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Un aplauso para ADEPA

Lunes 21 de agosto de 2017

Nunca imaginé que alcanzarían mis días para una tarde como la del jueves en la asociación nacional de diarios, conocida como ADEPA. Para un viejo periodista fue una tarde única: era para hablar sobre el valor del diario de papel.

Venimos de décadas en que tipos que nunca dedicaron veinticuatro horas seguidas de sangre, sudor y lágrimas a una redacción han hecho el curioso milagro -bastante rentable, por cierto- de ganarse la vida dictando cátedra en todo el mundo sobre cómo aggiornar y mejorar los diarios mientras repartían estampitas impregnadas con óleos de extremaunción de la prensa gráfica.

En los diarios hemos sido duchos en enterrar a destiempo gente que gozaba de buena salud. Es por esas cosas del fragor del diario trajín, ¿vio? Pero al día siguiente nos rectificábamos compungidos, no como se le imputaba a un antiguo colega español de provincia, que después de haber despachado al otro mundo, anticipándose por días, a un agónico perseverante, comenzó la necrología definitiva con tan rotundas palabras: "Ayer, finalmente, murió?"-

No sólo los gurús del periodismo desde su alta cátedra de plástico, sino los propios diarios y casi todos sus elencos en alineación disciplinada han diagnosticado hasta el cansancio que la prensa impresa está irremediablemente muerta. Desde comienzos de siglo el pobre Arthur Sulzberger, publisher de The New York Times, y sus acólitos vienen diciendo que en cinco años más seguramente ya no publicarán el diario en papel. Siempre me pareció una tontería haberlo dicho, pero deberían seguir persistiendo en esa milonga de tanatólogos que ya es veinteañera. Al menos por cábala. Lo harían en beneficio de quienes un solo día en la vida han dejado de tomar como elixir de información y cultura ese ejemplar oloroso de tinta fresca, que sobrecoge la piel cuando se lo toma y desliza entre las manos. Fenómeno de sensualidad que agradecemos a la magia compartida con los diarios y los libros.

El viejo salón de actos de ADEPA en Chacabuco 314 se había reconvertido hace tiempo en ámbito especializado para la transmisión de todas las bondades, que son muchísimas, de las nuevas plataformas digitales, como las llaman los muchachos. Hete aquí que nadie esperaba que por una tarde el telón se correría para indagarnos de qué se ha estado hablando durante tantos años -más de veinte, en algunos casos notorios-, porque la revolución ha sido impresionante, es verdad, y a esta altura con miles de millones de internautas, pero los números "no dan" como se había pregonado que darían sólo por los cauces de esa revolución iniciada en los noventa, la mayor desde Gutenberg.

Me entremezclé esa tarde en ADEPA entre una multitud de editores estupefactos, con caídas impresionantes en la circulación de sus diarios, periódicos y revistas. Ya saben en carne propia, el colmo de los colmos, que las nuevas plataformas de la información, a las que han transferido los pocos recursos a salvo de las voraces redes fiscales, no acarrean ingresos publicitarios compensatorios de las pérdidas habidas. Y que es por dos intemperancias, aparte de nuestras propias cojeras. La primera, porque entre Google y Facebook pasan un rastrillo que deja pocas fichas en la mesa: incluso, nada menos, las de la publicidad oficial del Estado, que se patina así el dinero de los contribuyentes argentinos. La segunda, porque lo que queda del mercado publicitario para repartirse en el planeta digital entre los otros jugadores -diarios, radios, televisión- se halla tan segmentado que es ínfimo lo que pueden sumar los contables y auditores de las empresas de medios; es labor especializada de microcirujanos o entomólogos.

Cómo no iba a ser un espectáculo maravilloso el de esa tarde en ADEPA, en que un gentío aturdido se congregaba para escuchar las nuevas verdades que se abren paso en el mundo del periodismo. La principal: hay un porvenir por delante, discúlpese el oxímoron, en el que la rentabilidad que haga posible la continuidad del periodismo independiente dependerá, más que nunca, de lo que las audiencias estén dispuestas a pagar por el contenido periodístico de las publicaciones, sean en papel u online. Para eso hay que cobrar.

Desde luego, el periodismo de calidad es un periodismo caro. Y si Mariano José de Larra, Adolf Ochs, lord Beaverbrook o Juan Santos Valmaggia revivieran atronarían con la requisitoria de qué clase de novedad es aquélla. Es lo que tenemos, queridos maestros: ahora los gurús dicen a los periodistas que deben ser confiables, descartar las noticias falsas, escribir notas atractivas, colocarlas en el contexto debido, utilizar diseños atractivos, etcétera, etcétera, como si ustedes, y quienes los antecedieron, hubieran pregonado por siglos lo contrario o abandonado la escuela del oficio en primer grado. También tenemos ahora, queridos maestros, la "métrica", ese cálculo avaricioso que ustedes ignoraron y que trabaja, consumismo en puro estado de néctar, sobre el instante, el suspiro. Ni siquiera sobre el plazo breve, y mucho menos, olvídense, sobre el mediano y largo plazo. La performance de la métrica es, si nos descuidamos, como la de las encuestas casquivanas, a las que subordinan los políticos obsecuentes y ciudadanos mediocres cada uno de sus pasos, y así va el mundo. Olvídense, por igual, queridos maestros, de la inspiración y el norte de quien cree que debe cumplir con una rectoría social: lo que importa es qué quieren las audiencias. ¿Populismo periodístico? Eso es para otro capítulo, por fortuna subsisten diarios con ideario doctrinario. LA NACION es uno.

Sólo por una pulsión masoquista pudo el periodismo haber aceptado sin chistar el perseverante prenuncio de los gurús sobre la muerte de la prensa gráfica. Dos décadas después de la primera versión online de un diario, en California, el 92 por ciento de los ingresos mundiales de las empresas periodísticas provienen del diario de papel. Todos ignoramos hasta cuándo se prolongará esa situación, en medio de las pérdidas de circulación y de publicidad. Esta última ha caído del 70 al 29 por ciento en The New York Times en pocos años sobre el total de los ingresos; en su lugar, han subido muchísimo los ingresos por la suscripción al diario en sus dos versiones.

Nadie debería reprochar a las empresas periodísticas haber carecido de una estrategia exitosa de negocios. Sería como reclamarles en el futuro que produzcan ebitdas (rentabilidad antes de impuestos, amortizaciones y depreciaciones) de la magnitud del pasado, porque todo ha cambiado con la fuerza de una revolución histórica como no la ha habido otra. Le siguió el eco de un tiempo de prueba y error. Pero estamos volviendo al orden natural de las cosas. Se afirma de tal modo la tendencia mundial a reinstaurar la regla de oro de que todo trabajo debe ser remunerado. Así, más y más diarios se disponen a cobrar por sus contenidos online y se preparan para más esfuerzos por los que logren mantener en flotación sus ediciones en papel por el mayor tiempo posible: sin esa fuente de ingresos, hoy se desmoronaría todo, pues cesarían las transferencias para pagar por el montaje, el mantenimiento, el crecimiento y la maduración de los bebes y adolescentes de la industria, los del lenguaje digital.

Como dijo uno de los oradores en ADEPA, acaso al final sólo queden diarios boutique. O sea, los mejores entre los mejores, los de más alta calidad en su información, comentarios y entretenimientos para los públicos más exigentes y, por lo tanto, con circulación más acotada aún.

Hasta es posible que ese tráfico en el glorioso papel que ya formaba e informaba cuando nuestros tatarabuelos llegaron a este mundo sea más amplio de lo que una vez más comienza a concedérsele. No va a cambiar, con seguridad, de una generación a otra lo que un neurocientífico y psicólogo cognitivo de la fama mundial de Stalisnas Dehaene advierte sobre la condición humana. Que en la relación entre cerebro y lectura se perciben reacciones reflejas insuperables sobre la capacidad de retención y la capacidad para jerarquizar los distintos conocimientos que asimilamos.

El diario, la revista, los libros, son los espacios naturales para ahondar la reflexión. En los estudios sobre estrategias de lectura, se observa que los internautas son como los corredores de 50 o 100 metros, y los de los diarios, los maratonistas. Si esto es así, ¿cómo podría desentenderse un avisador inteligente del valor del tiempo dedicado a la lectura? Y más todavía en los fines de semana, en que la gente quiere desconectarse del trabajo y de verificar por enésima vez, ja, ja, si tiene batería suficiente o si a la conexión por wi-fi se la ha llevado el diablo.

¿Es pedir demasiado si pedimos un aplauso para ADEPA?.

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