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Un pueblo de encanto, el nido de los jihadistas que quedó en la mira

La localidad de Ripoll no sale del estupor por ser la cuna de varios de los atacantes de Barcelona

Domingo 20 de agosto de 2017
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LA NACION
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RIPOLL, España.- Poner un pie aquí es pisar el paraíso. Un valle verde desde el que se intuye la silueta de los Pirineos. Un pueblo con ruinas romanas y un espléndido monasterio románico como seña de identidad.

Pero, a pesar de todo ese encanto, este pueblo a sólo una hora de Barcelona y donde, según sus vecinos, "nunca pasa nada", es también cuna y epicentro del doble atentado jihadista que acaba de sufrir Cataluña. El que rompe un invicto de 13 años en la materia en este país.

De estas calles y de este mismo cielo salieron los asesinos más buscados de las últimas horas. Protagonistas, todos ellos, de un proceso de "radicalización exprés", el adoctrinamiento más difícil de detectar.

Nadie puede creerlo. "Yo estoy flipando, tía", dice Hamed, que atiende un puesto de kebab cerca del edificio donde vivían por lo menos tres de los 12 terroristas del comando. Los conoce bien.

"Eran casi unos críos a los que cualquiera hubiera tumbado de un golpe bien dado", afirma. Dice que dos de ellos solían llegar en bicicleta, luego de haber jugado al fútbol en un club cercano.

Ni él ni nadie en este pueblo -ahora tomado por la policía y la prensa internacional- se lo explica. ¿Cómo se puede pasar, de una vida en bicicleta a la planificación de un atentado con coche bomba para un blanco potencial de cientos de personas?

Por eso hay tantos Mossos de Esquadra. Están convencidos de que el hilo conductor del drama partió de una mezquita, ahora cerrada, que parece más bien un garaje. Queda en la calle Sant Antoni. Su fachada amarilla no está lejos del monasterio que nadie deja de visitar. O sea: un local a la vista de todos.

Allí llegó, hace unos meses, un imán nuevo: Albdelkabi Essati. Imposible dar con él; dicen que desapareció hace semanas. Es posible que no regrese. La policía sospecha que sería suyo el segundo cadáver encontrado en la casa de Alcanar, el chalet donde el comando acumulaba explosivos para su fallido ataque en cadena.

Ahora se sabe que Essatti era un salafista, una rama que reivindica un islam extremo y radical. Un punto de contacto con el fanatismo de los líderes de la descabezada Al-Qaeda. Él -dicen- sería el responsable del adoctrinamiento ultrarrápido y absoluto de los jóvenes asesinos.

Por arriba de la sorpresa, hay que tirar del hilo. Poco a poco, la comisaría del pueblo se convierte en destino de vecinos y familiares de los jihadistas. Sus casas son registradas y quedan detenidos. Muchos aún no salen del estupor.

Hay vecinos de Moussa y de Driss Oukabir, los dos hermanos que vivían en una planta baja en la calle Gaudí, muy cerca de allí. También de los hermanos Omar y Mohammed Hychami, vecinos de los anteriores.

"Mi marido no tiene nada que ver. ¡Déjenlo en paz!", dice la mujer de Salh el-Karib, el dueño del locutorio que frecuentaban los jihadistas. Viste chador negro, el velo típico de las mujeres chiitas. Está detenido y la gente pegó carteles con amenazas en su local.

La policía está sorprendida. A diferencia de localidades como Salt, Reus y Lérida, nunca el salafismo radical había hecho pie en esta zona. Ignora, también, cómo opera exactamente ese "adoctrinamiento exprés" que transforma a seres humanos en armas letales. Pero todos saben que es una metamorfosis mortal y difícil de detectar.

Un experto consultado por LA NACION define a esta radicalización como "el arte de convertir los problemas personales en un proyecto político basado en la violencia y la destrucción de lo que se oponga".

De todos los terroristas, a sólo uno, Moussa Okabir, se le conoce un mensaje extremista. "Si yo fuera rey por un día, mataría a todos los infieles y sólo dejaría que los musulmanes practicaran su religión", escribió en Internet.

Fue hace dos años. Por entonces, Moussa tenía 15. Absolutamente nadie, ningún vecino, lo tomó en serio. Hoy, este pueblo catalán enclavado en una geografía de encanto no puede creer la monstruosidad que albergó.

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