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Sin reacción y limitado, Del Potro está sufriendo el tenis

Jueves 17 de agosto de 2017 • 15:59
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El esfuerzo de Juan Martin, mareos y poca reacción
El esfuerzo de Juan Martin, mareos y poca reacción.

Juan Martín del Potro se ganó un lugar en la mesa de las leyendas del deporte argentino. Lo consiguió sin que nadie le regalara nada. Lo logró con esfuerzo y talento, con perfeccionamiento y dedicación, con tenacidad y espíritu de lucha. Se transformó en un tenista admirado en cada estación del circuito y en uno de los pocos en ganar un Grand Slam (el US Open 2009) en la era dominada por los cuatro fantásticos (Roger Federer, Rafael Nadal, Novak Djokovic y Andy Murray). A todos ellos les ganó; con todos ellos se hizo respetar. Ayudó muchísimo para que una ciudad como Tandil se conociera en todo el mundo. Fue un embajador. Se convirtió en la bandera del histórico equipo campeón de Copa Davis. Todo lo hizo con ingenio, castigando la pelotita con fiereza, moviendo su cuerpo con potencia y agilidad, como si en realidad midiera 30 centímetros menos. Es verdad que el drive y el saque siempre fueron sus armas más confiables, pero en sus mejores éxitos también mostró estrategias, jugadas, alternativas. Pero, lamentablemente, nada de ello apareció en esta temporada. Mejor dicho, apareció pero muy en cuenta gotas.

La actual versión de Del Potro preocupa. Sin un entrenador estable que lo pueda aconsejar y acomodar dentro del court, como lo fue Franco Davin durante ocho temporadas, el actual 30° del mundo no exhibe un plan B. Si no le funciona el drive y el servicio tampoco hace daño, su castillo se desarma. Sin un preparador físico que lo siga a sol y sombra, como Martiniano Orazi durante siete años, el doble medallista olímpico luce débil, sin resistencia. En casi todos los partidos de los 29 que disputó en 2017 (18 victorias, 11 derrotas), se mostró estático, sin electricidad en las piernas y con limitaciones para correr hacia los costados. Si a todo ello se le suma que parece susceptible, fastidioso, engancha más pelotas de lo habitual con la derecha, el resultado final es pobre, muy alejado de aquel que tuvo un milagroso 2016 luego de haber estado muy cerca de retirarse por las cirugías en la muñeca izquierda.

En Cincinnati, el séptimo Masters 1000 del año, Del Potro dejó pasar una muy buena oportunidad de recuperar parte del fuego y de la confianza. En un cuadro plagado de ausencias top (Federer, Murray, Djokovic, Stan Wawrinka, Milos Raonic, Kei Nishikori, Marin Cilic) e incluso sin Alexander Zverev en el camino (el alemán iba a ser su potencial rival de semifinales, pero cayó ante Frances Tiafoe en la 2ª rueda), el argentino se despidió en 8vos de final. Perdió (6-3 y 7-5) ante un rival (Grigor Dimitrov, 11°), que había vencido en los cinco enfrentamientos previos. No es el búlgaro, precisamente, un jugador que se destaque por su capacidad de concentración o enfoque. Así y todo, el europeo fue ampliamente superior a Del Potro en los momentos clave. El argentino, que terminó el match confundido y con algunos mareos, cometió 26 errores no forzados y volvió a ser frágil con su saque: se lo quebraron tres veces y consiguió, apenas, el 48% de sus primeros servicios. Demasiado poco.

Antes del partido frente a Dimitrov, la señal ESPN mostró en la transmisión una estadística contundente: el 83% de los reveses de Del Potro son con slice y mayormente los ejecuta cruzados. Eso transforma que su juego sea sumamente predecible. Los rivales ya no se sorprenden como el año pasado. Allí también tiene una limitación el tandilense. Más allá de los dolores con los que conviven siempre los tenistas, la salud lo acompaña a Del Potro luego de haber pasado tantas veces por el quirófano de la Clínica Mayo de Rochester, pero por una u otra razón no logra espantar los fantasmas. Pocas veces suelta el revés de dos manos; y cuando lo hace no parece con naturalidad o fluidez.

El año tenístico se está consumiendo. A la gira sobre el cemento norteamericano, la preferida de Del Potro, solamente le resta una estación: el US Open, nada menos. Hasta aquí, su imagen es la de un tenista que parece no estar disfrutando de la competencia y que está sufriendo. Si bien nunca se identificó por mostrar sus sentimientos en medio de un match, su lenguaje corporal actual inquieta. Es difícil acostumbrarse a verlo así. Sólo el fuego interno que tantas veces lució puede hacerlo reaccionar. En caso contrario, seguirá recibiendo reveses. Y un campeón como él no lo toleraría mucho tiempo.

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