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La señora ha salido, pero ya vuelve

Domingo 20 de agosto de 2017
LA NACION
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Una señora o, más justamente, un ideal de señora, fue hasta hace una generación y algo, la gran protagonista de la narración de la moda. Se trataba de una criatura imposible, que podía pasar del chic encantado al glamour seductor o la elegancia altanera. Las revistas elitarias, en las que ella misma participaba, la proponían como un modelo verosímil, al alcance de la voluntad de cualquier chica que pusiera empeño.

La fascinación por una señora que fue y seguirá siendo un ideal total
La fascinación por una señora que fue y seguirá siendo un ideal total.

Y que tuviera un ojo certero para elegir pareja, ya que el matrimonio acmé de la construcción patriarcal de la feminidad constituía la clave de acceso a ese estado superior. Es la razón por la que el traje de novia haya sido, desde que existen los desfiles de moda, el forzoso momento culminante, sonoro de aplausos, del ritual. Previamente, la señora había agotado todo el vestuario prescripto por el sistema, desde las confecciones vaporosas y las perlas del primer baile en adelante, designados y diseñados para lograr el arduo cometido de seducir con discreción. Luego de la boda, el manejo de los vestuarios para cada ocasión exigía una disciplina marcial de la Señora de, de Madame Untel y de Mrs.Somebody.

En álgido contraste, Gabrielle Chanel, marginal de lujo, nunca renunció al uso del Mademoiselle delante de su apellido. Le servía de señal inequívoca de su diferencia originaria, a la vez que de memento de la rebeldía de su juventud, de su desprecio por las convenciones. Pero también ella, como todo el resto de sus colegas modistxs, grandes o pequeñxs o aún de barrio, no vestían otra cosa que señoras. La señora era un paradigma prácticamente universal, válido incluso para la prensa dedicada a satisfacer las expectativas más realistas del público medio. Allí se daba de ella una versión accesible, pero fiel en todos los detalles a la imagen original.

Personaje eminentemente social, la señora debía tener tema, saber ver, escuchar y opinar. Iba al cine, al teatro, a la música, a las galerías, a los museos, tomaba clases, hacía algún deporte chic. Y ya por entonces trabajaba. En la moda, sí, pero no solamente. Salía, por lo tanto. A la calle, al mundo. Que la veía. Salía mucho. Se vestía y salía y volvía y antes de volver a salir volvía a cambiar de vestuario. Hace más de un siglo, de una amalgama de señoras Marcel Proust hizo a la duquesa de Guermantes. Hace seis décadas, la señora se cambiaba tres veces al día, sin contar la ropa de montar. En los 60 y 70, si era una señora auténtica, nunca menos de dos, aunque ya la fascinación que había ejercido perdía efecto, a pesar de que Jacqueline Kennedy Onassis, una señora, fuera y siga siendo un ideal total.

Pero los 80 marcaron la salida de la señora del puesto central que había venido ocupando en el escenario de la moda. El neoliberalismo en ascenso no necesitaba ese símbolo impecable de unas élites a las que venía a sustituir y por lo tanto se conformó con las copias empobrecidas y los looks de señoras en kit que ofrecieron de inmediato ciertas marcas, estadounidenses en particular, hoy declinantes. Por otro lado, la oferta propiciada por el régimen consumista favoreció la multiplicación de los estilos y de los arquetipos -en el mundo del more is more la señora pasó a ser un tipo más, claro que con el encanto del vintage y la solidez de lo genuino .

¿Hace falta que confiese que su declive me apena? La señora creía, o cree, ya que algunas de ellas quedan, en lo que podríamos llamar una cultura de las buenas maneras y de la buena instrucción. Y con el paso del tiempo, también ella asumió nuevos roles públicos y reconfiguró su vida privada, como sus congéneres. No adhirió, como es natural, ni al punk ni al grunge, pero en cambio, no faltaron las punkettes y grungettes que devinieron en señoras.

Se me ocurre que un poco despeinada y puesta al día por el furor del mundo, sería un fashion type ideal para los tiempos venideros.

El autor ha colaborado en Vogue Paris, Vogue Italia, L'Uomo Vogue, Vanity Fair y Andy Warhol's Interview Magazine, entre otras revistas

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