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Canto al lazo amoroso

Martes 22 de agosto de 2017

A veces las redes son una peste. Pero en ocasiones -por suerte, muy habitualmente- son terreno de maravilla. Eso pensé hace minutos, al terminar de ver The seasons in Quincy: Four portraits of John Berger, documental de cuya existencia nada sabía hasta que, días atrás, un colega lo mencionó en Facebook.

Filmada hace un año, la película es parte de ese milagro que sólo el cine se puede permitir: en ella el escritor británico fallecido en enero pasado habla, se ríe, camina los senderos del bellísimo pueblo de los Alpes franceses donde decidió instalarse décadas atrás. Para quienes aprendimos a respetarlo por sus textos, The seasons in Quincy es la oportunidad de verlo y escucharlo tal como era poco tiempo antes de su muerte. Un hombre de unos increíbles noventa años, con la belleza intacta, el gesto vigoroso, la voz templada de quien vivió, escribió, pintó y amó a conciencia.

Sobre todo, amar. El film, propuesto como un homenaje a la figura del autor de Un pintor de hoy, termina siendo un canto al lazo amoroso. No sólo por las referencias a Beverly, la mujer de Berger, fallecida en 2013 (y a quien dedicó uno de sus últimos trabajos, Rondó para Beverly); The seasons in Quincy es un documental hecho por amigos, en el que lo que priman son las charlas, el encuentro, las mesas tendidas y listas para compartir, los obsequios sencillos, el tiempo para detenerse en una mirada, una foto, los trazos de un retrato.

"En los niños está la continuidad", dice Berger. Y la frase resuena en la imagen en que su hijo Yves sube a una moto junto a uno de sus nietos. O en la escena en que el mismo John le explica a la maravillada y adolescente hija de Tilda Swinton (la actriz es una de las impulsoras del documental) los secretos del manejo de una moto y ahí nomás se ponen los cascos los dos, el nonagenario y la veinteañera, y a reírse y a rumbear por los Alpes, que la vida es una sola.

Cada uno sabe por qué secretos y muy personales vericuetos se cuelan los autores favoritos. En mi caso, el primer texto que leí de Berger no fue ninguna de sus grandes novelas; ni siquiera el clásico Modos de ver. Lo descubrí en un artículo periodístico, una traducción publicada por el diario El País en la que Berger ahondaba en su faceta de crítico de arte. Y, aunque olvidé por completo la obra que analizaba en el artículo, recuerdo la anécdota con la que lo iniciaba: una referencia, como al pasar, a un viaje en moto que había hecho con su hija. Y, aún más como al pasar, la reflexión de que quien maneja una moto -tanto como el que pilotea un avión o dirige un micro- es, durante el tiempo que dure el trayecto, responsable por la vida de aquel que, sentado tras él, se deja llevar. En esa observación tangencial -apenas una línea de texto- descubrí la hondura de quien firmaba aquella nota; su extraña intensidad, el modo en absoluto solemne en que asumía esa carga, la de estar en el mundo, trabar lazos -filiales, políticos, sentimentales, amistosos- y hacerse responsable por ellos.

Ese hombre tierno y enorme sigue vivo ahí, en la pantalla. Come torta de manzana y charla con la Swinton, habla del oficio de escribir, de la pintura, de política.

"Es en el infierno donde la solidaridad es importante, no en el cielo", asegura, esperanzado pero no optimista; inclaudicable pero sonriente. Lo escucho, sobre todo lo miro. Como si estuviera acá, en el living de casa. Sus manos amplias, gruesas: manos de pintor. También manos de alguien habituado a tomar una azada, una pala, trabajar la tierra, lidiar con la aspereza de la vida en el campo.

Lo miro escuchar a los otros: el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante; el rostro atento. Escribir es escuchar, dice. "Si escuchas, las historias vienen a ti todo el tiempo", insiste. Y propone buscar una palabra menos rígida, más poética: "Quizás hoy la verdad deba ser transmitida a través de canciones".

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