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"El cáncer de mama me abrió a la vida"

Después de un diagnóstico abrumador, decidió no dejarse vencer; Quería cumplir su sueño de formar pareja y tener una familia, pero le esperaría un camino de lucha, rechazo y renacer

Viernes 25 de agosto de 2017 • 00:12
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Dicen que descubrir cuáles son nuestras pasiones nos transforma en seres afortunados, en personas destinadas a esquivar con mayor éxito esos instantes densos de vacío existencial. Ludmila, una mujer sensible, sentía que había encontrado su camino y, gracias a ello, se consideraba una persona con suerte; sus motores, bailar y ayudar, le provocaban de esas sonrisas que brotan desde el alma, luminosas. Danzar en la vida la hacía sentir liviana; su cuerpo en movimiento lograba desprenderla de los momentos más abrumadores de cualquier cotidianidad. Ayudar, en cambio, era un impulso inevitable; formaba parte de su naturaleza desde siempre. Por eso, un buen día decidió fundir sus capacidades para que fluyan juntas en un camino feliz: se convirtió en danzaterapéuta. "Ayudar me ayuda", solía decir Ludmila, convencida.

El diagnóstico

Sin embargo, el día en el que le detectaron cáncer de mama toda su filosofía de vida se puso en juego de una manera impensada, hasta ponerla en jaque. Ya no se trataba de un día complicado que podía dejar atrás y danzarlo hasta el olvido. Pero Ludmila era fuerte y, después de atravesar el primer impacto, decidió no dejarse vencer; la noticia la había abrumado pero no paralizado. "Por entonces tenía 45 años y quería vivir. Tenía sueños y proyectos y con la noticia entendí que quería cambios en mi vida. Por ejemplo, tener una pareja y mi propia familia."

A Ludmila la operaron, le dieron quimioterapia, rayos y una nueva perspectiva de lo que era vivir. "Con mis sueños más presentes que nunca, decidí que iba a dar pelea. Perdí el pelo, pero no las ganas de salir adelante", cuenta. Y así, aun en los días donde el cansancio le calaba hasta el alma, Ludmila se acomodaba su peluca y salía con paso firme a dar clases de danzaterapia mientras se recordaba: "Ayudar me ayuda. Ayúdate que te ayudaré."

El rechazo

Los años que siguieron fueron agridulces. De caídas y renacimientos, de golpes al corazón y de grandes esperanzas. En la travesía hacia su deseo de formar pareja y tener sus hijos, comprendió más que nunca que el mundo es un lugar repleto de agujeros negros, imanes para instancias de vulnerabilidad y flaquezas del amor propio. Le tocó conocer a un hombre con quien todo parecía fluir bien hasta el momento en el que la rechazó, cruel, por tener cáncer. A partir de ese episodio, le siguieron una profunda inseguridad, la vergüenza a la sinceridad y el miedo a esa nueva realidad; una en donde temía que el camino del amor le fuera a resultar siempre así.

A los cinco años de operarse, falleció su madre. Ludmila, que por entonces vivía con sus padres, la despidió con todo el dolor imaginable y decidió redoblar su pelea. La vida le había enseñado que las metas sólo se vuelven imposibles en la muerte. Por eso, y a pesar de sus miedos, decidió levantar cabeza una vez más y seguir. Se fue a vivir sola, se anotó en varios cursos de su interés y siguió trabajando en su pasión, la danzaterapia. Y, no sin temor, se propuso darle una nueva oportunidad al amor.

Abrirse a la vida

"Cuando conocí a mi actual pareja tenía mucho miedo de tener relaciones, porque un hombre ya me había rechazado por mi enfermedad", dice Ludmila emocionada, "Pero aprendí que no todo está perdido y que no todos son iguales. Mi amor no me rechazó y al decirle la verdad me dijo: ¿y qué tiene? No tiene importancia. Eso me abrió a la esperanza y me abrió a la vida de nuevo, porque la verdad es que yo pensaba que me iban a seguir rechazando por el motivo que fuera."

Ludmila sobrevivió y el 30 de noviembre se cumplirán ocho años desde el diagnóstico. "Hace dos años y medio que estoy en pareja y formé mi familia. No tengo hijos de mi vientre, pero sí cinco del corazón que me dicen tía mamá y dos sobrinos preciosos, una nena y un varón", cuenta emocionada. Sus hijos del corazón son los de una amiga fallecida que, antes de morir, le pidió que los protegiera. El padre está muy enfermo y Ludmila los encamina para la vida, para que sean felices. Se aman mucho y con ellos aprendió que existen muchas formas de amor maternal.

"No soy feliz las 24 hs del día y tengo muchos controles que hacerme", cuenta Ludmila hoy, "Pero la vida no es fácil para nadie. Antes de la enfermedad yo estaba sana y, sin embargo, hoy siento que valoro mucho más cada día y me alegra que así sea. Y agradezco tanto a mi familia y a mi amor, que me acompañan cada día. También doy gracias al hospital Marie Curie porque allí me salvaron la vida. Allí luchan todos los días por sus pacientes. Yo sobreviví y digo: hay esperanza. Esperanza de cambio, de humanidad, de grandezas, de ser feliz. Nunca es tarde para volver a empezar. Todos los días empiezo de nuevo. Me levanto, miro con una sonrisa a mi amor y compañero que me hace feliz en esta travesía y me digo: ¡A danzar! ¡A danzar la vida! Tengo 53 años y me siento llena de entusiasmo. Sí, el cáncer de mama me abrió a la vida"

Si tenés una historia propia, de algún familiar o conocido y la querés compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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