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Mi más grande afecto de la niñez

Francis Mallmann

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PARA LA NACION
Domingo 27 de agosto de 2017
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Foto: Flor Sánchez Elia

Crecí con diversidad. Mis padres buscaron sus sueños y nosotros fuimos criados dentro de una trama de modernismo misceláneo. Regido por el espíritu germano matemático de mi padre, que además es un gran romántico.

Mi madre me otorgó el don de las flores, la costura y el sabor. Ambos me dieron en guarda unas semillas sin germinar que aún conservo en mis bolsillos como símbolos de esperanza.

De niño mi más grande tesoro fue una bicicleta colorada con la que rodaba por los trillos de Naperville, Chicago. Creo que aquella libertad motriz me dio las primeras señales de integridad individual. Quizá yo también era un pájaro o una de las ardillas que subían y bajaban de los árboles comiendo bellotas. Me la había regalado para mi cumpleaños, un 14 de enero, Nelly, una niñera de puro corazón que viajó con mi familia en barco desde la Argentina. Unos años después, en Nueva York, al abordar todos el mismo barco para regresar, en la misma escalinata por la que subíamos, la miró a mi madre y le dijo que ella se quedaba. Aquel mismo día, el 22 noviembre de 1963, habían asesinado a John Kennedy, y mi madre, como todas las mujeres de los Estados Unidos, tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Yo tenía 7 años. El crimen fue un momento imborrable en la memoria colectiva del país debido a su traumático impacto social. Nelly dijo estar enamorada de un americano. Al tiempo se casó y unos años después, murió trágicamente de cáncer. Un vínculo muy fuerte me unía a ella; fue mi primer desgarro. Siendo apenas un niño, sabía que yo era lo que ella más quería en el mundo, me lo había dicho en silencio con sus ojos durante años en el estado de Illinois, entre nevadas, trigales y hectáreas de maíz.

Y como en una película antigua, luego de abrazarla nos quedamos todos parados en la borda, mirándola, agitando pañuelos mientras el barco se alejaba del puerto, pasando irónicamente al lado de la Estatua de la Libertad, conducido por una fuerza ajena que inexplicablemente nos separaría para siempre. Nunca más la vi, pero representó mi más grande afecto de la niñez. Aquel quiebre parecía incomprensible para mí, como era posible que una persona tan cercana desapareciera abruptamente de mi existencia. Quizás aún hoy no me siento afín a aquella ciudad por recordarla claramente como el cruel escenario de la más sentida despedida de mi vida.

Durante aquellas estancias muchas veces regresábamos a la Argentina para Navidad, siempre en barco con la ritual fiesta del trópico de capricornio, la bahía en el puerto de Santos, Brasil, y el de Montevideo, donde esperaba mi abuelo uruguayo con sus anteojos negros, sus canas engominadas y su jeep Willys verde, que usaba para la pesca de tiburones en La Paloma.

Nunca más la vi, y ya en Bariloche siempre esperaba con ansias sus cartas, que a veces venían con un billete de dólar. Mi corazón quebrado lentamente se fue remendando, aunque la distancia y los años fueron silenciando las cartas hasta que un día mi madre me dijo que había fallecido. Mis afectos entonces habían sido renovados por Pinky, un lánguido perro collie igual a Lassie -con sus películas abrazó el corazón de varias generaciones de niños norteamericanos-, por los loros que anunciaban las nevadas, las botas de cuero de invierno de casa Walmar y los fuegos de los asados de los jardineros del Centro Atómico Bariloche, asentados debajo de unos enormes radales donde entre las piedras escondían la botella de chimichurri.

Nosotros esperábamos el domingo para hacer nuestros primeros fuegos y saborearlo del pico de la botella. No sabía entonces que aquella salsa patria, muchos años después, sería mi pasaporte, en mi cocina de fuegos, hacia la felicidad, el sabor y el romance por todo el mundo.

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