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El espíritu de Arlt en una apuesta deliciosa

Domingo 13 de agosto de 2017
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LA NACION
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La obra dentro de la obra
La obra dentro de la obra.

El trío: por amor al arte / Libro: Daniel Gagna / Intérpretes: Silvia Kanter, Mabel Labandeira, Néstor Bilucich y Alejandro Imposti / Vestuario: Silvia Castronuovo / Escenografía: Mariano Junio / Iluminación: Adrián Grimozzi / Dirección: Daniel Dagna / Sala: Teatro Buenas Artes, Guatemala 4484 / Funciones: domingos, a las 18 / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: muy buena

El dramaturgo Daniel Dagna, autor y director de El trío: por amor al arte, nació a media-dos de los años 50 y se crió en el pueblo cordobés Justiniano Posse. Las primeras obras de teatro que vio fueron las que representaban los circos y las que llevaban cada año las compañías de radioteatro de Rosario. Ya como adolescente empezó a hacer teatro en su pueblo y tomaba prestadas obras de autores españoles o argentinos, que él mismo se encargaba de adaptar para que todos los integrantes del elenco tuvieran algún papel en la obra. Ensayaban durante un año, una vez por semana, y la representaban una sola vez en el teatro del pueblo.

Esto explica el libro de Dagna, en cuya puesta reluce el amor de toda una vida por el arte. Esta pieza presenta una historia que transcurre en 1939 cuando un grupo de artistas (el trío que conforman las actrices Azucena -Silvia Kanter- y Tita -Mabel Labandeira- y el cantor de tangos de los entreactos Antonio -Néstor Bilucich-) llega a Ceres, un pueblo de la provincia de Santa Fe a montar su espectáculo. Una de las dos obras que ponen en escena es una mala adaptación de Prueba de amor, de Roberto Arlt. "El autor ni se enteró de que le destruimos la obra y el público nunca supo cómo se llamaba la original", le dice en un momento Tita a Azucena.

En la puesta se juega el éxito de esta comedia dramática. A diferencia de lo que ocurre en la mayoría de las obras de teatro, en las que el público sólo ve al actor en la ficción, aquí el intento es que representación y realidad se confundan. El público asiste a los momentos previos de la actuación: cuando las actrices se cambian, se maquillan, charlan de sus miedos y amores. E inmediatamente, sólo con un juego de luces y un cambio de espacio, el público ve a las mismas actrices interpretando a los personajes de dos obras cortas, según las convenciones del folletín y la parodia.

El público puede inferir que uno de los sitios es una especie de sótano y que hay un pequeño escenario encima. El buen diseño de luces -a cargo de Adrián Grimozzi- permite diferenciar claramente los dos espacios. La versatilidad de las actrices -Labandeira interpreta a un varón y también se luce Kanter en el papel de una jovencita virgen que parece recién llegada de Italia- y de un actor como Bilucich, que canta y se acompaña muy bien con su guitarra y suma la música en vivo a la obra, refuerza la propuesta de este trío exquisito.

La participación del actor Alejandro Imposti, que encarna a Humberto, el pueblerino enamorado de Azucena, refuerza ese juego de realidad y ficción que la obra propone. Sentado como parte del público, embelesado por lo que ve, contagia su amor por esos artistas y por el espectáculo.

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