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El país ya no muerde el anzuelo del relato

Héctor M. Guyot

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LA NACION
Sábado 19 de agosto de 2017
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Tan parejas resultaron las PASO del domingo en la provincia de Buenos Aires que Cristina corre un serio riesgo cuando exige, en su afán de ser siempre la primera, el recuento minucioso de los votos: en un giro surrealista, el escrutinio definitivo podría determinar que ganó el candidato de Cambiemos por apenas un solo voto, aquel que ella misma decidió ahorrarse al no hacer un cambio de domicilio que le hubiera permitido votar en Buenos Aires.

Eso sería justicia divina más que electoral, pero no pasaría de la simple anécdota: a nadie más que a ella le interesa salir del empate técnico en unas elecciones que no definen cargos. Claro, necesita mostrarse vencedora. Al menos si pretende retener y acrecentar el poder que le queda para elevarse de las cenizas como el ave fénix y volar lejos de las causas judiciales que la acechan en el llano. En otras palabras, si aspira a seguir siendo temida por sus fieles, por los peronistas menesterosos y hasta por los propios jueces, ya que ese temor que supo inspirar, ahora menguante, es el último antídoto que le queda contra el brazo titubeante pero definitivo de la Justicia.

Como sea, ese virtual empate en el que obtuvo menos votos que los que reunió Scioli dos años atrás ha sido leído como un serio revés para sus ambiciones y como un triunfo para el Gobierno, y más aún si se lo pone en el contexto de lo que ocurrió en el resto del país. Así, mientras el poder se le escurre, ella sigue aferrada a sus mañas: acusó al Gobierno de "manipular" la presentación de los resultados y de "psicopatear" a la sociedad, dos verbos que sabe conjugar muy bien. Ya sin la cadena oficial, se proclamó vencedora en un video de clase B que grabó con Agustín Rossi y que marca la declinación material y formal del relato. Hasta los resultados de Santa Cruz, donde Cambiemos se impuso por más de 16 puntos, fueron buenos en la realidad paralela que vive el kirchnerismo. Habrá que convencerla de eso a la abandonada Alicia, que en una provincia incendiada ni siquiera recibió el voto de su cuñada Cristina y sus hijos.

Siempre fue así: donde hay negro, el kirchnerismo dice blanco. Y quiere que todos repitan lo mismo. El país mordió el anzuelo del relato y lo tuvo en la boca durante 12 años. El daño está a la vista, pero la buena noticia de estas elecciones es que, según el resultado, el pez ya no se traga la carnada como antes. Ahora la capacidad de daño de Cristina se concentra en el peronismo, que sigue a merced de los designios y caprichos de la ex presidenta. Los que antes engordaban de su mano ahora adelgazan y no pueden soltarse, porque no hay todavía de dónde agarrarse y tienen horror al vacío. Karma puro, dirán algunos. Otros, más prácticos, dirán que no habrá renovación posible en el peronismo mientras las caras de esa supuesta regeneración sean las mismas que nutrieron las filas de un gobierno autoritario y corrupto, de cuyas bocas, además, no cae la más mínima autocrítica por los abusos y barbaridades cometidos.

Lo que antes funcionaba -el reciclado cínico- ya no parece posible. Con el kirchnerismo, los herederos de Perón fueron demasiado lejos. La sociedad abrió los ojos y allí reside el cambio en la sensibilidad de la época que se vio reflejado en la elección del domingo. En este país se ha repetido hasta el cansancio que sólo el peronismo puede gobernar y que la gente vota con el bolsillo. Ya no será tan fácil escudar los temores y las mezquindades en estas presunciones. La mayoría de los votantes supieron ver más allá de las innegables urgencias del presente para alzar la vista al mediano y largo plazo, y eso representa un golpe severo contra el populismo, que ha sumido al país en la pobreza y la postergación en beneficio de una casta hasta ahora inconmovible.

Cambiemos supo catalizar este sentimiento a través de un grupo de dirigentes que apunta a rescatar valores como la honestidad, la tolerancia y el encuadre de la vida política en el marco de las instituciones y la ley. La opinión pública y la prensa no deberían exigirles resultados inmediatos a problemas de fondo que vienen de lejos, como a veces sucede. Pero sí deberían estar atentas y reaccionar apenas los vientos favorables se les suban a la cabeza y pierdan la perspectiva, si esto ocurriera. No sería raro, porque el ser humano se marea con el poder. Pero lo más importante es la responsabilidad que cualquier gobierno tiene cuando recibe el favor del electorado y se hace cargo de sus anhelos: definir y comunicar un plan estratégico en el que la sociedad pueda reconocerse y que vaya dando respuestas a las muchas asignaturas pendientes. Sólo así habremos aprovechado esta oportunidad.

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