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Aquella música que elevó mis sueños

Francis Mallmann

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PARA LA NACION
Domingo 20 de agosto de 2017
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De niños, con mis hermanos tuvimos una formación muy centrada en la música clásica, tocando instrumentos y cantando en un coro, leíamos pentagramas y asistíamos a conciertos.

Desde que nacemos somos indefectiblemente formados y moldeados por la erosión de los días entre sonrisas y lágrimas, fundidos en una estampilla que lleva nuestro nombre, aliento e impronta para siempre. Una suerte de ADN del alma.

En el camino miles de señales nos hacen elegir, discernir, apreciar, distinguir cada gesto y reflejo que forma nuestra individualidad. Una verdadera fotografía tan pura e inequívoca de carne, alma y decoros. Así, vamos dejando los hermosos rastros de nuestro hacer, que incluyen golpes, arrebatos, confusiones, dudas y largos silencios.

Ayer, al sentarme en un avión que me llevaría de Marsella a Londres, me encontré con mis ojos llenos de lágrimas. Había pasado una semana cocinando con las deliciosas verduras, frutas y hierbas de la región en mi restaurante. Ya dentro del avión vi pasar una pareja joven de millennials que se sentó cerca de mí. Ella, ligeramente bonita, estaba perdida dentro de un par de auriculares escuchando música o un podcast; él estaba tan compenetrado escribiendo en su teléfono que parecía no darse cuenta de que estaba con ella.

En ese momento recordé que en mi teléfono tenía algunas listas de reproducción de música y decidí imitarla. Por la ventana de la primera fila veía los reflejos del sol de Provenza que, como siempre, me había recibido con sus augurios de sol y las mejores sonrisas de cocineros, mozos y clientes. Al elegir una lista que compilé hace unos años bajo el nombre Vida me di cuenta de que la música que escuchaba a los 13 años fue la que me dio la verdadera esencia de libertad que luego rigió mi vida. Aquellos acordes y voces que van de Joni Mitchell a Bob Dylan y Jimi Hendrix, pasando por Crosby, Stills, Nash & Young, Sui Generis, Vox Dei o Simon & Garfunkel,entre muchos otros, fueron quienes elevaron mis sueños a un lugar tan ajeno al mundo en que vivía; incitándome a una búsqueda no muy académica que ha continuado por casi cinco décadas. Cierto es también que en aquella edad tan temprana es fácil abrazar sentimientos que completan las muchas dudas que riñen todo lo establecido, echando por tierra mandatos y siguiendo una intuición que nos deja de a pocos en gloriosos paraísos y de a muchos en interminables tormentas.

A veces me sigo preguntando cómo algunas centenas de canciones pudieron lograr tal impacto en mi formación y acompañarme durante tanto tiempo, llenando otra vez mis ojos de lágrimas a mis casi 62 años.

Todo esto me hizo pensar en lo mucho que esta música me ayudó a formar, cruzar puentes, volver a empezar tantas veces, cuando la adversidad parecía querer llevarse las cosas que amaba.

En ese momento, sentado allí, me di cuenta de que mis lágrimas estaban homenajeándo a cada uno de ellos, al flower power que hizo poner de pie a toda una generación que defendió la no violencia y el amor libre, cuestionando todo lo establecido. Fue entonces cuando comenzó a sonar la primera canción: Both Sides Now, de Joni Mitchell. Me trasladó al exacto mismo lugar que ocupó siempre dentro de mí. No eran lágrimas de tristeza, más bien un grato reconocimiento a una vida plena y, sobre todo, a la emoción de reconocer a los músicos que me otorgaron aquel pasaporte para viajar con mucho esfuerzo hacia la vida que elegí.

Dos horas más tarde nada había cambiado: ella se había dormido sobre su hombro y él aún continuaba escribiendo. Por mi parte, sentía una paz extensa y llana. Mientras caminaba enérgicamente hacia Migraciones, en mis auriculares sonaba Muchacha ojos de papel, de Luis Alberto Spinetta.

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