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Estrellas que esperan nuestra atención

Domingo 20 de agosto de 2017
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El domingo 16 de julio pasado se produjeron dos hitos para el deporte argentino. El tal vez menos sorprendente de ellos fue que Gustavo Fernández disputó la final masculina de tenis adaptado en Wimbledon. Para quienes conocían la trayectoria del número uno del mundo en esta especialidad, que llegara al partido decisivo del torneo más importante del planeta era algo lógico después de haber ganado Roland Garros, en 2016, y Australia, en enero pasado. Por eso, el hito verdaderamente extraordinario fue en realidad que la final fuera transmitida en vivo por televisión para toda la Argentina, que alentó al tenista a la distancia y llenó las redes sociales con elogios para la estrella deportiva que acababa de "descubrir". Nunca antes, los argentinos -ni medios ni espectadores- habían estado tan pendientes de un deportista adaptado, y el caso de Fernández -que acaba de consagrarse en el Abierto Británico y se prepara que ganar el US Open-, podría marcar un punto de inflexión en la búsqueda de visibilidad para decenas de deportistas élite que normalmente ignoramos.

Según el Censo Nacional de 2010, más de cuatro millones de argentinos tienen algún tipo de discapacidad (esto es, más del diez por ciento de la población). El deporte adaptado apenas difiere del convencional en alguna regla. Por ejemplo, en el caso del tenis se permite que la pelota pique dos veces tras pasar la red. En lo demás, es igual. Muchos de los deportes adaptados están incluidos en los Juegos Paralímpicos, que son el tercer evento internacional más importante después de los Mundiales de Fútbol y los Juegos Olímpicos. En los disputados en Río de Janeiro el año pasado, la Argentina presentó una delegación récord de 85 deportistas que participaron en 15 disciplinas de un total de 23 y trajeron a casa cinco medallas: una dorada (la atleta Yanina Martínez, que con discapacidad intelectual ganó en los 100 metros T36), una plateada (Hernán Urra, en lanzamiento de bala T35) y tres de bronce (dos de Hernán Barreto, en 100 y 200 metros T35, y una de Los Murciélagos, la selección de fútbol 5 para ciegos), además de 35 diplomas. Estos logros tienen el mismo valor (simbólico y económico) que los obtenidos en los Juegos Olímpicos. Pero no siempre nuestra misma atención.

Aunque el Enard, un organismo creado en 2009 que se financia con el 1% de los ingresos de las telefónicas, da apoyo económico a los deportistas paralímpicos -y olímpicos- de élite, los sponsors privados sólo aparecen cuando un deportista adaptado se consagra y recibe la atención de los medios. Si bien ésta ha ido aumentando (desde 2014 el sitio paradeportes.com, creado por el periodista Maximiliano Nóbili, transmite competencias en vivo desde su página de Facebook, y algunas señales de cable cubren eventos destacados), el interés suele desaparecer rápidamente. Las federaciones del deporte paralímpico no tienen estructuras profesionalizadas y el Copar (Comité Paralímpico Argentino) ni siquiera tiene una sede. Para el deporte adoptado que no es de élite las condiciones son aun peores.

Si bien no todos los deportistas adaptados alcanzan nivel paralímpico, la práctica deportiva mejora su calidad de vida, incrementando su independencia. El gran logro de deportistas como Gustavo Fernández, hoy en la tapa de La Nacion revista, no son sólo sus trofeos y medallas, sino sacar de la invisibilidad a miles de personas que necesitan nuestra atención para triunfar en las canchas, y en la vida.

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