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Marta Minujín: siete ojos ven mejor que dos

La artista siempre lleva puestos cinco anillos que tienen ojos de vidrio incrustados; no se separa de ellos porque, dice, la protegen de las malas energías

Héctor M. Guyot

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LA NACION
Domingo 27 de agosto de 2017
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Foto: Sebastián Dufour

Marta Minujín tiene siete ojos. Con dos de ellos, los que oculta bajo sus gafas oscuras, ve sin ser vista. Los otros cinco, los que lleva incrustados en sus anillos, la protegen de la envidia y los celos ajenos. Sin ellos, dice, se sentiría desarmada. Toda una confesión. Una mujer fuerte y segura, que cree en su arte con una intensidad arrolladora, puede al mismo tiempo sentirse vulnerable.

Ella dice que es muy supersticiosa y que ya de joven, cuando era una artista veinteañera que cosechaba éxitos en Nueva York, tenía muchos odiadores que irradiaban sobre su persona energías negativas. Por eso, desde hace décadas neutraliza la mala onda con esos ojos de vidrio que miran fijo montados sobre una base de plata. Lleva dos en la mano derecha y tres en la izquierda, y cuando junta los puños para poner los cinco ojos en hilera con el fin de enseñártelos, te corre un frío por la espalda y aclarás sin que te lo pidan que no tenés intenciones de hacerle daño a nadie.

Los consiguió en Nueva York, en un negocio under de Greenwich Village llamado C’est Magnifique, frecuentado por músicos de rock, motoqueros de los Hell’s Angels y toda clase de descastados. Lo atendía un hombre extraño que fabricaba con sus propias manos, allí mismo, los objetos inclasificables que vendía. Marta aclara que ésta es su segunda tanda de ojos. “Antes tenía seis, pero me los olvidé en el baño del Gran Rex, durante un concierto de rock, cuando me los saqué para lavarme las manos”, dice. Imposible conocer el destino de esos ojos perdidos y el de la persona que los encontró.

A estos cinco ojos los lleva anillados a sus manos, día y noche, desde hace 30 años. Sólo se los saca para dormir. Los pierde en una baldosa y los vuelve a encontrar. No podría vivir sin ellos, dice, son su antídoto contra el mal de ojo. Pero piensa un segundo y agrega que lo que en verdad la protege de todo mal es el arte. Abre Instagram en su celular y en la pantalla desfilan las selfies que la gente sube desde Kassel, Alemania, sede de la muestra Documenta, con su monumental Partenón de libros prohibidos de fondo. “Todas las mañanas miro las fotos que van entrando. Me dan una energía muy grande. Esta es la mejor obra de mi vida y es muy difícil que la pueda superar. Volví a montarla en Kassel porque hoy el mundo está que arde.”

–¿Hay mucha censura?

–Winnie de Pooh está prohibido en China. Y en Europa, por el terrorismo, todo el mundo vive con miedo. Esa es una forma de censura.

Con Minujín las cosas son rápidas. Uno quiere indagar sobre un punto y ella ya está en el siguiente. Se escapa. Uno la sigue y escucha: “Vivo pensando en el arte y en verdad eso es lo que me salva. Por eso no caigo en depresiones y estoy viva. Tengo un ojo que distingue lo que es arte”.

Hay entonces un ojo del artista, arriesgo yo, y no es ninguno de esos cinco que lleva en las manos. Acaso, tampoco ninguno de los dos que esconde tras los anteojos oscuros. ¿Hacia dónde mira ese ojo del artista?, le pregunto. ¿Hacia adentro o hacia afuera?

–Hacia afuera –responde Minujín, sin dudar–. Es la realidad y la vida la que te sorprende. Es la gente la que te estimula. Del contacto con la realidad surgen las ideas.

La respuesta me recuerda lo que decía Renoir: jamás la imaginación del artista podrá igualar las infinitas formas que adopta la realidad. Se lo comento a Marta y ella se interesa. Pero enseguida está en otro lado, en otro asunto, lista para despedirse y salir a la calle con sus siete ojos, fuerte y vulnerable, dejando al periodista frente a su café frío en el bar Bogotá de la plaza Vicente López, solo y con una única certeza: es difícil asomarse al misterio de este mujer que desde hace décadas sorprende al mundo del arte.

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