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Una guerra que se alarga y no tiene un final claro a la vista

Miércoles 23 de agosto de 2017
Reuters
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Foto: Reuters / Jonathan Ernst

WASHINGTON.- Si bien anteayer el presidente norteamericano, Donald Trump, dejó abierta la puerta para el envío de refuerzos a Afganistán, dio pocos detalles de cómo espera que un aumento de las tropas pueda acelerar el fin de la guerra más larga que haya librado Estados Unidos.

"No hay soluciones rápidas para este problema", dice Bill Roggio, experto en insurgencia de la Fundación para la Defensa de las Democracias. "Por el momento, el panorama seguirá siendo igual de sombrío."

Trump dijo que "ampliaría las atribuciones" de los generales para atacar redes de combatientes que "siembran la violencia y el caos en todo Afganistán".

Según funcionarios, eso allana el camino para aumentar los actuales 8400 efectivos presentes en Afganistán y amplía los márgenes de maniobra, como parte de un plan para terminar con un conflicto militar que se inició en 2001.

El reconocimiento de Trump de que el despliegue de fuerzas militares tiene un final abierto contrasta con las expectativas de su base electoral, que esperaba que el nuevo presidente sacara a Estados Unidos de una guerra que ya lleva un costo estimado de 700.000 millones de dólares y que se ha cobrado la vida de más de 2400 efectivos norteamericanos. Peor Trump, que hizo campaña durante años contra la guerra, ahora se encuentra entre la espada y la pared.

El avance talibán amenaza con repetir lo ocurrido en 1996, cuando las milicias islamistas tomaron el poder y le proporcionaron a Al-Qaeda un santuario desde donde planear los atentados del 11 de Septiembre contra Washington y Nueva York. Para colmo, el gobierno afgano está sumido en divisiones étnicas y políticas y en la corrupción, y controla menos del 60% del país, circunstancias similares a las que allanaron el camino para la toma del poder de 1996 por parte de los talibanes.

"La alternativa es perder o no perder, porque lo cierto es que ganar ya es imposible", dice James Dobbins, ex representante especial de Estados Unidos en Paquistán y Afganistán durante la presidencia de Obama y que actualmente es miembro de la RAND Corporation.

"Trump puede perder rápido si se retira, o puede perder lentamente si se demora", dice Dobbins, y agrega que el actual presidente "podría no perder" si incrementa levemente el despliegue de fuerzas.

El objetivo evidente de la estrategia de Trump es ayudar a las fuerzas de seguridad afganas a revertir el avance talibán y generar un punto muerto militar que finalmente obligaría a los líderes rebeldes a aceptar una solución diplomática para el conflicto.

Pero Trump señaló que la diplomacia iría detrás del operativo militar, y dijo que "algún día, después de una efectiva campaña militar, tal vez sea posible llegar a un acuerdo político que incluya elementos talibanes".

Enviar más tropas norteamericanas "podría hacerle ganar tiempo al gobierno afgano para ganar mayor legitimidad y apoyo de sus ciudadanos, lo que les permitiría negociar el fin del conflicto", dice Scott Worden, experto del Instituto para la Paz. Pero Worden dice que solamente con más tropas "no alcanza para derrotar al talibán", y agrega: "Al componente militar de la estrategia debe sumársele un énfasis equivalente, por no decir mayor, en el manejo de la política en Afganistán y de la política en la región en general".

Obama intentó y fracasó con un enfoque básicamente similar. Lideró un esfuerzo aún más grande, que en determinado momento involucró a más de 100.000 soldados, un poder de fuego aéreo considerable, cientos de drones de la CIA que atacaban los santuarios extremistas en Paquistán y miles de millones de dólares en programas civiles.

Obama también invirtió mucha energía diplomática para ponerle fin a la guerra, y designó a un enviado especial para coordinar las negociaciones. Pero Trump eliminó ese cargo. Obama liberó a cinco talibanes recluidos en Guantánamo y permitió que los rebeldes abrieran una oficina en Doha. Los talibanes liberaron al soldado norteamericano Bowe Bergdahl, pero se negó a sentarse a negociar.

El otro frente, en tanto, es Paquistán. Hace mucho que los funcionarios norteamericanos acusan a Paquistán de no perseguir a los máximos líderes talibanes y a su red aliada Haqqani, y de tampoco terminar con los refugios y con el apoyo que reciben los extremistas de algunos elementos del ejército paquistaní y de sus agencias de inteligencia, todas acusaciones que el gobierno de Islamabad siempre ha rechazado.

Traducción de Jaime Arrambide

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