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La diplomacia del amor: buscó reconquistar a su mujer usando su profesión

Sus conocimientos no solo le sirvieron para triunfar en el exterior, también fueron claves para intentar reconquistar a su mujer: una historia donde las negociaciones y los buenos modales son demasiado importantes

Señorita Heart

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PARA LA NACION
Viernes 18 de agosto de 2017 • 00:20
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En Retiro atardece demasiado pronto. El cielo está cargado de lluvia pero todavía no se define. A pocas cuadras de la plaza, del Palacio San Martín y de la famosa torre que, dicen, “es” de los ingleses, en un primer piso de un edificio firmado, de más de 60 años de antigüedad, primero suenan ladridos, luego la voz de Susana, que saluda, que invita a pasar.

Es una mujer alta, delgada, bonita. Está maquillada. La secunda Eduardo, que lleva, como ella, pero adecuado a su forma masculina, el rastro de haber sido toda la vida un sujeto de los llamados bien parecidos. Los ladridos provienen de dos perros. Ninguno de raza. La hembra es como una doberman, pero escuálida y de menor porte. El macho tiene un aire de pastor de los Pirineos. También hay una gata, Inés, de color gris, que a nadie presta atención.

Eduardo se anticipa y pide no revelar su apellido. Es diplomático retirado. Ronda los 70 años y no busca prensa con su vida personal. Así lo dice. “No es por vergüenza. Pero son temas personales y prefiero mantener la sobriedad. Si decís que estuve en esa ciudad en especial te podrás imaginar que muchos me van a ubicar”, previene. “En otra oportunidad puedo hablar de la historia reciente del país con mi nombre y apellido, con mi foto, pero ahora no es el caso”, agrega, se acerca al bar donde se alinean botellas de diversos colores. Sirve un par de gin tonics y una gaseosa sin azúcar para Susana.

Eduardo tiene sus razones. En más de un libro más o menos histórico o periodístico figura su identidad. Ha sido un jugador clave en la geopolítica argentina de los últimos 40 años. Si ahora está ahí sirviendo las bebidas es porque desea contar lo que le pasó a mediados de junio de este año.

Mucho tiempo atrás

El pasado es diciembre de 1970, la iglesia del Pilar, Recoleta, donde los dos se dicen “sí, acepto”. Y es también cuatro meses antes, cuando se conocieron en la casa de un conocido común, en una fiesta. Eduardo, esa vez, quedó deslumbrado: “Recuerdo que vi a una mujer fascinante, muy bonita y que tenía un gran misterio. Así que me acerqué a ella y comencé a festejarla. Más exactamente le pedí el teléfono”.

No llegaban a los 25 años. Pero él había hecho su carrera de Economía e iniciado su vida diplomática con bastante éxito. En el bolsillo tenía guardado su destino inmediato: Nueva York. “Mis padres habían muerto, era hijo único y moría por tener una familia”.

En cuatro meses Susana se dejó robar un beso de Eduardo, lo fue a despedir a Ezeiza, también lo esperó en el mismo aeropuerto tras un viaje fugaz donde él se encargó de alquilar una casa. Se comprometieron, se volvieron a besar, fueron a lugares de la época, El Oso Polar, El London Grill. “Me hizo probar una centolla por primera vez en mi vida”, recuerda Susana, lo mira. Y de ese modo llegó diciembre, la luna de miel repartida entre un campo en Entre Ríos y las montañas de Bariloche, la expatriación de ambos hacia los Estados Unidos, donde vivieron hasta 1977; la concepción de la primera de las dos hijas, a los tres o cuatro meses de casados. Así también tuvo su turno el nuevo destino del diplomático y su familia, a ese país que no se puede mencionar porque saltaría a las claras de quién se trata, ese país de un continente para él muy conocido y que lo convirtió en protagonista de una parte capital de la historia de la Argentina del siglo XX.

Eran ya tiempos de Raúl Alfonsín y de la todavía novedosa ley de divorcio vincular. Eduardo y Susana estaban de vuelta en Buenos Aires y esas y otras circunstancias del mismo lugar donde habían iniciado el romance los encontraba ya separados. Porque todo se había roto antes, del otro lado del mar. Porque no habían podido desmarearse del éxito.

Tardaron, sin embargo, en firmar su propio divorcio vincular. Recién lo hicieron en 1990. El solicitante fue Eduardo, más bien urgido por su próximo destino en Europa Oriental. Susana aceptó con cierto sentido diplomático, ese sentido que había comenzado a aprender 20 años atrás. “Era mejor que todos los papeles estuvieran arreglados entre nosotros antes de su partida. Además, yo prefería que estuviera fuera del país para no enterarme de sus ‘cosas’. Yo también tuve las mías, un novio, pero jamás se me ocurrió casarme. Él me decía que iba a volver con mi marido ”.

“¡Tampoco yo!”, se ataja Eduardo.

Eduardo también tuvo sus relaciones, con las que asegura que guarda respeto y cariño. Se retiró de la diplomacia, pero conserva las formas. “Y además -dice- jamás descarté volver con Susana”. “Es que nuestro amor se interrumpió, pero no se murió. Hubo mucho dolor con las relaciones del otro, pero con el tiempo una deja las cosas atrás”, recuerda Susana mirando a Eduardo. Él bebe otro poco de su gin tonic, por un momento se quedan callados.

“Yo le pedí disculpas -dice él luego de servirse otra copa-. Dos veces”.

El reencuentro

Todo comenzó a fines de 2012. Eduardo ya hacía algunos años que estaba en Buenos Aires. Las hijas habían crecido, se habían independizado. Él vivía con los dos perros y la gata. Una tarde o una noche invitó a Susana a tomar algo, tal vez a cenar, a ese departamento de Retiro.

“Quiero volver con vos”, le dijo.

“Bueno”, más o menos le respondió ella, quitando la pausa que se había impuesto con ese hombre.

Comenzaron a salir. Salidas con buenos modales, con detalles para el uno y el otro, con mucho oficio y cortejo por parte de Eduardo, que la invitaba a su departamento y la hacía mirar películas sentados demasiado juntos. De eso se trataban sus gestiones para recuperar el amor, la coexistencia en una cama y bajo un mismo techo, pero sin el apoyo de las Naciones Unidas o de la Cancillería. También era importante esperar y aguantaba los “no”, él lo sabía, confiado en que tarde o temprano llegaría la respuesta favorable.

“¿Qué te parece -Eduardo le dijo a Susana una de esas veces de relativa intimidad-, si nos vamos este fin de semana a la casa que tengo afuera de la ciudad?”.

No era la primera vez que lo hacía. Se trataba de una pregunta zen, insistente como la actitud de un pescador en la orilla de un río.

Susana lo miró. Tomó conciencia de que las gestiones estaban demasiado avanzadas.

“Bueno”, respondió.

“Siempre tuve presente que ella se había casado conmigo porque había confiado en mí -señala Eduardo-. Y yo, aquellos largos años separado los sentí como una falla desde mí. Fue un gran consuelo volver a estar con ella”.

Volver a intentarlo

Un viernes de junio, Susana y Eduardo se volvieron a casar tras 27 años de haber firmado el divorcio entre sí y de mutuo acuerdo. Ese viernes no estaba oscuro, sino luminoso, y el Registro Civil de la calle Uruguay los tuvo como protagonistas de una historia que no aporta a las estadísticas y tendencias sobre las que muchas veces se arman las notas periodísticas. Si de Joaquín Sabina y de aquella mujer a la que alguna vez le cantó “jamás los diarios hablaron de ti, ni de mi”, menos chances pueden tener quienes, simplemente, vuelven a poner la firma en otra libreta de matrimonio tras haberla borrado por casi tres décadas atrás. A menos que se trate de una ola de reincidentes en el amor y con la misma persona, ese tipo de hechos no suelen ser noticia.

“Haberme vuelto a casar es una felicidad”, comenta mientras termina su faena en el bar del departamento.

“Nos casamos por cuestiones prácticas -aclara Susana-. Nos estamos poniendo viejos, tenemos dos hijas y un nieto”.

“En efecto, no era necesario -él la interrumpe con estilo, con ese estilo que tal vez le forjó la diplomacia, las residencias de los embajadores, los agasajos a personalidades y los buenos modales que obran de coraza para llegar a buen puerto en una negociación-, pero nos pareció sano recrear el vínculo civil. El otro, el religioso, es solo una vez y jamás se rompió. Ahora estoy muy interesado en conocerla. En el pasado no me di esa posibilidad”.

Eduardo y Susana tienen ahora un propósito común: dejar atrás aquello que los lastimó, esa cierta especie de dicha de sus años dorados que, como nunca sucede en los cuentos de hadas, en el caso de ellos los comenzó a distanciar. Lo que ella llama “el mareo del éxito, aquello que contribuyó con nuestra ruptura, más los diferentes traslados a tantos países”. Eduardo calla, asiente, bebe un poco de su gin tonic.

“Una tiene, como dicen los ingleses, ups and downs, pero yo sigo el camino que elegí -sigue Susana-. No sabés lo que recé para recuperar mi matrimonio. Y una curiosidad: nunca, ninguno de los dos, tiró las alianzas del primer matrimonio, el que fue por iglesia. De hecho, cuando nos casamos ahora, en junio, nos las pusimos otra vez”.

La fiesta del segundo matrimonio del diplomático retirado y su nueva mujer resultó el corolario de la gestión exitosa de Eduardo en los territorios del amor y la seducción. Se dio en ese mismo departamento de Retiro. Apenas 50 personas. Las más cercanas.

Ahora llueve en el barrio y Eduardo, calladamente, festeja. Invita otros gin tonics. Susana se resiste, prefiere seguir con algo light, cuidar su figura, sus dientes; en algún lugar esconde la noción de que el éxito en las gestiones de Eduardo no sería tal sin su consentimiento. Eduardo también lo sabe y por eso no ríe ni celebra más allá de lo que exigen las circunstancias, esas que sabe medir desde hace casi medio siglo. La victoria es íntima y a la vez compartida, pero mejor no hacer alharaca. Resultaría impropio de sus antecedentes.

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