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Reseña: El vendedor de pasados, de José Eduardo Agualusa

Influencia sin la menor angustia

Domingo 20 de agosto de 2017
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PARA LA NACION
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El papel de Jorge Luis Borges como único centro a partir del cual construir una literatura fue uno de esos asuntos que entre los escritores argentinos suscitó verdaderos debates -y verdaderas angustias- hasta que la obra del autor de Ficciones ingresó, sin otra fuerza que la del reconocimiento unánime, al gran mercado de la literatura universal. La fecha de ese ascenso definitivo a la posteridad coincidió con el aniversario de los diez primeros años de su muerte (1999), una época que entre merecidos homenajes, un rediseño radical del mercado editorial argentino y la renovada publicación de toda su obra, fijó las condiciones para que Borges se expandiera hasta los puntos más recónditos del planeta.

La angustia de la "influencia borgeana", entonces, dejó de ser un problema para los escritores argentinos y se convirtió, traducciones mediante, en un problema para todos los demás. Ahora bien, fue también a partir de ese momento que los laberintos, las trampas de la memoria, los espejos, lo onírico, las sospechas ante los hilos que atan la realidad y la literatura como instrumento capaz de vulnerar cualquier sentido -bajo la consabida figura de la biblioteca- se transformaron en los rasgos más inmediatos y superficiales de un "Borges for export".

Es bajo ese espíritu fascinado precisamente por las más estrictas obviedades borgeanas que el angoleño José Eduardo Agualusa (Huambo, 1960) parece haber sellado en El vendedor de pasados su vínculo con un autor del que se reconoce particular lector. ¿Pero basta la admiración -incluso la de un escritor galardonado este año con el International Dublin Literary Award- para edificar una novela?

Ésa es una pregunta cuya respuesta puede demandar de los lectores una cuota excesiva de buena voluntad. En principio, la historia, que comienza con un sospechoso epígrafe atribuido a Jorge Luis Borges y se ambienta en África, presenta a un narrador que, como el Minotauro de "La casa de Asterión", asegura no haber atravesado nunca los límites de su propiedad. Es entonces cuando llega un "extranjero misterioso" -el primero en un desfile de figuras vagas que aparecen y desaparecen- a la búsqueda de Félix Ventura, "un hombre que traficaba memorias, que vendía pasados, secretamente, como otros contrabandeaban cocaína".

Los hábitos de Félix Ventura son pocos y previsibles, y aun quien sólo conozca a Borges por los rigores de las lecturas escolares podría reconocerlos. Como un bibliotecario exótico, archiva noticias raras y cultiva "un amor por las palabras antiguas". Por si restara alguna duda, en un cuarto enorme "embrujado por pesados espejos" llega a tener lugar cierta epifanía erótica que tampoco es difícil identificar a través del estilo: "Fue un relámpago, una revelación, la vi, multiplicada por los espejos, dejar caer el vestido y liberar los senos. Le vi las caderas anchas, sentí su calor y vi a mi padre, vi las manos poderosas de mi padre" (aunque cuando al narrador lo seduce el suicidio, abundan, en cambio, frases sobre "supersticiones urdidas demoradamente por el vasto terror de los hombres").

Anclada de un modo transparente en todos los fetiches léxicos y temáticos borgeanos, El vendedor de pasados se esfuerza así por avanzar contra su propia tendencia a empantanarse entre especulaciones acerca de quién es quién y cuánto de ilusorio tiene el universo. De hecho, en sus peores momentos, y sin otra trama a la vista que una imitación cursi y acartonada de Borges, Agualusa aterriza en frases como: "Pasa con el alma algo semejante a lo que sucede con el agua: fluye. Hoy es un río. Mañana será un mar. El agua toma la forma del recipiente. Dentro de una botella parece una botella. Sin embargo, no es una botella".

Casi siempre desorientada para cumplir su juego, tal vez la única lección que ofrece la novela de Agualusa sea una respuesta valiosa sobre por qué el propio Borges nunca escribió una novela.

EL VENDEDOR DE PASADOS

José Eduardo Agualusa

Edhasa

Trad.: Rosario Peyrou

245 págs., $ 245

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