Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny: La decadencia convertida en show televisivo

Jueves 24 de agosto de 2017
SEGUIR
PARA LA NACION
0
La puesta de Lombardero
La puesta de Lombardero. Foto: LA NACION

Desde su nacimiento, hacia 1600, la ópera, que no es sino un tipo muy peculiar de teatro musical, fue atravesando distintas etapas en las que, desde posturas meramente intuitivas hasta aquellas sostenidas por sólidos planteos teóricos, se planteaba la disputa sobre la preeminencia de lo teatral por sobre lo musical o exactamente lo opuesto. Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny, la obra que Kurt Weill y Bertolt Brecht terminaron de escribir en 1929, pertenece -sin lugar a dudas- a la primera categoría.

Más aún, es una Zeitoper -una peculiar idea operística, muy teatral, de la Alemania de entreguerras- con planteos y contenidos originales y revulsivos, en lo textual y musical.

Ante este tipo de propuesta escénica, y sin desmerecer en lo más mínimo la puesta en valor de los aspectos musicales y vocales, es la concepción escénica y su dirección el elemento central, casi una invitación para que Marcelo Lombardero despliegue su creatividad y fantasía ya no en la adaptación o actualización de libretos tradicionales, sino precisamente sobre uno de Brecht, que por lo demás sigue pareciendo rigurosamente actual.

Aun a costa de un resumen forzado que deja afuera otros elementos esenciales, la puesta de Lombardero se centra en dos ideas centrales.

Por un lado, apela a una ampliación del escenario del Colón con el armado de una sólida pasarela por delante del foso de la orquesta que se vincula con el escenario a través de dos corredores laterales. A la proximidad física de la acción teatral -la pasarela está, propiamente, sobre las primeras filas del público- se le suma el constante ir y venir de los personajes por los tres pasillos de la platea. Esta idea no es meramente espacial, sino que le da al público una mayor proximidad y una vivencia mucho más directa con el acontecer dramático. Esa conexión entre contenidos y realidad no es ociosa, y cabe conjeturar que no es ajena a la concepción de Lombardero. La segunda apuesta es la de recurrir a un sinfín inagotable de recursos tecnológicos sumamente efectivos para montar un gigantesco show televisivo, con pasajes propios de una película de acción, tan ostentoso como chabacano y desamorado, ideal para ambientar la sordidez, la especulación, el maltrato y la corruptela congénita de la ciudad de Mahagonny. Para completar una puesta de una belleza y contundencia inapelables, tanto por las proyecciones como por los diseños de iluminación, Lombardero cuenta con un elenco que supo desplazarse, actuar y poner exactamente el cuerpo para que, sobre el escenario y aledaños, se pudiera contemplar el mejor y más corrosivo, sucio y ácido de los mundos.

La música de Kurt Weill es maravillosa y esa virtuosa mezcla de cabaret berlinés, foxtrots, music hall con el más riguroso mundo del neoclasicismo alemán y el arte del contrapunto y la orquestación tuvo una muy buena realización por parte de David Syrus. Pero en el elenco hubo respuestas dispares a las exigencias de la partitura. Sin lugar a dudas, hubo trabajos brillantes como los del tenor austríaco Nikolai Schukoff, la mezzosoprano alemana Iris Vermillion, y el muy vernáculo bajo barítono Hernán Iturralde. En una ópera que ofrece personajes todos detestables con los cuales es imposible entablar una mínima identificación, estos tres cantantes fascinaron con un canto irrefutable. La buena caracterización lograda por la soprano también alemana Nicola Beller en la construcción de su Jenny no tuvo su contraparte con una voz de poca intensidad. El resto del elenco se desenvolvió con suma corrección y Lombardero supo ubicar sobre la pasarela delantera a quienes, por cuestión de volumen, carecían de la suficiente potencia como para hacerse oír con claridad desde las lejanías del escenario.

Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny es un espectáculo musical inusual y sumamente logrado. La escasez del público en la primera función puede dar a entender que la furibunda crítica social que planteó descarnadamente Brecht y esa música de Weill muy erróneamente considerada pueril pueden estar en las antípodas (de hecho, a su modo, lo está) de Mozart o Verdi. Con todo, esta ópera es una de las creaciones más fantásticas del teatro musical del siglo XX, y sería una picardía que los recelos y las dudas movieran a desistir de contemplar una ópera que es una auténtica obra de arte y que, en esta oportunidad, además, tiene una realización digna del mejor encomio.

En esta nota:
Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas