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El músico invisible

Pablo Gianera

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LA NACION@gianera
Jueves 17 de agosto de 2017
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Desde la muerte de Johann Sebastian Bach, en 1750, los biógrafos se rompieron la cabeza tratando de reunir material para contar la biografía de quien compuso un cuerpo de obra que nunca termina de revelar todos sus secretos. Es poco lo que encontraron.

En su libro La música en el castillo del cielo, el gran director de orquesta John Eliot Gardiner anota: "Quizás él mismo se mostraba intrínsecamente reacio a descorrer la cortina y darse a conocer; al contrario que la mayoría de sus contemporáneos, rechazó la posibilidad de redactar un relato de su vida y su carrera. No puede sorprendernos que algunos hayan concluido que Bach es lo más parecido a un hombre sin interés alguno". Pero ese hombre casi sin peripecias vitales está cifrado en la música que escribió. El hombre es tan misterioso como su música.

Uno de los mayores músicos vivos, el pianista András Schiff, que dio el lunes en el Teatro Colón uno de esos recitales que ocurren para quien escucha (y acaso también para quien toca) poquísimas veces en la vida, tiene una relación muy personal, casi familiar, con la música de Bach y en especial con la serie de preludios y fugas reunidos con el nombre de El clave bien temperado, que es justamente lo que tocó en Buenos Aires.

"Empiezo el día tocando Bach más o menos una hora, a veces incluso antes del desayuno. Es una especie de higiene interior." En la entrevista que concedió a LA NACION dijo además: "Me limpia el cuerpo, la mente y el espíritu".

Pero esto no es todo. Quien escuchó (ya sea en concierto o en disco) la lectura que Schiff hace de El clave bien temperado no habrá pasado por alto que mantiene con cada una de las piezas un vínculo semejante al que se mantienen con personajes de una novela (aunque, por qué no, con las personas con las que tratamos cada día de nuestras vidas): les reconocemos un carácter que los distingue de todos los demás y los vuelve únicos.

Ser un buen músico tiene un punto en común con ser una buena persona: encontrar qué hay de único en el otro, ya sea eso otro una partitura o un ser humano. Pero Schiff va más allá: las tonalidades de cada preludio y cada fuga se asocian en él con un color, y esa sinestesia trae consigo el carácter. El Re mayor es oro bruñido y brillante, el La menor es "doloroso y rojo como solamente la sangre puede serlo", el Do mayor es la inocencia pura del blanco y el Si menor (que lógicamente cierra el ciclo) es el negro, el color de la muerte.

Tal vez nada de eso esté realmente en la música, pero quien busque y escuche las versiones de Schiff (nada más fácil que encontrarlas en la Red) sentirá como si su color y su carácter no pudieran ser otros que los que él ve en ellos. Lo dicho: descubrir lo único. Fue gracias a Schiff, y antes a Glenn Gould, que la música para teclado de Bach ganó para siempre carta de ciudadanía en el territorio de la sala de conciertos. Y Schiff es, incluso en algo tan exterior como la gestualidad, todo lo contrario del virtuoso heroico. Su originalidad no reside sólo en la sabia dosificación de erudición y lucidez, sino, sencillamente, en que orienta la pasión más a la música que toca que a él mismo tocándola.

El argentino Mauricio Kagel escribió un artículo con un título un poco por demás ocurrente: "Dudar de Dios, creer en Bach". Se refería a que, para él, era la única figura sin objeciones: aquella que unía a su gremio. Los compositores pueden sostener poéticas y posiciones muy distintas, aun opuestas, pero todos se encuentran en él. Todos se encuentran en alguien que no se sabe exactamente quién fue, del que sólo se sabe qué es lo que hizo.

Muchos artistas dirigen la obra que hacen hacia su nombre, como si buscaran esa modesta perpetuación. Bach pareció hacer el movimiento contrario, meta de todo arte auténtico: volverse invisible detrás de la obra.

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