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Nicola Schiess: "No asumiría esta locura si no fuera con magia, ése es el camino correcto"

Lunes 21 de agosto de 2017
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LA NACION
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Hay un rasgo común en las conversaciones que se pueden mantener con la gente que trabaja, que visita, que vive alrededor del Teatro del Lago de Frutillar, en el sur de Chile. Todos hablan de una cierta "locura". Y puede ser que con ello se refieran al hecho de que un edificio moderno, absolutamente emparentado con el paisaje y la cadena de volcanes que lo custodia, se levante literalmente sobre las aguas del Llanquihue. También aluden a esa excepcional atracción que ejerce en superestrellas, de la talla de Yo-Yo Ma, Alessandra Ferri o Diana Damrau, que llegan sin más excusas hasta este escenario austral y recóndito. O tal vez quieran decir que lo más disparatado de todo este asunto es que alguien esté dispuesto a destinar varios millones al año para sostener un proyecto que late a través de su función educativa.

Foto: María José Catalán

Chilena, hija de alemanes, formada en el mundo -que no deja de recorrer con curiosidad y ansiosa búsqueda nutritiva-, Nicola Schiess tiene la respuesta. Habla tan rápido que, más allá de su acento, cuesta seguirle el tren. Sin embargo, se toma largas pausas antes de responder. En su país la ven como a una líder -la han llamado "mujer impacta", lo que literalmente es justo- y sorprende con reflexiones inesperadas para el universo de las empresas.

-Con respeto, la "locura" de la que hablan es suya.

-[Se ríe]. Sí, es cierto, pero también hay varios involucrados. Lo bueno es que la llaman "locura maravillosa". No asumiría sólo la "locura"; al sumarle la magia entonces estás en el camino correcto. Sin duda esto fue una visión de mi padre, pero también tiene una historia cultural y musical que tenía ya Frutillar como ciudad. Imaginate que hay un coro de hombres que existe hace cien años en esta comuna. Hay una razón de ser musical en este lugar que le da fundamento.

-¿Dónde nació?

-En Santiago, pero mis padres son alemanes y después del colegio viví quice años en Europa. Fui a la universidad en Cape Town, estudié musicología en París, trabajé para la Filarmónica de Viena. Y también me formé en la Argentina: en la Universidad de Cuyo estudié interpretación de música latinoamericana del siglo XX.

-¿Cuándo volvió a Chile?

-Cuando se quemó el hotel Frutillar que estaba aquí mismo, en 1998 mi padre puso la primera piedra del teatro y medio año después falleció. Entonces dejé la Filarmónica y me vine. Armé una agencia de conciertos y me metí en la empresa familiar. Mi padre siempre soñaba con devolverle a este Chile increíble mucho de lo que le había dado. Creía que no bastaba con venir a visitar la naturaleza sino que debíamos tener encuentros. Encuentros culturales. Soñaba con los festivales: íbamos mucho al de Salzburgo, a la Shubertiada en Viena. Y cuando conoció la semana musical que se hace tradicionalmente aquí vio la necesidad de levantar un teatro. Él siempre tuvo unas visiones muy aventureras.

-Era economista.

-La mayoría lo conoce por eso, pero imaginate que cuando yo tenía 11 años cruzaba la cordillera de Los Andes en mula; y a los 12 jugaba al metegol con los marineros en nuestro viaje a la Antártida. Probablemente no haya visualizado él un proyecto de tanta magnitud, y no hablo de la infraestructura sino del contenido y el potencial que está saliendo de aquí; de los impactos de la misión que tiene el teatro. La conexión entre las estrellas mundiales que vienen a entregarse de verdad y un trabajo social local, eso es potente. Luego está el impacto económico, que es de entre 20 y 25 millones de dólares al año; es decir: ya que existe el teatro, hay una cantidad de gente que viaja, que se aloja, que viene a vivir acá, que se involucra en la zona.

-Usted habla de una "mirada generosa" del teatro, que no busca llenar la sala sino "generar momentos inspiradores". ¿Ese foco no atenta contra la sustentabilidad financiera?

-Creo que no, que atrae. Como el proyecto no es comercial, es sin fines de lucro, llama a participar. Es mucho más comunitario, pensando en todos, para todos y con todos.

-Sin embargo, no se autofinancia; hay una tarea filantrópica.

-Sí, gigante. Manejamos un presupuesto de 5 millones de dólares actualmente y el 40 por ciento son ingresos propios. Lo bello, lo inspirador, es que a los tres años una niña de la escuela de ballet debuta en El Cascanueces o que viene un escenógrafo de afuera y trabaja con nuestros tramoyistas, que son los bomberos de Frutillar.

-Cree que le llevará diez años la sustentabilidad. ¿Y luego?

-Hay que ir más allá, a ser parte de un formato nuevo para solucionar los desafíos del mundo, con una conciencia más amplia. El tema clave es la integración con otra cultura que viene. Hoy hay más personas "desalojadas" que en ningún otro momento, y vamos a tener que ver cómo incorporarnos con la gente nueva, el espacio nuevo, la cultura nueva. Nuestro trabajo es clave, porque lo hacemos desde la experiencia de las artes sin preguntarnos de dónde viene el que participa.

Bio

Profesión: filántropa

Edad: 51 años

Se formó en Empresas en Ciudad del Cabo y su educación musical la tuvo en La Sorbonne. Es presidenta de la Fundación Teatro del Lago, miembro de un holding familiar que incluye negocios inmobiliarios, hoteles, inversiones y energías renovables.

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