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La princesa que sólo quería vivir

Domingo 27 de agosto de 2017
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En 1953, ocho años antes del nacimiento de Diana Spencer, Audrey Hepburn protagonizó una de sus películas más emblemáticas: Vacaciones en Roma. En ella interpreta a una princesa extranjera que decide por un día y una noche escapar de los asfixiantes deberes de la monarquía y escabullirse de incógnito en las calles de la ciudad eterna. El destino la cruzará con un periodista (Gregory Peck), de quien se enamora, pero al final los sentimientos sucumbirán al deber. En nuestro país y el resto de Hispanoamérica el film recibió el más épico título de La princesa que quería vivir, pero en todo el mundo evocó lo mismo: el cuento clásico de la princesa triste y solitaria que sólo añora ser feliz.

Pocos imaginaron entonces que en el siglo XX este tipo de historia pudiera existir más allá de la ficción. Pero, algunas décadas más tarde, Diana de Gales se convirtió en esa trágica princesa, al vivir y morir ante la mirada de un planeta que nunca quitó sus ojos de ella y no le permitió, siquiera por un día, escabullirse en el anonimato de una gran ciudad para ser ella misma.

Desde su fastuosa boda, la más televisada de la historia (fue seguida en vivo por 750 millones de personas), hasta su escandaloso divorcio de un príncipe que nunca la amó, la vida pública de Diana fascinó a los medios y a la opinión pública, que encontró en ella el encanto de aquellos cuentos, en la época de la comunicación de masas y la tecnología.

A veinte años de su muerte, en esta edición de La Nación revista Javier Arroyuelo analiza el estilo de una princesa que se convirtió en el último gran ícono del siglo XX y que aprendió a gritar su infelicidad y rebeldía por medio de sus gestos y su manera de mostrarse al mundo. Fue una forma de escapar a los protocolos y a los deberes monárquicos que le reclamaban un discreto silencio, y así los leía un periodismo que aprendió a interpretar en su vestir y su actitud las razones de un corazón doliente.

Cuando la felicidad pareció finalmente encontrarse con ella, la madrugada parisina fue testigo de su trágica muerte bajo el Puente del Alma, y entonces el cuento se convirtió en leyenda. El mundo, azorado, pareció paralizarse con la noticia y durante días no salió de su asombro. El dolor de quienes la habían convertido en su "reina de corazones" hizo tambalear a la vieja monarquía que no le permitió ser feliz. Y la prensa, que la persiguió hasta el instante final, fue culpada por el desenlace.

Dos décadas después el planeta vuelve a hablar de ella, como lo harán las futuras generaciones. Y el cuento, sin final feliz, se seguirá contando, como esas historias eternas que maravillan porque no tienen edad ni tiempo.

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