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La democracia abusada

Los infundados reclamos y las violentas acciones de la Resistencia Ancestral Mapuche constituyen actos de sedición

Domingo 13 de agosto de 2017
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"Mandó Calvain traer la criatura que criaba de pechos la mujer de Painé y se la hizo entregar a la madre diciéndole: «Dale de mamar por última vez al niñito»? Llegó la hora, quítanle la criatura del seno, tómanla á ella y de un solo bolazo en el cráneo en la parte superior, fue lo suficiente para que dejase de existir, colocándola al lado izquierdo de su marido."

Así relataba el cautivo Santiago Avendaño el asesinato cruel, a golpes de boleadoras, de treinta y dos mujeres como ritual en las exequias del cacique ranquel Painé (1844) ... "Todas se atropellan topándose unas sobre las otras para no ser designadas como una res en una majada, cayendo algunas para no levantarse sino todas pisoteadas y contusas. Ni más ni menos tal era el aspecto de aquel espantoso drama con todos sus horrores."

Painé había formado la gran nación ranquel en el centro de nuestro país, oponiéndose a Rosas y separándose de Calfucurá, quien lo apoyaba. Como otros "pampas antiguos", los ranqueles fueron "araucanizados" y adoptaron las costumbres mapuches.

Esos rituales son comprensibles en el contexto de su tiempo, al igual que los sacrificios aztecas o los niños ofrendados por los incas en el volcán Llullaillaco. También es entendible que el general Eduardo Racedo hubiera desenterrado los restos del cacique Mariano Rosas para entregarlos a Estanislao Zeballos como piezas de investigación.

Esos contrastes reflejan el progreso moral ocurrido desde entonces. Hoy está aceptado que cada persona es un fin en sí misma y no un medio para los fines del grupo, de la familia o de la tribu. La dignidad humana es el valor por excelencia, con prescindencia del lugar de nacimiento, de las características étnicas, religión o credo político. La adopción de esos valores otorga sustento ético al Estado argentino para reivindicar su soberanía sobre el territorio de la nación: es una democracia republicana, pluralista e inclusiva.

Sin embargo, en los años setenta grupos violentos rechazaron esos valores, usando el terror para subvertir la democracia en nombre del "socialismo nacional". Y, ahora, la Resistencia Ancestral Mapuche (RAM) llama a la "resistencia ancestral" para reivindicar derechos territoriales, mediante agresiones también aterradoras, a personas que viven en paz en el ámbito de la República.

Se trata de la RAM, liderada por Facundo Jones Huala, detenido en la Unidad Penitenciaria 14 de Esquel y de la Coordinadora Arauco Malleco (CAM), su contraparte en Chile. En Chubut, el activista está acusado por ocupar campos y provocar incendios, daños, amenazas, privaciones ilegítimas de la libertad, destrucción de maquinarias, abigeato y robo de mercaderías, entre otros delitos. Su causa más grave es en Chile, que reclama su extradición por terrorismo, tenencia de arma de fuego, incendio de propiedad con habitantes adentro y violación de la ley de extranjería.

Jones Huala manifestó su "orgullo" por el accionar de la RAM, que se adjudicó el incendio del refugio San Martín (conocido como Jakob); daños en la línea eléctrica de Cholila a la ruta 40 y la destrucción de la estación Bruno Thomae del emblemático tren turístico cordillerano La Trochita.

La violencia de la RAM se extendió a la ciudad de Buenos Aires, donde varios encapuchados destrozaron la Casa de la Provincia de Chubut en una movilización frente al Congreso de la Nación para pedir la aparición de un artesano, cuyo paradero se desconoce, donde activistas con las caras tapadas atacaron a policías y periodistas, pintaron móviles e incendiaron motos policiales.

La RAM niega la soberanía nacional sobre el territorio que ocupa, sosteniendo que allí no rigen las instituciones argentinas, sino las del pueblo mapuche. Hasta conforma "tribunales multiculturales" para juzgar y condenar a quienes los enfrenten, como ocurrió con una notificadora judicial hace unos años.

En la cultura que reivindica la RAM nadie podría haber hecho reclamos territoriales, ni alzarse contra la autoridad tribal. Hubieran sido muertos a lanzazos o con bolazos en el cráneo pues allí sólo regía el arbitrio del cacique. Bastante similar a Cuba, Corea del Norte o Venezuela, donde se fusila o encarcela sin debido proceso legal.

Ésa es la gloriosa debilidad de la democracia: rige el Estado de Derecho, aun frente a quienes lo repudian. Aunque se abuse de esa debilidad, como siempre lo han hecho los terroristas en Occidente, reclamando juicios justos y las garantías de los tratados de derechos humanos.

Jones Huala ha expandido su reclamo comarcal, para ampliarlo a la liberación universal: "Proletarios del mundo, uníos". Como un refrito del Manifiesto de 1848, arenga a luchar contra "dos Estados colonialistas y capitalistas" (la Argentina y Chile) mediante la rebelión popular "a través de la Dirección Estratégica de La Vanguardia de Weichafes (guerreros)".

Para la RAM "todas las formas de lucha son válidas", pues considera que la Justicia y las fuerzas del orden son formas de represión arbitraria y no instrumentos legales del poder público. Para legitimarse, la RAM encuadra su accionar en la "legítima defensa" ante el "Estado opresor", intentando así cambiar los roles para victimizarse. Como aquel apotegma de la guerrilla setentista: "La violencia de arriba engendra la violencia de abajo".

Con un discurso ideológico y bien distante de la mansedumbre de su pueblo, Jones Huala denuncia "el tramposo juego de la burocracia y la hipócrita legalidad burguesa, leyes que no dudan en romper cuando el rico lo ordena; allí los jueces se olvidan el Estado de Derecho convirtiéndose en secuestradores y lacayos de terratenientes y empresarios". Consignas rancias, derruidas como el Muro de Berlín y torpes como los dichos del norcoreano Kim Jong-un.

Como hemos señalado desde estas columnas, nadie es realmente un pueblo originario de ningún lugar, pues la evolución humana incluye desplazamientos, dominaciones, extinciones, connubios e himeneos. En ese desarrollo siempre agónico, siempre incierto, existe un avance ético al reconocerse ahora valores universales e inalienables de la persona humana.

Se ha recordado numerosas veces que el pueblo mapuche, cuya lengua era el mapudungun, no es originario de nuestro territorio, pues irrumpió desde el Arauco (Chile) cuando los españoles introdujeron ganado, para arrearlo desde las pampas y venderlo tras la Cordillera. Fueron llamados araucanos y lograron someter a las tribus locales, hasta imponerles sus costumbres.

Pero sea cual fuere su historia, hayan sido los primeros o los segundos habitantes, ningún ciudadano tiene facultad para atribuirse los derechos del pueblo y peticionar en nombre de éste, sin cometer delito de sedición. El principio de igualdad suprime los fueros personales. Los reclamos de cualquier grupo o colectivo deben canalizarse en el marco de la ley y no por fuera, con actos de terror.

Desconocen Jones Huala y sus seguidores que en la Argentina hemos tenido 34 años de democracia, con gobiernos populares, ajenos a la caricatura neoliberal y capitalista que pretenden pintar y que, en 1994, cuando él tendría 8 años, se reformó la Constitución nacional e incluyó el artículo 75, inciso 17, sobre los pueblos indígenas, único grupo poblacional al que le otorga un tratamiento diferenciado.

La Constitución argentina es un pacto de convivencia entre personas distintas, con ideas diferentes y, muchas veces, en conflicto entre ellas. Personas que han optado por respetar esas reglas, olvidando el origen de cada uno para construir un futuro en común. Todos han renunciado al ejercicio de la fuerza para ganar de mano a los demás y aceptan el rigor de las instituciones, aunque frustren deseos individuales.

Los infundados reclamos de la RAM y sus violentas acciones ofenden a nuestros obreros y empleados, estudiantes y jubilados; a quienes buscan empleo o que necesitan doble empleo. A los médicos de guardia, a las maestras rurales, a los inmigrantes recientes y los nietos de inmigrantes; a los pacíficos obreros que trabajan por su sueldo; a quienes viven en asentamientos urbanos o en campamentos patagónicos; a los abanderados y repitentes; a las viudas y madres solteras sin ayuda; a los huérfanos y personas con discapacidad; a los incluidos y a los excluidos.

Todos ellos sienten que nadie debe lograr ventajas abusando de la frágil y noble democracia con capuchas, palos y bombas. Postergando a los demás en su provecho, invocando derechos que no existen, valores que no se comparten y privilegios que no se justifican.

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