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Fogatas

Pablo Gianera

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LA NACION@gianera
Miércoles 16 de agosto de 2017
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Foto: Reuters / Clodagh Kilcoyne

La tradición de las fogatas es extraña. En cierto modo, busca conmemorar un acontecimiento que no se quiere ni se debe olvidar, pero lo hace justamente con el fuego, que todo lo destruye. La fiesta de la Asunción de María, que se celebró ayer, evoca, por un lado, la partida de María de esta vida, y por el otro, la asunción de su cuerpo al cielo. ¿Por qué, entonces, en esta ciudad de Irlanda del Norte, prepararon semejante fogata, en la cumbre en la que estos dos hombres contemplan, como un valle desde la montaña, las calles? ¿Y qué irán a hacer con esas cuatro banderas, las de Estados Unidos, Irlanda del Norte, Israel e Inglaterra, que conviven en inestable sinuosidad? En la solemnidad de la Asunción, la fogata es también un signo: lo que se quema abandona su condición material a la vez que ilumina y asciende al cielo. Lo mismo pasará con las banderas, que serán una y nada. Ojalá intuyamos en el emblema de la fogata la insinuación de un mundo que no imaginamos todavía.

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