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Perdimos

Domingo 13 de agosto de 2017
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"Ya está, perdí."

(De Claudio Minnicelli, cuñado de Julio De Vido, al ser detenido por la policía, tras nueve meses prófugo.)

Tiembla el zoológico. Lo convirtieron en ecoparque y las pocas bestias que quedan temen lo peor: que les pase lo de "el Mono" Minnicelli, a quien agarraron silbando bajito en un almacén de pueblo donde solía jugar al truco, en la vereda, con amigos más jóvenes.

"Ya está, perdí", les dijo "el Mono" a los policías que fueron a detenerlo a Chapadmalal después de estar nueve meses prófugo, con pedido de captura nacional e internacional en la causa denominada "la mafia de los contenedores". Lo investigan por facilitar el ingreso de productos ilegales al país para venderlos en diferentes ferias a precios accesibles. Una acción muy altruista de no ser porque la maniobra se encuadra entre los delitos de contrabando, adulteración y pago de coimas.

A la hora de la captura, "el Mono" era apenas un monito: llevaba 2000 pesos encima, unas llaves y un celular. Tras haberlo tenido todo, alquilaba una casita playera humilde, sin vista al mar, claro. Nada que ver con la mansión que ocupaba el rey -o león- de la Salada, Jorge Castillo, en un barrio privado, cuando también lo detuvo la policía. Castillo comparte con "el Mono" su pasión por la venta de ropita a bajo precio. Herido quedó el león de Lomas de Zamora, imputado por asociación ilícita, extorsión a feriantes y dispararle a la policía.

Haciéndose el tigre malo anduvo el compañero Máximo, defendiendo a su familia ahora hervíbora. Él sí que ascendió en la escala zoológica. Hace pocos años era un felino pequeño. La picardía en las redes lo había bautizado "gato de iglesia", porque "lo mantenía el padre".

Que cualquier gato puede tener problemas con la Justicia lo saben bien los mininos del Jardín Botánico, vecinos del ecoparque de Palermo. Les chimentaron que uno de ellos la pasó pésimo en Colombia. Un preso con prisión domiciliaria se escapó de su casa. Antes, se sacó la tobillera electrónica y se la puso a su mascota en el cuello. La policía creyó que tenía controlado al delincuente hasta que el aparato emitió una alerta extraña. Como la presencia de la persona se detecta por el calor corporal, el pobre gato andaba dando señales de su existencia agitada cada vez que se trepaba a un mueble. O a un techo. Cero intimidad.

"Fuimos", maullan a coro los felinos. "Perdí", se confiesa "el Mono". "Perdimos", pensará esta noche una parte del zoo político aunque, para las cámaras, acomode el resultado y diga que, en algún lugar, ganó.

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