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Cambio de rutina: cómo fue mi viaje a Australia

Camila Bretón

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PARA LA NACION
Viernes 11 de agosto de 2017 • 20:46
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Hace algunos años quise trabajar por un tiempo en algo que nada tuviese que ver con sentarse frente a una computadora. Un día de octubre saque un pasaje a Australia y volé hacía el oeste, una región de playas blancas, rodeadas de pueblos chicos, separados por grandes distancias deshabitadas.

Instalada en un hostel, a través de una agencia de trabajo me contrataron para limpiar casas. Fui a varias. Pagaban bien y eran pocas horas. El resto del día caminaba, intentaba no perderme y a la noche iba a una plaza con pufs y almohadones donde proyectaban películas al aire libre.

Luego la misma empresa me ofreció un trabajo full time en un pub de ruta en una zona rural. Pero el pequeño cuarto sucio y oscuro ubicado detrás de la cocina me expulsó en menos de tres días. Me fui a dedo hacia Margaret River, un pueblo costero, paraíso de los surfistas y amantes del buen vino. Allí alquilé una casa junto a una pareja de canadienses y atendí mesas en un restaurante familiar de fish and chips hasta que empezó la temporada de cosecha y seguí viaje hacia el sur, hacia una de las bodegas más grandes del estado.

Era febrero y dentro de una casa grande prefabricada me recibió Jim, un granjero de unos 75 años simpático y charlatán. Mientras me mostraba cuál sería mi dormitorio, me advirtió sobre la importancia de mantener las puertas de la casa cerradas por la cantidad arañas y víboras que abundaban en la zona y antes de irse me regaló una botella de vino. En la casa también vivían otras personas. Había un chico alemán, un irlandés, una pareja de franceses; todos ellos trabajaban dentro de la bodega, en cambio, yo trabajaría afuera, con Asís, un afgano de unos 40 años proveniente de una aldea pequeña, a pocos kilómetros de Kabul.

Después de algunas semanas de adaptación y dolor físico me entregué a la naturaleza, la mugre y la meditación. Tenía que cortar diez ramilletes de uva por parra. Contaba y cortaba con una pinza en la mano por eternos caminos del fruto de la vid y cuando llegaba al final de alguna fila no pasaba nada. Me metía en la siguiente y volvía a contar. Así ocho horas por día. Al rato mi cuerpo respondía solo y mi mente se quedaba en blanco. A veces escuchaba música y otras pasaba el día en silencio.

Trabajaba con el cuerpo cubierto para protegerme del sol: sombrero, pantalón, camisa de mangas largas, anteojos y guantes. Me levantaba a las seis y me iba a dormir a las nueve. Al final del día olía a insecticida, tenía el pelo sucio, la cara manchada de tierra y transpiración pero no me importaba. Quizás porque me gustaba ser parte de ese paisaje, respirar el aire fresco de la primera hora de la mañana y ver los canguros saltando entre las plantas cuando atardecía y yo caminaba cansada de regreso hacia la casa. O quizás porque sabía que me quedaría poco tiempo y luego volvería a mi rutina sedentaria, frente a una computadora y todo esto solo sería un recuerdo de otra vida posible.

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