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Terror

Víctor Hugo Ghitta

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LA NACION
Jueves 24 de agosto de 2017
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La policía holandesa detuvo anoche en Rotterdam, Holanda, a un individuo que conducía una camioneta con bombas de gas. Poco antes había sido suspendido un recital del grupo californiano Allah-Las en la sala Maassilo, tras haberse recibido una amenaza terrorista anónima. Pasaron casi dos años desde el atentado en el teatro Bataclán, en París, parte de una serie de ataques en la capital francesa que se cobraron 137 víctimas. En mayo de este año, veintidós personas murieron tras un atentado perpetrado en el Manchester Arena tras un recital de Ariana Grande, cuyo público es esencialmente adolescente. Esa noche muchos observadores de los movimientos del terrorismo internacional se preguntaron si éste, y más específicamente Estado Islámico, había detectado en el universo de los más jóvenes un escenario útil para su propósito de expandir el miedo.

La respuesta es difícil. Pero basta entender que esa audiencia la integran chicos y chicas que pueden ser nuestros hijos para comprender hasta dónde puede llegar la idea de la crueldad. La historia está plagada de ejemplos parecidos, claro, pero cada nueva amenaza reaviva la perplejidad y el dolor que produce asomarse, otra vez, a la bajeza humana.

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