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Una serena pasión

Martes 15 de agosto de 2017
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Corremos. Al menos unos cuantos lo hacemos: sin pausa, agobiados, todo el tiempo. El tictac frenético del subte que no llega, del auto que se empantana, de la vida entre huecos: un rato para charlar entre amigos y listo, a salir corriendo porque aún queda trabajo pendiente; y apurarse, después, a terminar el trámite del día. O la reunión en la escuela. O la consulta con el médico, que recomienda "cables a tierra", a los que habrá que ir también a los saltos, porque entre qué obligación y cuál otra podría entrar la clase de yoga, o al final de cuántas demoras de tránsito estará el rinconcito de verde donde hacer una rápida, como de contrabando, caminata.

Así andamos. Así suelo andar. Sin recursos, sagacidad u opciones para encontrarle la vuelta. Y en medio de ese fárrago, con el tambor acelerado de la vida diaria resonándome en las sienes, me encontré, de pronto, viendo Una serena pasión, el film de Terence Davies sobre la vida de la escritora Emily Dickinson.

Y sí: el contraste fue, por decirlo rápidamente, duro. Como si se tratara de una cápsula del tiempo, la delicadeza de las imágenes de Davies me transportaron a otro tiempo. Otro mundo: mediados del siglo XIX, Estados Unidos, una pequeña ciudad, Amherst. Y una escena, hacia principios de la película: es de noche y los Dickinson están en el cuarto de estar. No hablan; sólo están allí. La cámara, como haciéndose cargo de que el tiempo que está filmando es el de otra era, circula, lenta y cuidadosa, de uno a otro integrante de la familia. Alguien cose, otros leen; la madre, simplemente, mira el fuego. O -en todo caso, eso fue lo que sentí, recién llegada del vértigo y de mi propio siglo- contempla, sin decir palabra, el modo en que el tiempo, esa entidad autónoma, apenas pasa.

Sólo una escena, y ya supe que no estaba a punto de ver una biopic más. Porque la película habla, desde luego, de la vida de la enorme poetisa norteamericana. Pero habla, también -y entre otras cosas- del tiempo, de su condición por momentos demasiado tangible, demasiado táctil para nosotros, tan obcecadamente ocupados en ganarle la carrera. "En manos de Terence Davies -escribió, a propósito de esa misma escena, el crítico Anthony Lane en The New Yorker- el movimiento circular de la cámara deviene en belleza, porque expresa el tiempo."

Y qué mejor que expresar el paso del tiempo -traducido en lentos movimientos de cámara, en hipnóticas reverberaciones de luz sobre una pared o en discretos cambios de iluminación- para indagar en los detalles de una existencia. Emily Dickinson vivió en una época en que la preocupación no era encontrar "huecos" en medio de agendas apretadas, sino todo lo contrario. Era una época, asimismo, en la que en los Estados Unidos se discutía el esclavismo (el film registra el comienzo de la Guerra de Secesión y su impacto en la familia protagonista), primaba una visión puritana del mundo y para las mujeres, desde ya, el único futuro posible se llamaba matrimonio.

En ese contexto, y en escenas de interiores que por momentos parecen óleos de interiores del siglo XIX, Terence Davies ubica el derrotero de una escritora que apenas publicó en vida, que eligió una suerte de reclusión voluntaria en su hogar, y que, casi sin salir de esas cuatro paredes, desarrolló una obra de una desbordante intensidad, capacidad reflexiva e incluso sensualidad. La película muestra a una Emily Dickinson brillante, pero también contradictoria; enamorada de su núcleo familiar y al mismo tiempo desafiante ("Vive como una mujer por una semana, Austin", le dice al hermano, cuando discuten sobre la condición femenina); irónica, aunque también desgarrada.

Hay que parar la carrera. Para escucharse. Y para escuchar a quienes, como la Dickinson, escribían: "Nunca me sentí en casa -acá-/ y en el cielo radiante/ no me sentiré en casa/ -lo sé-/ no me gusta el paraíso".

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