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Cine y política. Nuevas miradas sobre el poder

En foco. Los límites entre lo público y lo privado, la ira, la desigualdad, el lazo social: temas de filmes que, como La cordillera, interpelan de otro modo lo político

Domingo 20 de agosto de 2017
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Se estrenó este jueves, pero desde hace semanas sus afiches de promoción capturan todas las miradas: ahí está, como una efigie, el inconfundible rostro de Ricardo Darín interpretando, por primera vez, a un presidente argentino de ficción. La película se llama La cordillera y, como los dos anteriores filmes de Santiago Mitre, pone el foco, más que en la política, en los sutiles, más bien cotidianos y quizás paradójicos andamiajes del poder. No por nada Agustín Mango y Martín Rodríguez proponen, en la publicación digital Panamá Revista (http://panamarevista.com), que La cordillera, junto con El estudiante y La patota, podría cerrar una suerte de trilogía de este realizador: "Una versión del poder visto desde su praxis individual y no mediada -escriben-, sin mayúsculas, pero tampoco sin la ampulosidad obsesiva de recrear la escena del micropoder: apenas un poder constituido por personas con límites (morales, intelectuales, psicológicos, físicos)".

De hecho, la filmografía de Mitre se inscribe en un fenómeno más amplio: los nuevos modos en que lo político está siendo interpelado, de manera más o menos explícita, por la cinematografía local. "Lo interesante que ha pasado con el cine en los últimos años es que las mejores películas no parten de una idea de política que es exterior al cine o que ya está dada, sino que reflexionan sobre qué es lo político -considera Gonzalo Aguilar, investigador, docente, ensayista y autor de Más allá del pueblo. Imágenes, indicios y políticas del cine (FCE)-. Durante la era moderna había una idea bastante clara de lo que era la política, que se basaba en una distinción entre lo público y lo privado que era fundante. Sin embargo, en estas películas la distinción privado-público pierde relevancia y justamente lo que se investiga es esa relación".

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Efectivamente, en los últimos años se han venido realizando filmes que, por lo general con presupuestos modestos y exhibidos por fuera del circuito masivo, asumen cierta cartografía del malestar social; filmes donde la mirada política no tiene que ver con manifiestos o militancias, sino con una pregunta más amplia: cómo vivir juntos en medio de un estado de cosas por momentos feroz. Entonces, si en La salada, de Juan Martín Hsu, se aborda el mosaico de las nuevas migraciones, en Los dueños, de Ezequiel Radusky y Agustín Toscano, o en Réimon, de Rodrigo Moreno, lo que asoma es el abismo entre sectores sociales (en esta última, es clave la escena donde una pareja de estudiantes lee y discute El Capital de Karl Marx mientras Ramona, su empleada -a quien ellos apodaron "Réimon"- limpia la casa).

Y está la ira, ese lazo social y emocional que estalla en El incendio de Juan Schnittman, donde el relato de la crisis de una pareja en las horas previas a comprarse una vivienda está permeado de tensión colectiva. "Aun películas que suelen ser acusadas de apolíticas, como Relatos Salvajes de Damián Szifrón, toman como núcleo narrativo la ira que sin duda se ha convertido en uno de los combustibles primordiales de la política actual -indica Aguilar-. Muchos de los pasajes de la película de Szifrón, por ejemplo, son enfrentamientos de clase".

Por su parte, Roger Koza, crítico y director del blog Con los ojos abiertos (http://www.conlosojosabiertos.com), considera que en los relatos de ficción "la política tiende a quedar elidida del centro de todo relato o apenas esbozada en la configuración de los vínculos afectivos y laborales". Aunque señala lo que, para él, constituyen tres excepciones donde la pregunta por lo político es evidente: La larga noche de Francisco Sanctis, de Francisco Márquez y Andrea Testa, El invierno de Emiliano Torres y, desde luego, La cordillera. Asimismo, el crítico destaca Kékszakállú, de Gastón Solnicki. "Es una película que parece consistir inicialmente en la deslumbrante observación de un conjunto de ricos que viven una existencia disociada de la lucha cotidiana por la subsistencia -explica-. Pero a mitad de camino se introduce un contraste entre el estado de flotación existencial del personaje principal y los obreros de una fábrica que conforman el contracampo estructural de las riquezas, la condición de posibilidad de un estilo de vida. Esa película empezó como un experimento de ficción sobre el mundo familiar del realizador, pero este «descubrió» en el rodaje y en el montaje que su película era algo más; se trataba, secretamente, de un retrato impío, pero no cínico sobre los dueños de las cosas".

En el caso del cine documental, el vínculo entre dispositivo fílmico y registro político sería, necesariamente, más directo. "El propio imperativo del documental implica que lo político esté presente y en tiempo presente", continúa Koza, que considera que la última gran obra en este registro es Raídos, film de Diego Marcone sobre los yerbatales misioneros. "Da visibilidad a una práctica laboral inaceptable y a su vez se desmarca de los múltiples enfoques sobre la persistencia simbólica de la década de 1970 -explica-, que sigue siendo la tendencia temática de los documentales" (en esta última línea se ubican Cuatreros, de Albertina Carri, El padre, de Mariana Arruti y La memoria de los huesos, de Facundo Beraudi).

Lo cierto es que, a década y media de la crisis de 2001, todo parece indicar que hay un cine nacido de esa fractura: filmes herederos de la renovación expresiva y el circuito independiente de los años 90, pero tan renuentes a la anestesia política de aquel "Nuevo cine argentino" como distanciados del cine militante tradicional. El gran referente sigue siendo Los rubios, de Albertina Carri. "Si uno tuviera que instalar un corte en el que la crisis y el lazo entre lo íntimo y lo público ha quedado en evidencia, es esa escena excepcional de Los rubios en la que la directora y sus compañeros entrevistan a una señora que había cuidado a Albertina cuando los padres habían desaparecido -recuerda Aguilar-. La dimensión política del lapsus (es decir del inconsciente), de la palabra del «vecino», la puesta en escena atrás de las rejas no de una cárcel sino de una casa particular del conurbano, la confusión de tiempos verbales hace que después de haber visto Los rubios la política ya no sea lo mismo."

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