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Libros ocultos en un templo del cine

Víctor Hugo Ghitta

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LA NACION
Sábado 19 de agosto de 2017
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En el principio fue el cine. No fueron los libros. Me asomé a la literatura tardíamente en las numerosas adaptaciones de cuentos o novelas que sirvieron como sustento de algunas de las mejores películas de la historia del cine, y lo hice sobre todo en aquellos soberbios ciclos de revisión que ofrecía la sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín. Un santuario para los cinéfilos de Buenos Aires, pero también un modo de acercarse a grandes obras de la literatura.

No había leído a Thomas Mann cuando asistí a la proyección de Muerte en Venecia, la soberbia creación de Luchino Visconti, ni a Joseph Conrad antes de Los duelistas, de Ridley Scott, ni a Alain Robbe-Grillet antes de Hace un año en Marienbad, de Alain Resnais, ni a Dashiell Hammett antes de El halcón maltés, de John Huston. Entre las inquietudes que promovieron esas maratones cinéfilas ocupó un lugar la literatura. Era salir de la sala, hurgar libros en mesas de saldos y empezar a leer. Y volverá a suceder ahora (ojalá) cuando otros jóvenes devoren grandes novelas ocultas en el templo del cine.

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