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La sociedad venidera, bajo la mirada ácida de Norman Briski

Domingo 13 de agosto de 2017
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PARA LA NACION
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Unificio / Dirección, dramaturgia, iluminación y escenografía: Norman Briski / intérpretes: Coral Gabaglio, Carolina Molini, Eliana Wassermann / Música: Martín Pavlovsky / Vestuario y maquillaje: Renata Schussheim/ sala: Calibán. México 1428, PB 5 / Funciones: Domingos, a las 18 / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: muy buena

Las tres intérpretes, con vestuario de Schussheim
Las tres intérpretes, con vestuario de Schussheim. Foto: Carolina Tilli

El Teatro Calibán, sinónimo de Norman Briski, ha cumplido 30 años. Espacio emblemático de la escena independiente argentina, la impronta de su fundador se extiende por las obras que allí se muestran. Unificio, su última producción, propone una distopía, una sociedad ficticia indeseable que toma elementos de la actualidad y los magnifica. Bajo la lupa briskiana, la sociedad venidera vivirá en un único edificio. Allí no está permitida la muerte y tampoco está permitido salir. La imaginación del autor y el cuerpo de las actrices disponen nueve escenas que dan cuenta de una humanidad que ha vendido su libertad al precio vil de una promesa de seguridad.

Sobre el piso hay dibujados dos cuadriláteros superpuestos. Si bien la obra es rica en elementos, el grueso de la escenografía es ese trazo en el suelo. Ahí logran sintetizarse todos los lugares donde ocurren las escenas: diferentes niveles, azoteas, ascensores, departamentos, todo. Siempre resulta conmovedor el grado de libertad de Briski para el diseño. No es mérito menor hacer entrar a un edificio infinito en esos rectángulos y en su aguda iluminación. Mención especial merecen el vestuario y maquillaje de Renata Schussheim, la afamada diseñadora expone aquí una artesanía menos fastuosa que la de otras grandes producciones en las que participa, pero que se hace fuerte por el ingenio y su capacidad de crear símbolos. Coral Gabaglio, Carolina Molini y Eliana Wassermann saben funcionar como un grupo que consigue imprimir el timing entre cómico y atroz que se vive dentro de este unificio de pesadilla. Las tres son, de a ratos, payasas, pero de esos clowns similares a los de Beckett, que tienen la mueca de la risa fosilizada porque el tiempo desde el que enuncian es el fin de todos los tiempos.

El lugar del deseo está varado, los personajes lo olvidan de inmediato y, cuando se muestra, como en la memorable escena de Wassermann comiendo una pera, reciben la censura. Briski no propone aquí salidas y quizás eso sea lo más terrible, no hay revolución posible, ni siquiera muerte. El hombre se ha vuelto mercancía intercambiable y hasta la naturaleza se exhibe como espectáculo para ser agotado. Quizá lo más cercano a la resistencia sea la risa nerviosa que brota del espectador, esa que incomoda y dispara el pensamiento. La dinámica del zapping que cambia las escenas, los breves separadores en los que aparecen juegos lingüísticos donde cada palabra encuentra su revés, son mecanismos que condenan al público al placentero y terrible lugar de voyeur. Todo sucede en Unificio y, sin embargo, todo siempre se escapa.

Después de las risas y las imágenes memorables, que en esta pieza hay muchas, se vuelve al programa de mano que afirma que la obra es una tragedia. Tragedia, decía Viñas, es morir frente a los dioses. Pero en Unificio no hay muerte ni dioses. Hay un presente continuo en el que el ser humano se ha alejado de sí mismo, se ha vuelto un ser extraño, ha cometido el error trágico pero es imposible identificar el momento en el que empezó la condena. Así, se siente una trágica imposibilidad de tragedia. Como la mejor ciencia ficción, claro, aquí no se habla del futuro sino del presente. Unificio se vuelve una postura ética y una cátedra de arte dramático. Briski es de los pocos creadores locales que todavía producen temblores nuevos. Su obra muestra una inagotable cantidad de recursos porque sus enemigos son, también, infinitos. Es uno de nuestros creadores indispensables, uno que es necesario ver porque insufla vida, ganas de discutir, de enojarse, de reír, de admirarse, de amar al teatro.

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