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Turismo de riesgo: todo por una selfie

Autofotos, tours prohibidos y otras maneras muy peligrosas de vivir experiencias al límite que pueden terminar de la peor forma

Domingo 20 de agosto de 2017
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LA NACION
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Experiencias al límite que pueden terminar de la peor forma
Experiencias al límite que pueden terminar de la peor forma.

Acercarse demasiado al borde de un edificio alto o de un acantilado para tener la foto con la mejor vista; aventurarse en tours clandestinos por lugares de acceso restringido; tentar a la suerte exponiéndose frente a animales descontrolados... Y todo lejos de casa. Algunos turistas están dispuestos a cualquier cosa con tal de volver a su hogar con algo extraordinario para contar. El problema es cuando no sobreviven a estas experiencias extremas...

Volando en la playa

La playa de Maho, en la isla caribeña de Sin Maarten/Saint Martin, es conocida como "la más peligrosa del mundo" por su proximidad al aeropuerto Princess Juliana y por el vuelo rasante sobre la arena que realizan los aviones cada vez que se aproximan a la pista de aterrizaje.

No son pocos los turistas en esta isla francoholandesa que se acercan a Maho para contemplar el espectáculo. Si lo hacen a distancia prudencial, no es un problema. De hecho, hay un completo bar para tomar y comer algo durante el "show".

Sin embargo, existe una costumbre que consiste en sostenerse de la reja que separa la playa del aeropuerto y "volar" con el poderoso viento que expulsan las turbinas de los aviones a punto de despegar. Cientos de videos en YouTube y Facebook retratan graciosamente ese momento. Lamentablemente, Maho fue noticia el pasado 13 de julio cuando una turista neozelandesa de 57 años murió por no poder resistir a la bocanada que provenía de un Boeing 737, tras soltarse y golpearse para quedar inconsciente. Según declaró un portavoz de la policía de la isla al Washington Post, esta sería la primera víctima de esta actividad, que hasta ahora sólo había registrado algunos heridos.

Junto al volcán

El Parque Nacional Volcán Poás se encuentra a 45 kilómetros de San José de Costa Rica y cubre una superficie de 65 kilómetros cuadrados. Dentro de sus lindes, está el volcán con ese mismo nombre, uno de los más altos y más eruptivos de ese país. También es el más visitado: el año último recibió a 406.000 turistas (49% extranjeros; 51% locales). En abril de este año, entró en erupción con una intensidad récord, al alcanzar más de cuatro kilómetros de altura. El parque nacional se cerró preventivamente.

Sin embargo, muchos visitantes a diario hacen caso omiso a las advertencias de los vulcanólogos y especialistas y se embarcan en la aventura de ingresar por la puerta trasera del sitio. Algunos prestadores ofrecen tours para acercarse hasta el borde del cráter del volcán. Una caminata extrema de más de seis horas que implica pendientes, senderos prácticamente intransitables e ingresos a partes prohibidas, se vende por Internet y a tan sólo un clic. El problema de este tipo de recorrido, además de ser una actividad ilegal, es la exposición a las emisiones tóxicas y a la posibilidad de erupciones repentinas. En muchos casos, estos paseos son ofrecidos por algún baqueano de la zona que conoce los caminos por zonas no habilitadas.

Una situación similar se da en otro volcán famoso de Costa Rica, el Turrialba. Este parque nacional tiene una extensión de 500 kilómetros cuadrados. En mayo y junio del 2016, el volcán (el segundo más alto del país) presentó su mayor actividad y el sábado 15 de julio una de sus mayores erupciones. Por ese motivo, las autoridades decidieron restringir el acceso. Sin embargo, los turistas se resisten y continúan llegando hasta las bases del Turrialba para contemplarlo en actividad.

En mayo de este año, la administración del Parque Nacional y la Comisión Nacional de Emergencias expusieron a dos jóvenes que ingresaron de manera ilegal a la zona de exclusión y riesgo del volcán y argumentaron: "Este sector presenta extensos territorios cubiertos de ceniza y lodo, vegetación quemada por los gases y lluvia ácida, lo que indica lo riesgoso que es este sitio para los visitantes en caso de una erupción del volcán Turrialba".

La última imagen

No hace falta entrar en zona de volcán en erupción o intentar volar con la fuerza de una turbina de avión para poner en riesgo la vida. Tan sólo se necesita un paisaje y un palo de selfie.

En la era de la inmediatez y de las redes sociales, registrar y compartir los viajes se ha transformado en una actividad más que desafiante. No basta con retratar una vista panorámica o sacar una buena foto si el autor no aparece en el cuadro.

Sucedió en el puente de Manhattan, en las ruinas de Machu Picchu, en los escalones del Taj Mahal, entre otros tantos. Según un relevamiento realizado por Priceonomics, un sitio web especializado en análisis de datos, desde 2014 hasta 2016, 49 personas perdieron la vida por tomarse un autorretrato. Según esta misma publicación, luego de estudiar archivos de noticias relacionados con muertes de este tipo, un tercio de las víctimas fallecieron por perder el equilibrio en lugares muy altos como edificios o acantilados.

El fenómeno ha llegado a tal nivel que varios países han tenido que prohibir las selfies en ciertas locaciones. India ocupa el primer lugar de muertes relacionadas con las autofotos y, por eso, ha establecido 16 zonas alrededor de Bombay, la ciudad más poblada del país, en las que no se pueden tomar. Entre ellas: las estaciones de tren, los fuertes de Sion y Worli.

Rusia es otro de los países que debieron tomar cartas en el asunto. Si bien todavía no las ha prohibido, el presidente Vladimir Putin implementó la campaña Selfies Seguras, una guía con varias recomendaciones para hacer autorretratos sin riesgos. Entre las advertencias pueden destacarse las de evitar hacerlo en las vías del tren, treparse a techos o posar con un arma o junto a un animal salvaje.

Descontrol en San Fermín

Es una de las fiestas más reconocidas en el mundo. Del 6 al 14 de julio, miles de personas viajan a Pamplona para vivir el famoso encierro: una carrera con toros a lo largo de 875 metros por las calles de la ciudad. Es gratuita y puede participar cualquier persona mayor de 18 años.

La carrera se celebra desde 1922 y 16 personas han muerto hasta este año. Entre ellas, al menos dos turistas: un estadounidense en 1995 y un mexicano en 1935. Según cifras oficiales, hay una media de 1900 corredores diarios y, en cada encierro, en promedio 0,9 personas salen heridas por asta de toro, 4,14 más por traumatismos que requieren traslado al hospital y hay varias decenas de atendidos por heridas leves.

Según datos del ayuntamiento de Pamplona, en esta edición, de las 17.000 personas que corrieron en los encierros, vestidas de blanco y con un pañuelo rojo al cuello, más del 40% eran extranjeras, empezando por los estadounidenses (20% de los corredores), a los que siguen los británicos (4%), los australianos y neozelandeses (4%) y los franceses (3%).

Saltar desde la fuente de Navarrería -de unos cinco metros de altura- es otra de las actividades que se pusieron de moda entre los turistas que visitan Pamplona en julio. El salto consiste en escalar el monumento de cemento y lanzarse sobre la multitud que alienta desde abajo.

En el 2014, un joven norteamericano de 25 años quedó inconsciente al saltar de la fuente y caer en el piso. Esta actividad intenta ser erradicada por el propio ayuntamiento pero continúa expandiéndose, sobre todo, entre los turistas extranjeros.

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