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Economía gig: ¿cómo pedirle aumento o protestar contra un algoritmo?

Empresas como Uber y Airbnb representan el nuevo esquema empleador: un mundo donde se redefinen los derechos laborales

Sábado 19 de agosto de 2017
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sonia@sociopublico.com
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Los ciclistas de Deliveroo, que entregan comida a diario en bicicleta, reclaman para conformar un sindicato
Los ciclistas de Deliveroo, que entregan comida a diario en bicicleta, reclaman para conformar un sindicato. Foto: Shutterstock

El empleado se acerca al jefe para pedir un aumento. Tiene estudiado cómo convencerlo: qué mirada, qué anécdota, qué evidencia. Años de escenas similares nos enseñaron a comportarnos frente a esa situación. Pero todavía hay mucho por aprender. ¿Cómo pedirle aumento a una plataforma? ¿Cómo hacerle paro a un algoritmo? En el mundo de la economía colaborativa -donde gobiernan Uber, Airbnb, Freelancer y otras empresas digitales que conectan oferta y demanda de servicios-, estas preguntas no suenan extrañas y se hacen en voz cada vez más alta, por no decir a los gritos.

El término "economía colaborativa", con su connotación positiva, está siendo desplazado por otro: economía gig, una palabra que en inglés se usa para los trabajos temporarios y poco valorados en el mundo artístico. "La economía gig describe un conjunto de nuevas modalidades de trabajo cuentapropista que tienen tres características: la contratación se realiza por tareas individuales de corta duración, el acuerdo entre empleador y freelancer esta mediado por una plataforma de trabajo online, y la relación laboral se establece entre agentes individuales, no enmarcados en la relación de empleador y empleado", explica Hernán Galperín, profesor de la Annenberg School de Comunicación de la Universidad de Southern California y director de la iniciativa The Future of Work in the Global South.

"Es una modalidad de trabajo emergente, que crece cada vez más y en distintos sectores. Es interesante investigar estas nuevas relaciones de empleo y su impacto sobre las trayectorias laborales y las remuneraciones", dice. Según un estudio del Banco Mundial, en 2013 había 48 millones de trabajadores registrados en alguna de las plataformas que permiten contratar servicios a proveedores individuales, y el número no paró de subir. De ellos, sólo una porción menor son trabajadores activos, pero alcanzan a llenar algunas plazas con manifestantes.

Según un estudio del centro de investigación Brookings en las ciudades de Estados Unidos, entre 2012 y 2014 la cantidad de trabajadores independientes en el transporte creció un 45% contra un 17% de los empleos en relación de dependencia. En Gran Bretaña, el sitio de chequeos periodísticos Full Fact detectó que los freelancers son alrededor del 15% de la fuerza laboral, pero que su tendencia a crecer empezó hace más de 10 años, cuando las plataformas tipo Uber no existían. Es probable que el fenómeno se enmarque en un contexto más amplio. Las tecnologías digitales facilitan el trabajo a distancia; las formas más nuevas de organización valoran el trabajo por objetivos de corto plazo en equipos heterogéneos, y muchos no piensan en la carrera profesional como un camino ya trazado y estable, sino como una búsqueda personal.

La economía gig vino a dar una oportunidad de trabajo a medida, donde cada uno pone sus horarios y gana tiempo libre para desarrollar otras actividades. El tema es que esa disrupción también rompió con el molde de los derechos laborales tradicionales.

"Las tecnologías digitales permiten que las empresas violen regulaciones legales que otorgan descansos y salarios mínimos a los trabajadores; que les trasladen el riesgos de ser entrepreneurs sin darles control de los medios de producción y distribución, o que reescriban los algoritmos que programan el trabajo diario de miles de personas sin transparentar el proceso", aseguran.

"La economía gig ofrece trabajo e ingresos a muchos que los necesitan, pero a la vez representa un sistema con capacidad para explotar y alienar trabajadores de formas innovadoras", concluyen.

El año pasado, en Gran Bretaña hubo tres fallos judiciales que obligaron a las plataformas de este tipo a reconocer que los miembros de su red no son cuentapropistas y que los asisten derechos laborales.

En estos días se libra otra batalla legal en la cual los ciclistas de Deliveroo, que todos los días entregan miles de pedidos de comida en bicicleta, reclaman para conformar un sindicato. Uno de ellos, Guy McClenahan, escribió un artículo titulado: "No odiamos a la economía gig, pero tiene que cambiar". Es una crónica sobre la vida en un trabajo sobre dos ruedas, regida por un algoritmo que por momentos sube o baja el precio de la hora, califica su performance o anuncia horas pico, que terminan siendo las únicas rentables: "7 PM. En sus marcas. Y a pedalear como un maniático durante dos horas hasta que te quiten el trabajo de nuevo? Es un juego peligroso", asegura.

Una de las alternativas que empiezan a aparecer en el mundo son las plataformas cooperativas, cuya titularidad corresponde a un conjunto de trabajadores organizados. Trebor Scholz, profesor de la New School en Nueva York, documentó la existencia de 150 de estas plataformas, que se crearon en los últimos dos años. Por ejemplo, Up and Go Coop ofrece servicios de limpieza y retiene sólo el 5% del pago, que se invierte en el mantenimiento de la plataforma. Ellos mismos se comparan con la economía gig, donde -aseguran- se retiene entre un 20 y un 50% del precio final. También existen cooperativas de taxistas, como Cotabo en Italia y varias más en Estados Unidos: ATX Coop, Green Taxi, The People's Ride, entre otras.

"La cuestión es cómo adaptar las reglas que regulan las relaciones de empleo tradicionales a estas modalidades emergentes. Es una discusión abierta aun en los países avanzados. ¿Cómo asegurar el cumplimiento de la regulación sobre salario mínimo? ¿Cómo prevenir la discriminación de género en la contratación y la remuneración? Son preguntas complejas que están en la agenda de trabajo de muchos gobiernos y de grupos como el G-20", señala Galperín.

"Lo interesante es que algunas de las plataformas de trabajo están tomando un rol proactivo: se anticipan a la regulación, implementan mecanismos para prevenir ciertas formas de discriminación o de abuso, y participan de discusiones con los gobiernos. Creo que es el camino más promisorio, mucho más que los intentos por prohibir el desarrollo de estas plataformas", dice.

Galperín presentó este año un trabajo donde analizó -junto a Catrihel Greppi de la Universidad de La Plata- una base de datos de la plataforma española Nubelo (luego adquirida por Freelancer), que conecta a programadores y diseñadores con empresas que requieren sus servicios.

El estudio demostró que -a iguales características del trabajo demandado y de la oferta del trabajador- los extranjeros (es decir, no españoles) tendían a ganar un 16% menos y veían sus chances de conseguir trabajo con empresas españolas reducidas en un 42 por ciento.

"Las plataformas digitales no hacen más que reflejar los prejuicios de las personas. Lo interesante es que nos permiten documentar de manera más precisa cómo funciona la discriminación", señala Galperín.

Airbnb empezó a trabajar en una nueva política antidiscriminación. Prohibió negar alojamiento a una persona y luego ofrecerlo a otra; permitió que los viajeros confirmen su reserva sin esperar la aprobación del locador; obligó a todos los usuarios a firmar un código de conducta más estricto, y redujo la presencia de las fotos de usuarios para dar más espacio a información. Parece que en este mundo el cambio manda, y manda más que cualquier jefe.

sonia@sociopublico.com

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