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Marianela Núñez: "Todo lo que la danza me da, lo quiero devolver"

Foto: Eugenio Mazzinghi
Domingo 27 de agosto de 2017
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PARA LA NACION
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Hasta que empieza la música, nadie está preparado. Solo ella. La bailarina entra en escena desde la derecha. De pronto, salta y flota en el aire dibujando una línea horizontal al suelo. Es un perfecto grand jeté. Con una sonrisa de puro placer, una de las mejores bailarinas del mundo se adueña del espacio. Y del tiempo. Detenida en el vuelo, con las piernas y las puntas de los pies extendidas.

"¿Nadie la filmó?", pregunta eufórico el primer bailarín del Colón Alejandro Parente. Diez minutos antes, Marianela Núñez, su novia, jugaba con el lienzo rojo que utilizará en la coreografía. Él la envuelve con la tela y sólo deja al descubierto sus enormes ojos verdes. Son las ocho de la noche de un jueves húmedo y frío. Afuera, los turistas pasean por la calle Florida cargados de bolsas y los vendedores ambulantes empiezan a levantar la mercadería. En la Fundación Julio Bocca siete personas adoptan la actitud de los que esperan. Algunos se distraen con los celulares, otros comentan un documental y un fotógrafo recuerda sus épocas de bailarín. Todos ajenos a lo que está por suceder entre las paredes espejadas y sobre el piso de goma de la sala Gloria Kazda.

En cámara lenta. Siempre baila en cámara lenta. A su lado, Parente la mira y piensa en el carisma que desprenden las grandes estrellas. Siente lo mismo de siempre: una atracción inmediata. Hasta el fotógrafo especializado en danza y acostumbrado a las piruetas de tantos bailarines queda absorto. "Eso es un temps de flèche. Ella lo hace parecer fácil, pero es dificilísimo", murmura desde el rincón elegido para capturar esos microsegundos de vuelo. El lienzo rojo flota junto a ella en el aire y luego tiembla en el piso, como la birome de esta cronista que no alcanza a describir lo que ve. Las virtudes de la primera bailarina no se reducen al dominio de una técnica brillante. Su arma más poderosa es la naturalidad. Esos giros y posturas brotan de sus músculos como una segunda naturaleza. En cada gesto hay emoción; en cada movimiento, humanidad. Cuando expresa alegría, dolor, sorpresa o locura no hay manera de no sentir, de no involucrarse en el universo de su personaje.

Foto: Eugenio Mazzinghi

Cuando termina la música, Núñez se desploma. Apoya las manos en sus rodillas y boquea como un pez fuera del agua hasta recuperar el aliento. Es la imagen de una bailarina quebrada por el cansancio. Algo que solo puede verse en la intimidad de los ensayos. "Me entusiasmo mucho con ese paso ¿no?", dice enumerando una lista de errores, como "me arqueo mucho" o "me levanto brusco", a los que nadie presta demasiada atención. Núñez tiene su propia idea de la perfección y es una que siempre va corriendo un poco más allá. "Uno nunca la tiene clara. A partir de que encontrás cierta claridad, querés otra. Nunca termina", advierte. Incansable, tremendamente autoexigente y humilde: así la describen los que la rodean. Dicen que para ella es lo mismo ensayar para una gala solidaria en el partido de San Martín que para el Royal de Londres o el American Ballet Theatre de Nueva York. "No vas a tener ningún problema con esta chica. Es la más buena que pisó el teatro Colón", dijo algún tiempo atrás un director de escenario sobre ella.

"Lo bueno es que podés pedirle lo que quieras", la festeja Parente, después de sugerirle varios pasos para incluir en la coreografía. Núñez cumple y los ejecuta uno a uno, siguiendo el dictado en puntas de pie. El esfuerzo queda a la vista cuando la bailarina se descalza. En primer plano, los pies fatigados con islas de ampollas, manchas rojas sobre la piel blanca y cintas adhesivas sobre los dedos. Es su herramienta de trabajo más valiosa y la que más sufre. De ahí nace todo: se para sobre el dolor y lo convierte en algo bello, simétrico y espiritual.

En esta danza de precisión milimétrica, en la que hasta una zapatilla de punta puede arruinar un espectáculo, cada detalle es un mundo. Tres décadas atrás, en el garage de una vecina que vivía a pocas cuadras de su casa en San Martín, Núñez descubría este refinado universo. Entre muebles olvidados y herramientas oxidadas, puso por primera vez sus manos en la barra. La vecina se llamaba Inés y le enseñó cómo dominar la rigidez del movimiento; le enseñó a bailar. Tenía tres años y estuvo conforme durante un tiempo, pero después quiso enfocarse en la danza clásica. De ahí pasó a la escuela de Adriana Stork, que enseguida vio sus condiciones. Era un diamante en bruto. Al poco tiempo ingresó al Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. Cuando cumplió catorce años, Maximiliano Guerra apreció estas mismas cualidades y la llevó de gira por el mundo y luego le dijo lo que ella siempre había querido escuchar: "Con este talento podés audicionar para una carrera internacional". Así el diamante, por entonces más pulido, comenzó a soñar con brillar afuera. El Royal Ballet de Londres era la meca. Tenía una pila de VHS en su cuarto y sus bailarinas preferidas eran de esa compañía. Acababa de cumplir quince años y su papá le dio a elegir: la fiesta o la audición. Nunca se arrepintió de haber optado por la segunda.

Foto: Eugenio Mazzinghi

Este año se cumplen dos décadas desde que hizo del Royal Ballet de Londres su hogar. Núñez vivió la mayor parte de su vida en la capital inglesa. "It's my home", dice en inglés. Sus respuestas son tan exactas y claras como sus movimientos sobre el escenario. "Mido un metro sesenta y ocho y medio", precisa la bailarina que hace quince años lleva la corona de la prestigiosa compañía. "Todavía me emociono. Estoy viviendo exactamente lo que había soñado". Muchas veces, antes de salir al escenario del Royal Opera House, escucha música argentina para recordar de dónde viene y adónde llegó. En las listas de canciones que guarda en su celular, Charly García y Mercedes Sosa comparten pantalla junto a los ingleses Ed Sheeran y Jamie Lawson.

¿Cuándo decidiste que querías ser bailarina?

Desde los tres años me lo tomaba con seriedad. No era un juego. Por eso, le dije a mi mamá, dos años después, que no quería hacer un poquito de cada cosa: quería concentrarme en la danza clásica. No podría explicar por qué me enamoré de la danza. Siempre tuve la idea de no querer ser una más del grupo. Quería ser the best, llegar al top.

En su camarín siempre tiene un libro a mano. Una vez, la legendaria bailarina italiana Alessandra Ferri vio que estaba leyendo Free Play, de Stephen Nachmanovitch, y la felicitó. En la lectura, Núñez encuentra algunas respuestas. Por ejemplo, a la pregunta que siempre le hacen y nunca puede responder: ¿cómo pasó todo esto? "Acabo de terminar un libro que me abrió la cabeza: El código del alma, del psicólogo James Hillman. Ahí cuenta que cada persona nace con una llamada. Y así fue para mí. Nací con esa llamada a bailar, pero tuve suerte. Mi mamá me escuchó y me vio. Era realmente lo que amaba y ellos me dieron el lugar. Claro que en otros casos puede haber obstáculos. En mi caso, tuve suerte y estructura. Me fueron guiando".

Foto: Eugenio Mazzinghi

Tenías 15 años cuando te fuiste a vivir a Londres lejos de tu familia. ¿Cómo fueron esos primeros meses?

Me mataba no poder expresarme. No hablaba inglés. La distancia se sentía mucho al principio. Era septiembre de 1997. No había FaceTime ni WhatsApp. Yo pensaba que había sufrido mucho y, ahora que soy más grande, pienso en mis papás. Ellos dejaron ir a una hija. A los 15 años me dieron esa confianza. Venía de una vida familiar a full, hasta con abuelos viviendo en casa. De eso pasé a tener que cocinarme sola, a abrir una cuenta en el banco. Me hizo crecer mucho. De repente, corté el cordón umbilical.

¿Estás enamorada de la cultura inglesa?

La adoro. Adoro el respeto, la educación y la ética que tienen, lo organizados que son. Los miro en el día a día y son sirs (caballeros). Hay reglas y las respetan. Lo veo en la compañía, en cómo respetan el pasado, viven el presente y se enfocan en el futuro. Siguen evolucionando, pero tienen mucho orgullo por su historia.

En el documental Ballerina, de Natalia Makarova, dicen que "una bailarina se encuentra en contacto con lo divino. Es alguien que vive en otro planeta" ¿Estás de acuerdo?

Amo a Natalia Makarova. La danza es mágica. Cuando la persona está bailando y es feliz, se conecta con otra fuerza. Hasta lo ves en los chicos cuando bailan. La danza te lleva a otro lugar.

¿Con los años fue cambiando tu concepción de lo que significa ser bailarina?

Totalmente. En cuanto a la profundidad y la conexión que vas encontrando. Una la va apreciando cada vez más. Siempre estuvo en mí la necesidad de bailar, pero se fue intensificando. Ser primera bailarina en una supercompañía de ballet no es sólo hacer los papeles protagónicos. Es toda una responsabilidad: hay que dar el ejemplo a las nuevas generaciones. Me pongo más nerviosa ahora antes de salir a bailar, que cuando era chica. Todo lo que la danza me da, lo quiero devolver.

¿Qué opinás de la frase: "si un bailarín al despertar no siente dolor, probablemente esté muerto"?

(Risas) Es verdad. El dolor forma parte de mi vida. Estamos constantemente con algo. Pero es parte de llevar el cuerpo siempre al límite. No lo digo como algo dramático. En la compañía tenemos una miniclínica dentro del teatro: tres fisioterapeutas, un doctor, tres masajistas, una psicóloga deportiva, tres personal trainers. Al tener esta rutina, prevenís lesiones. Por eso, no tenemos gente lesionada por debilidades. Sólo por accidentes y eso le puede pasar a cualquiera.

¿Cuál es tu umbral del dolor?

Los bailarines aguantamos mucho dolor. Es algo con lo que vivimos. Hoy me duele la espalda, la cadera, pero tengo una serie de ejercicios que hago para mantener el dolor a raya. Uno se acostumbra. En 2013 me desgarré un músculo de la cadera y tenía una obra que estrenaba en veinte días. Había esperado toda mi vida para bailar Oneguin. Cuando me desgarré, directamente gateaba en el piso. No podía caminar, ponerme los pantalones. Me dolía al estornudar. Imaginate. Pero me quedé diez días en mi casa haciendo ejercicios con los pies. Obviamente, sin mover esa parte. El médico me decía que estaba loca. En diez días me rehabilité y pude ensayar. Llegué a concretar mi sueño. Ahora, el dolor que sentí, lo que uno aguanta, fue una locura. Es increíble lo que puede hacer la adrenalina. Después pagás los platos rotos. La adrenalina es algo que voy a extrañar mucho cuando tenga que parar de bailar.

Foto: Eugenio Mazzinghi

¿Qué siente una bailarina al no poder bailar?

Te morís. Perdés tu identidad. Por suerte, nunca tuve lesiones tan graves que me dejaran afuera. Es lo peor que te puede pasar. Tenés miedo porque no sabés cómo vas a volver. Pero uno vuelve más fuerte después de las lesiones.

¿Es así o sirve de consuelo para el bailarín lesionado?

No, no, te juro. Es así. Porque tenés tiempo para replantearte ciertas cosas. Empezás a entender las dinámicas del cuerpo. Te volvés más humilde; entendés que no sos Superman. Hay que cuidar al cuerpo. En 2009 tuve un dolor muy fuerte en el pie y no me podían encontrar el problema. Lo máximo que paré fue un mes. Cuando hay que parar, hay que parar. Mirá, no quiero ni hablar del tema. (risas)

Una de las secuencias más arduas en ballet es la del tercer acto de El lago de los cisnes. Cuando Odile, el cisne negro, debe ejecutar los 32 fouettés continuos (giros dados sobre una pierna en puntas de pie impulsándose con la otra). Según un crítico de la revista inglesa The Spectator: "Su acercamiento a una de las partes más difíciles del repertorio del siglo XIX es ejemplar, y no tengo duda de que su interpretación incandescente y técnicamente perfecta está destinada a pasar a la historia".

¿Cómo te preparaste?

Es definitivamente el ballet más difícil. Es como escalar el Everest. Uno nunca puede hacerlo como quiere. Siempre querés más. La primera vez fue en 2005. La directora Monica Mason me preparó durante seis meses. Todo el mundo sabía que no iba tener inconveniente con la técnica del cisne negro, pero yo como personaje me siento más cerca del cisne blanco, de Odette. Pasan los años y uno va cambiando. Y de repente te salen alas como en la película (risas).

¿El cisne negro o Billy Elliot?

Billy Elliot. El cisne negro me dio fobia. Hay gente que es fanática del director Darren Aronofsky. La vieron desde el ángulo de lo que él quiso hacer. Pero yo no me pude enfocar en eso. Lo que sí hizo fue poner al ballet en una plataforma más visible. La gente se volvió loca. Llamaban al Opera House para preguntar cuándo Natalie Portman iba a bailar El lago de los cisnes. En cambio, Billy Elliot me encantó, me lloré todo.

¿Qué fue lo que más te costó en estos veinte años?

Al principio de mi carrera quedé encasillada. Me daban cierto tipo de papeles más fuertes en lo técnico. Me asustó. No sabía cómo cruzar esa barrera. Pero yo sabía que toda la parte más lírica y más romántica estaba ahí. Tuve que laburar mucho para ir demostrando despacito mi faceta artística. Una vez que me dieron la oportunidad, ahí vinieron todos los roles. También me costó mucho la parte física al entrar en una compañía tan jovencita. Tenía 16 años. Pasé toda mi adolescencia arriba de un escenario. Con todos sus cambios frente al público. Me costó lograr el cuerpo que tengo ahora.

¿Cómo hiciste?

Gracias a Dios lo pude hacer de manera consciente y asesorada. Fui a la clínica del doctor Alberto Cormillot y me atendió una nutricionista del equipo. Me explicaron eso de comer cada tres horas algo chiquito. Empecé a entender todo. Además de la parte alimenticia, también tuve que trabajar el cuerpo con pilates. Me respetaron mis cambios y en ningún momento sentí presión. Era mi iniciativa. Y lo logré, pero no fue fácil. Lograr que se vea la fibra muscular, por ejemplo. Es algo que yo quería tener estéticamente.

¿Alguna vez dudaste y pensaste en abandonar?

Justamente en los peores momentos de mi vida, en los difíciles, siempre me aferré al ballet. La danza me fortalece, me da seguridad. Pase lo que pase, vuelvo.

¿Te consuela?

Sí, es increíble. Pasé por momentos de crisis personales, con la cabeza pum, pum, pum, maquinando. Ahí voy a un estudio de danza y me puedo olvidar de todo. Bajo diez cambios. Es increíble. Puedo respirar. Soy yo.

¿Te gustaría enseñar?

Ahora me empezó a picar el bichito. Antes decía que no. Me gustaría dirigir una compañía. Estudiar y prepararme bien para hacerlo. Lo primero que enseñaría es que se pregunten: ¿es realmente lo que quieren hacer? Porque hay que entregarse. Al mismo tiempo, hay que disfrutarlo. Así lo viví yo. Estoy entregada a lo que hago.

Marianela camina cargando bolsas por las calles del barrio donde nació hace 35 años. Una bolsa en cada mano. Y en la espalda, una mochila a punto de reventar. Ropa para el ensayo y para después, varios pares de zapatillas de punta, gorro de lana, bufanda, campera y cuadraditos de avena para picotear. El día será largo. Lleva los bártulos como si fueran accesorios de lujo. "La clave es repartirlos bien", enseña antes de cruzar la calle. "Ella combina la levedad y el peso de manera fascinante", dijo alguna vez sobre su destreza el crítico de The New York Times Alastair Macaulay.

Un día después, en otro rincón del conurbano bonaerense, ella visita una escuela de danza en construcción. A las tres de la tarde, baja del auto y camina como un pato, con las puntas de sus pies giradas hacia fuera. En primera posición, como le enseñaron de chica. Sobre hormigón armado, esquivando una mezcladora de cemento, sobre el piso del Covent Garden o el del teatro Alla Scala de Milán, una bailarina es siempre bailarina. Con el casco blanco de obra sobre su pelo castaño, recorre el bloque moderno de dos pisos, las cuatro aulas de música, las dos que serán para danza y el ambiente destinado a las actividades culturales. Con la misma espontaneidad con la que ejecuta un grand plié, la bailarina, madrina de la futura escuela, se ríe del comentario del intendente: "Mirá lo que lograste: traer ballet a José León Suárez".

La esperan en la escuela de danza de Adriana Stork, la primera en descubrir en esa chica de piernas largas a una auténtica bailarina. Una marea de tutús blancos, rodetes tirantes y caras frescas la envuelven en un abrazo. Más de cincuenta chicas, algunas madres y maestras la miran encandiladas. "Es el Messi de las bailarinas -destaca la coreógrafa y organizadora de la gala solidaria en San Martín, Analía Domizzi-. La miran todo el tiempo". Núñez recibe ramos de flores y carteles de bienvenida. Uno dice: "Desde que te conocí siento que bailar es mágico".

Como cada vez que vuelve a la Argentina, encabeza la gala solidaria de ballet en la Sociedad Alemana de Gimnasia de Villa Ballester. La última vez, ocho mil personas, la mayoría vecinos de San Martín, se acercaron a verla. "En el barrio empezaron mis sueños. Estoy agradecida a San Martín por haberme dado tanto desde chica."

¿Qué distingue al bailarín argentino en el mundo?

Las cosas acá no son fáciles. Me acuerdo de los salones chiquitos, el piso de madera, algunos vidrios rotos en las ventanas. Yo los amo igual. Se respiraba la historia. Acá nada es fácil. Está en los argentinos: "lo atamos con alambre". Yo sé lo que cuesta. Nada se sirve en bandeja de plata. Y cuando de repente tenés una oportunidad, la agarrás con todo. Los argentinos transpiramos la camiseta diez veces más. Se ve mucho en el escenario, se siente, está en nuestra sangre. Uno lo puede palpitar.

¿Qué opinás del estado actual de la danza argentina?

Tenemos un superteatro, el Colón, que es mágico. Vas a cualquier compañía internacional y no sólo tenés bailarines argentinos en el cuerpo, tenés bailarines estrellas. Ludmila Pagliero, Herman Cornejo... Son bailarines top, o sea que las cosas bien se hacen. El país debería darle más espacio al arte y a la cultura. Hay que estar orgullosos y mostrarlo. Es increíble la cantidad de bailarines y de talento que salen de acá.

¿La maternidad es algo que te genera ilusión?

Me gustaría. No quiero muchos; quiero uno. Para las bailarinas es todo un tema. Implica estar un año afuera. Y, claro, ponés a tu cuerpo, tu herramienta de trabajo, al límite. Después hay que trabajar mucho para volver, pero es posible.

¿Cómo te imaginás en diez años?

Espero que bailando. Seguro. En Londres, porque es mi casa. Quiero tener una carrera larga, seguir madurando como artista. Implica cuidar mucho mi cuerpo. Creo que el desafío más grande va a ser el día que esta carrera. (silencio). No lo puedo ni decir. Se termine. Amo lo que hago.

1982

Nace el 23 de marzo, en San Martín. De padre policía y madre ama de casa, Marianela se cría como la menor de tres hermanos varones

1985

Empieza a bailar en la casa de una vecina. Dos años después, se anota en la escuela de danza clásica de Adriana Stork, quien enseguida le adivina un futuro de bailarina profesional y le aconseja que tome clases en el Colón

1991

Se perfecciona durante cinco años en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. A los 14, Maximiliano Guerra la lleva de gira por el mundo

1997

Parte hacia su nuevo hogar: la escuela de Ballet del Royal, después de audicionar con una variación del Quijote y deslumbrar al jurado

2000

Es promovida a primera solista y, en 2002, a principal. Desde entonces, lleva la corona de primera bailarina y se convierte en exponente mundial de la técnica estándar de oro, una distinción otorgada por la excelencia en su arte

2009

Gana el Konex de Platino a la mejor bailarina argentina de la década

2013

Obtiene el prestigioso Laurence Olivier, reconocida por su trabajo en tres piezas, y el Critics' Circle Dance Awards

El futuro

Volverá a la Argentina para bailar en el Teatro Colón los días 29 y 30 de septiembre y 1°,3, 4, 5, 6 y 7 de octubre. Interpretará a Aurora, la princesa maldecida por la hechicera del reino y rescatada por un valiente príncipe en La bella durmiente, coronada por la música de Chaikovski

Maquilló y peinó Juliana Giraldo para JC Agency. Asistente de fotografía: Lucas Vazquez. Agradecimientos: SETTE, Giacobbe, Prüne, Roma Renom, Mila Kartei, Evangelina Bomparola y Juan Hernández Daels.

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