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Puentes que conectan y vencen obstáculos

Iván de Pineda

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LA NACION
Domingo 20 de agosto de 2017
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Cruzando el puente que une Europa y Asia veo como, allí debajo, las aguas del estrecho del Bósforo danzan movidas por las corrientes, las mareas y las estelas de las cientos de embarcaciones que se dirigen de un lado a otro, con usual frenesí uniendo los dos continentes.

Este puente de más de 1000 metros de longitud, propenso a grandes congestiones en las horas pico del día, conecta en la misma ciudad, Estambul, dos regiones históricas del país: la vieja Rumelia y Anatolia. Pero por sobre todas las cosas, tomándome ciertas licencias –culturas, creencias, maneras de ver la vida, entre otras– conectan oriente y occidente en el amplio espectro de los usos de estos dos conceptos.

Por lo menos para mí, los puentes siempre han tenido algo de mágico. Como si fueran puertas que nos transportan a lugares, experiencias y pensamientos, como estos que se agolpan en mi ser en estos momentos al escribir mentalmente estas líneas, cuando dejo Europa y me acerco a Asia.

Cada uno de los puentes con los que me he encontrado a lo largo de mis viajes han suscitado en mí una inmensa curiosidad por conocer los innumerables motivos por los que se encuentren en ese determinado lugar, a veces escapando a las ventajas topográficas y sorprendiéndome por la capacidad que tenemos de vencer obstáculos.

Hay varios ejemplos. Como aquellos que se encuentran magníficamente ideados a lo largo de la Red Caminera del Tahuantinsuyo (Qhapaq Ñan, el famoso camino real inca), enfrentándose constantemente a la diversidad y a la realidad andina en tiempos en los que no contaban con la tecnología de nuestros días, pero más vale siempre maña que fuerza.

El sol caía rápidamente y esa gran bola de fuego tornaba todo a un tono rojizo, delineando las siluetas de los edificios a ambos lados del estrecho de una manera espectacular; a mi parecer es la hora que mejor le sienta a esta ciudad, me sentía dentro de una novela de Orhan Pamuk.

Pero más allá de la especial postal que se desarrollaba ante mis ojos, mi mente seguía pensando en puentes y, sobre todo, en uno muy especial.

Y para eso nos vamos a transportar rápidamente, desde donde cada uno de ustedes se encuentre, a una ruta de nuestro país, cruzando la punta de la bota que, imaginariamente, forma la provincia de Santa Fe por la ruta 93, para así llegar a una localidad que comenzó llamándose La Lidia (la estación de ferrocarril) y que fue declarado comuna de Los Quirquinchos, en 1906.

Si recorremos esta localidad de 2500 habitantes llegaremos a la escuela nro 212 Bernardino Rivadavia, y aquí nos encontraremos con un grupo de maestras y de curiosos alumnos de tercer grado, el futuro de esta Argentina, trabajando en un lindísimo proyecto.

Un proyecto para romper barreras, achicar las distancias, conectarse en este mundo tan conectado como desconectado y de establecer vínculos.

En fin, tendiendo puentes al compartir sus historias y experiencias con alumnos de su misma edad pero que viven en Francia, España, Canadá, Colombia y Grecia, entre otros países.

Teniendo como punto de encuentro estas obras de la ingeniería civil que, al final, fueron la excusa para realizar un viaje tanto mental como experimental, a tan temprana edad estos niños han logrado abrir sus mentes y suscorazones a algo diferente, lejano y cercano a la vez.

Demostrándonos que a veces, no importa donde estemos, no hay que realizar grandes distancias físicas para elevarnos.

Por eso, y desde esta columna, aquí va un pequeño homenaje a Marilí y sus chicos.

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