon, hogar de milanos y halcones peregrinos.

El camino al norte continuaba y agradecía los carteles bilingües, ya que de haber sólo señalizaciones en galés el viaje habría sido mucho más largo.

Crucé el Estrecho de Menai por uno de sus puentes, y una vez en la Isla de Anglesey completé el recorrido parándome frente al famoso cartel que a través de 58 largos caracteres me anunciaba que había llegado a destino.

Caracteres que surgieron del nombre original de la ciudad Llanfair Pwllgyngyll y que un zapatero de la zona o sastre, según el mito urbano, sugirió agrandar en una de las muestras más tempranas de truco publicitario.

Como su nombre en español lo indicaba, estaba listo para caminar y buscar personalmente la Iglesia de Santa María en el hueco del avellano blanco cerca de un torbellino rápido y la iglesia de San Tisilio cerca de la gruta roja.

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