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Ian McEwan: "La inteligencia es clave. Me gusta leer a alguien preparado para decir algo sobre el mundo"

Lunes 21 de agosto de 2017
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PARA LA NACION
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"Aquí me tenéis, boca abajo, dentro de una mujer." Cáscara de nuez (Anagrama), la nueva novela de Ian McEwan (Aldershot, Reino Unido, 1948), es una tragicomedia shakespeariana narrada por un feto tan curioso como aterrorizado ante el mundo que le espera. El autor de Amsterdam, Sábado y El inocente es uno de los novelistas vivos que más libros ha visto convertidos en película. Keira Nightley encarnó a la mujer histérica de Expiación, inspirada en la enfermedad que sufrió su madre, y Emma Thompson da vida ahora a la juez de La ley del menor, su penúltimo trabajo. La vida de McEwan aparece a fragmentos en sus novelas, aunque -con el descubrimiento de un hermano secreto 50 años después de que fuera dado en adopción durante la II Guerra Mundial- su realidad supera cualquier ficción. El escritor ofreció una charla en Barcelona durante el festival Kosmopolis. Después, atendió las preguntas más personales como si lo tuviera todo pensado. Parece más preocupado por lo que ocurre a su alrededor que por lo que gira en su interior.

Una mujer quiere matar a su marido. Embarazada de nueve meses, bebe hasta caerse. Un hombre quiere matar a su hermano. Hay adulterio y un niño que lo ve todo. Cáscara de nuez es tan políticamente incorrecta como Hamlet.

-¿Por qué decidió que una mujer matara a su marido si en la vida real son los maridos violentos los que mayormente asesinan a sus esposas?

-Bueno, comparten la culpa a partes iguales. Pero sí, los asesinatos a manos de hombres superan abrumadoramente los cometidos por mujeres. Es la naturaleza humana. De cada 100 asesinos, una es mujer. Ésa es la razón por la que cuando aparece una asesina se le presta atención. Nada gusta más a la prensa que una mujer malvada.

-¿Da a leer sus libros a lectores de confianza?

-A Timothy Garton Ash, porque es periodista, y no novelista, pero tiene un gran sentido literario. También tengo la suerte de estar casado con Annalena McAfee, que fue editora literaria de The Guardian.

-¿Se ha hecho demasiado importante para que sus amigos le digan la verdad?

-Me preocupan los editores. Alguien que puede ser tu hijo o que te estudió en la universidad no te dice que un libro no funciona, y un autor necesita un poco de escepticismo. Y de alguien valiente. Di un manuscrito a un amigo, un poeta muy conocido. Me dijo que era horrible. Me enfadé y no le hablé en dos años.

-¿Lo publicó?

-Sí. Era El placer del viajero. Evidentemente, yo no tenía razón.

-¿Cuán real tiene que ser lo narrado para interesar al lector?

-Me interesa mucho más la invención que la autobiografía. Me preguntan cuándo escribiré mis memorias, pero cómo hacerlo si no me interesan las de otros.

-¿Por eso Kafka es su autor favorito?

-Sí. Lo cotidiano transformado por un acto extraordinario de imaginación.

-¿Qué pide como lector?

-Busco autoridad. La inteligencia es clave. No solo la imaginación. Me gusta leer a alguien preparado para decir algo sobre el mundo.

-El feto narrador de Cáscara de nuez teme vivir en un bloque de viviendas. ¿Es la peor situación que puede imaginar?

-Un hogar caótico: drogas, tabaco, televisión sin fin y falta de cultura...Cuando uno cae en ese caos, las drogas aparecen. Para mi generación eran un símbolo de liberación, atraparon a la pobreza. Para un rico, las drogas pueden ser un lujo. Para los pobres son siempre un pozo.

-¿Se sintió querido de niño?

-Sí. Mi padre era un hombre feroz, muy dominante, pero también brutalmente amoroso. Aunque el amor no es siempre una virtud, puede ser una herramienta muy controladora. Nunca estuve de acuerdo con la canción de los Beatles "All You Need Is Love". También necesitas inteligencia. Amor inteligente.

-Su padre era militar y usted pasó su primera década entre África y Asia. ¿Le marcó más el exotismo de su infancia o su adolescencia en un internado inglés?

-Cuando llegué a Suffolk con 11 años y con mis padres a 15.000 kilómetros de distancia me convertí en un niño silencioso. Pero ser introvertido y tímido me salvó. Cuando tenía 15 me di cuenta de que estaba en uno de los sitios más bonitos de la tierra. Aquel edificio palladiano junto a un río rodeado de bosques me parecía el cielo. Empecé a leer poesía, a abrir los ojos, a escuchar música y tener amigos maravillosos.

-¿Ha sido buen padre?

-Estaba siempre en casa y he disfrutado de mis hijos.

-¿Por eso se quedaron con usted cuando se divorció?

-No hablo de esa etapa, pero mis hijos han aportado una riqueza fantástica a mi vida. Como tantos hombres, no tenía la ambición de tenerlos. En cambio, mi ex esposa lo tenía muy claro. Sin su insistencia me hubiera quedado sin algo extraordinario.

-¿Cuál es la gran novela sobre la paternidad?

-No sabría decirlo. No todos queremos matar al padre. Creo que Freud se equivocó. En todo.

-¿Comprendió a sus padres?

-Cuesta imaginar la existencia de tus progenitores antes de que tú llegaras. El contexto social decide. Si creciste en los 50, tus padres no te hablaban, te daban órdenes. Te querían, pero no te hablan de Dios ni de biología. En los 60 se relajaron las relaciones humanas entre adultos y niños. No recuerdo ninguna conversación trascendente con mis padres hasta que tuve 20 o 30 años y les hice algunas preguntas. Yo voy de vacaciones con mis hijos, pero cuando tenía 17 lo único que quería era irme de casa.

-¿Sus hijos no pasaron por eso?

-Poco. Se complicó todo con el divorcio, pero bueno, la paternidad es un campo no explorado. A pesar de muchos esfuerzos y problemas, la mayoría de la gente considera tener hijos como una de las experiencias centrales de su vida. Y eso no está reflejado en la literatura. Hablé sobre orgullo paterno en Sábado. Y habiendo escrito sobre violencia, muerte, disfunción sexual y cualquier miseria humana concebible, cuando decidí contar algo feliz, los críticos se enfurecieron.

-¿Por eso sus libros tienen tantos crímenes y finales infelices?

-Para tener contentos a los críticos, sí [risas]. En Sábado describí a un hombre que se despierta y le hace el amor a su mujer. Eso los hizo saltar. La gente te plantea cómo te atreves a ser feliz tal y como está el mundo. Y, claro, es una buena pregunta.

-¿Es más fácil hablar de sexo que de amor?

-Es más fácil hablar de amor. El amor existe a lo largo del tiempo y una novela puede reflejar ese tiempo. Escribir de sexo es difícil. En Cáscara de nuez he tratado de encontrar una perspectiva nueva.Cómicamente nueva: el interior del útero. Hay desesperación y hastío sexual en 48 horas. He tratado de hacer un personaje masculino con la terrible combinación de banalidad y poder sexual. Lo peor es tropezarse con alguien que ejerce poder sexual sobre ti y es completamente estúpido. Nos pasa a todos.

-En sus novelas hay crímenes, sexo y mucho adulterio.

-Supongo. Nunca he sido adúltero, debo decir.

-El adulterio de su madre fue clave en su vida.

-Mis padres guardaban un secreto: mi madre había tenido un hijo con mi padre estando casada con otro hombre y lo había dado en adopción. Ese secreto la atormentó toda su vida. Mi madre vivió bajo una nube de tristeza y culpa. La gran tragedia, casi shakespeariana, es que cuando mi hermano secreto apareció la mente de mi madre ya no estaba allí. Tenía demencia senil. Lo más triste es que la había perdonado.

-¿Cómo los encontró su hermano?

-Cumplió 60 años y decidió buscar a su familia. El primer marido de mi madre era militar, como mi padre. En 1941, cuando nació mi hermano, ese marido estaba fuera, combatiendo. Fue mi padre quien decidió que mi madre lo diera en adopción.

-¿La muerte de su padre fue liberadora?

-En 1989 sufrió un ataque al corazón y pensé que debía preguntarle por su vida y grabarlo. Llevábamos tres horas charlando y bebiendo -era un gran bebedor- cuando al preguntarle cómo había conocido a mi madre perdió los estribos: "¿Cómo te atreves a preguntarme algo así? Apaga esa puñetera grabadora". Supe que había tocado nervio: no había conocido a mi madre en 1946. Lo hizo en 1941. Tuvieron un bebé y eso se convirtió en su secreto.

-Pero usted no lo supo entonces.

-No. Creí que había bebido demasiado. Mi madre corroboró la mentira por lealtad a mi padre.

-¿Y la lealtad hacia usted?

-Mi madre tenía dos hijos de su anterior marido. Siempre me mantuvieron alejado de ellos. Luego lo entendí. Uno reescribe su pasado cuando va teniendo información.

Bio

Profesión: escritor

Edad: 69 años

Uno de los novelistas más rutilantes de la literatura inglesa de la actualidad, es autor de Amor perdurable, Amsterdam y Sábado, entre otras.

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