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La Barcelona herida de Lionel Messi y de todos nosotros

Viernes 18 de agosto de 2017
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Hay que pensarlo apenas un rato y la conclusión brota fácil: no hay ciudad en el mundo como Barcelona, ese desborde de energía creativa felizmente aprisionado entre la montaña y el mar. La Barcelona del modernista Paseo de Gracia y de la colina de Montjuic; la Barcelona de la Sagrada Familia y del Parque Güell; la del Tibidabo y del Eixample, ese barrio céntrico tan parecido a zonas de Buenos Aires o Rosario. La Barcelona del pa amb tomàquet (pan con tomate), la de los oscuros y enrevesados callejones del Raval y del Borne. La de la Barceloneta. La de los Juegos Olímpicos de 1992, gloriosos Freddie Mercury y Montesarrat Caballé. La Barcelona del Fútbol Club Barcelona. La Barcelona de Lionel Messi.

Esa ciudad en la que el mejor futbolista argentino (¿de la historia?) lleva ya más de media vida es, también, la Barcelona de las Ramblas. Nacen en el mar y llegan hasta la Plaza Cataluña, en un recorrido que combina gigantescos puestos de diarios, exóticos pájaros a la venta, artistas en busca de éxito o al menos unas monedas y, sobre todo, un maravilloso espectáculo urbano –incluyendo al Teatro del Liceo y el ahora trágico Mercado de la Boquería– en ambas márgenes del generoso paseo por el que turistas de todo el planeta caminan día y noche. Ahí, en esas ramblas, el terror de nuevo cuño volvió ayer a helarle el alma a todos y a segar 13 vidas, o quizá más según vayan pasando las horas.

Cuando Messi postea en Instagram una foto en blanco y negro de Barcelona (ver arriba) junto a un lazo simbolizando el luto está haciendo no sólo lo que los cánones de la comunicación exigen hoy: está haciendo lo que siente. Él y su familia estaban notablemente conmovidos ayer por la masacre de las Ramblas.

No vive Messi, eso es cierto, propiamente en Barcelona, sino en las afueras, la localidad playera de Castelldefels, un esquema que se repitió en el caso de muchos jugadores, entre ellos Ronaldinho o Neymar. Lo importante, en todo caso, es que Barcelona, que superado el terror de ETA sólo se alteraba por el debate de independencia sí o independencia no, es especial, realmente especial para el fútbol argentino. ¿O hay algún otro lugar en el mundo del que se pueda decir que fue hogar del fútbol de Diego Maradona, del de Lionel Messi y que, además, estuvo a punto de albergar el de Alfredo Di Stéfano? La Santísima Trinidad argentina, los tres nombres que están por encima de todo.

Los argentinos, y el resto del mundo, vivieron a distancia durante años el fútbol único del Barcelona de Josep Guardiola, continuado parcialmente, entre otros, por Gerardo Martino. Había un estadio, el Camp Nou, en el que todo era posible, y una ciudad en la que la mejor de las ideas era soñar, porque entre Messi y compañía esos sueños se convertían muy frecuentemente en realidad.

No es aventurado decir que, tras la caída global por 5-1 ante el Real Madrid, en la noche del miércoles, Messi se fue a dormir con una triple preocupación: cómo levantar al Barca, un equipo golpeado y sin reacción; cómo clasificar a la Argentina al Mundial y, claro que sí, cómo dosificarse y prepararse de la mejor manera en la temporada que se inicia para que no le suceda lo mismo de hace cuatro años: llegar sin su mejor forma física al Mundial (y así y todo ser decisivo).

No, Messi quiere un final de historia diferente en Rusia 2018, pero en la noche del jueves eso no importaba: Barcelona, la suya y la de todos nosotros, estaba herida. Y lo único que importa hoy es que pronto vuelva a ser la que fue.

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