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Anticipo: nuevo libro a 100 años de la Revolución Rusa

En Todo lo que necesitás saber sobre la Revolución Rusa (Paidós), Martín Baña y Pablo Stefanoni reconstruyen el proceso histórico y político iniciado en 1917 que proyectó su dinámica al resto del mundo

Domingo 27 de agosto de 2017
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Reproducimos aquí un fragmento del libro Todo lo que necesitás saber sobre la Revolución Rusa (Paidós), que narra el clima de experimentación social y cultural de aquellos años.

Imagen de Octubre, film donde Serguéi Eisenstein indaga en los inicios de la revolución soviética
Imagen de Octubre, film donde Serguéi Eisenstein indaga en los inicios de la revolución soviética. Foto: Archivo

El utopismo fue un poderoso dispositivo que estimuló las fantasías y los sueños de los hombres y mujeres en sus intentos de construir un mundo nuevo. En ese sentido, fue la "fuerza emocional" del proceso revolucionario de la cual surgieron ideas, lenguajes, inventos, visiones y esperanzas que conformaron una auténtica revolución cultural, incluso antes de 1917 y hasta por lo menos 1932. Como lo ha demostrado el historiador Richard Pipes, la cultura y la vida cotidiana rusas pasaron por el tamiz de la experimentación, incluso más allá de lo que el nuevo gobierno bolchevique estaba dispuesto a permitir.

Una vez consolidada la Revolución, había que demostrar que una nueva era se iniciaba. Así, los símbolos del zarismo fueron lentamente descartados y reemplazados por nuevos.

Por ejemplo, en Petrogrado una comisión de expertos propuso deshacerse de todas las estatuas de los zares, dejando en pie solo El jinete de bronce, la famosa estatua ecuestre de Pedro el Grande. Muchas ciudades fueron renombradas y la vieja capital fue el mayor ejemplo: una vez muerto Lenin en 1924, se la llamó Leningrado. Otras ciudades también fueron rebautizadas de acuerdo con el nuevo panteón revolucionario: Ekaterimburgo pasó a ser conocida como Sverdlovsk (por Iákov Sverdlov) y Petro-Marevka como Piervomaisk (por el Primero de Mayo). Los bolcheviques, sin embargo, designaron comisarios para proteger museos y colecciones de arte de la furia popular, creyendo que no toda la herencia cultural del pasado debía ser eliminada.

Fue en los festivales callejeros donde el espíritu utópico se puso de manifiesto con gran notoriedad, a pesar de que en parte eran herederos de la tradición pagana y ortodoxa. Así, ya para el 1° de mayo de 1918 se pensó en un festival que celebrara el día de los trabajadores. Una procesión que comenzó en el Instituto Smolny y terminó en la Plaza del Palacio combinó música, desfiles, fuegos artificiales e incluso el Réquiem de Mozart en homenaje a las víctimas de la Revolución.

Los festivales se repetirían con los años e involucrarían a artistas, músicos y diseñadores en la diagramación y la decoración del espacio público como lugar de encuentro y de celebración de la nueva sociedad, como sucedió en El misterio del trabajo liberado, un espectáculo de masas que se montó el 1° de mayo de 1920. Allí se combinaron los espectáculos carnavalescos con danzas y decoraciones de los edificios públicos, en parte basadas en las experiencias de Proletkul't.

A la par de los festivales, pronto emergieron los símbolos de la nueva nación revolucionaria: en el verano de 1918 la tradicional bandera roja de la izquierda fue estampada con el martillo y la hoz, símbolos respectivos de la clase obrera y el campesinado, y la Internacional, que abría todas las celebraciones, se convirtió en el himno de facto.

El alfabeto cirílico se simplificó para hacerlo más accesible a las masas e incluso hubo planes para pasar al alfabeto latino. El 18 de enero de 1918 el calendario juliano que usaba el zarismo se acomodó al europeo. Quienes despertaron al otro día lo hicieron ya siendo 1° de febrero, como lo era en el resto de Europa, fecha que el decreto establecía como punto cero del uso del nuevo calendario. Si bien aquí había razones prácticas (lo habían sugerido desde el Comisariado de Asuntos Externos), también había motivos simbólicos: mostrar que la Iglesia ortodoxa, que seguía usando el calendario juliano, se encontraba entre lo más retrasado del mundo.

Precisamente, la religión fue un blanco de la Revolución. Una de las primeras medidas que tomaron los bolcheviques fue la de separar a la Iglesia del Estado. En 1924 surgió la Liga de los Militantes sin Dios, fundada por Emelian Iaroslavsky, la cual proclamaba que la religión era nociva para los trabajadores y que la ciencia alcanzaba para explicar al mundo. Iaroslavsky llegó a publicar su propia Biblia, en la que combinaba citas contra la religión de los referentes del marxismo con las de clásicos europeos.

Al mismo tiempo, surgieron actos de anticlericalismo popular y ateísmo. Así, se propuso la celebración de la "anti-Navidad" con árboles decorados con estrellas rojas y se realizó un juicio a la Biblia en el que, naturalmente, se la encontró culpable. Por las calles era común observar frases como "el humo de la fábrica es mejor que el humo del incienso" y no tardaron en aparecer actos de "contra fe" en los que los niños se bautizaban con nombres revolucionarios, tales como Traktorina (por el tractor), Ilina (y otras variantes del patronímico de Lenin) y Melor (por Marx, Engels, Lenin, Octubre, Revolución), y las parejas se casaban en las "bodas rojas".

El utopismo se hizo sentir también en el espacio urbano. En los primeros años de la década de 1920 aparecieron los desurbanistas, un grupo heterogéneo de sociólogos, teóricos, periodistas y economistas, liderados por Mijaíl Ojitovich. Los desurbanistas buscaban la redistribución no urbana de la población, dejando atrás ciudades y capitales y propiciando que los espacios se habitaran con mayor libertad.

A su vez, Konstantín Mélnikov planeó una ciudad verde [zeliony gorod] como ciudad de descanso en las afueras de Moscú, con jardines, un zoo, barrios de reposo con hidromasajes y agua de temperatura regulada, regulación química del aire con aromas de otoño y primavera, y bosques y acondicionamiento del sonido mediante el murmullo de las hojas y el silbido del viento. Con ello se proponía reemplazar el ruido del ambiente por "ruidos organizados" basados en el principio de la música y sus "conciertos de sonidos naturales", para que ayudasen al descanso.

A pesar de no contar con un "Departamento de Utopía" o un "Comisariado para los Sueños", los escritores exploraron el género de la ciencia ficción para estar a tono con lo que sucedía en la sociedad. Así, surgió una literatura utópica en la que se hablaba de paraísos comunistas rodeados de tecnología y habitados por gente virtuosa y feliz, en los que se combinaba el anticapitalismo marxista con el temor eslavófilo para moldear un Occidente diabólico.

Así surgieron textos como el del ex menchevique B. Gorev, De Tomás Moro a Lenin (1922), en el que colocaba al líder bolchevique dentro de la tradición utópica; o El mundo que viene (1923), de Iákov Okunev, donde se describía al mundo del año 2117 como un ambiente global interconectado, repleto de una compleja tecnología y atravesado por nuevas relaciones humanas. En diez años, se publicaron casi doscientos títulos de este tipo.

Varias instituciones artísticas surgieron por esos años con el solo fin de explorar cómo sería el arte del futuro. El futurista Vladímir Maiakovsky, que abogaba por una destrucción de todo el pasado cultural, fundó el Frente de Izquierda de las Artes (LEF). En los talleres de la Escuela de Arte y Técnica (Vjutemas) y el Instituto de Cultura Artística (Injuk) la experimentación estética también se trasladó al diseño. Se lo ligó a la producción, como un medio para integrar el arte a la reconstrucción de la sociedad.

En ese sentido, se destacaron los constructivistas, quienes, como constructores y técnicos, declararon su compromiso con la producción de objetos prácticos que transformaran la vida social. Así, plantearon la construcción de los dom kommuny, es decir, casas comunales en donde toda la propiedad sería compartida por los habitantes -incluso la ropa- y donde las tareas domésticas serían repartidas en equipos rotativos.

Por otra parte, la subordinación del elemento artístico a la funcionalidad se podía ver en una variada cantidad de objetos: abrigos, muebles, vajillas. Tal vez el ejemplo extremo sea Vladímir Tatlin, quien diseñó un Monumento a la Tercera Internacional en 1919 como sede de ese cónclave. Se trataba de una torre gigante de 400 metros, con una estructura espiral de hierro y acero con estructuras de vidrio diferente (cubo, esfera, pirámide) que rotarían a distintas velocidades y con pantallas gigantes para informar las últimas noticias. Si bien nunca se llegó a construir, su diseño es demostrativo del espíritu utópico y transformador de esos años. Una maqueta, sin embargo, dio vueltas por varios lugares de Rusia, mostrando el proyecto a toda la población. Tatlin dio rienda suelta a su creatividad y desarrolló también otros artefactos en ese sentido, como el Letatlin, una especie de bicicleta voladora que combinaba diseño, tecnología y utopismo.

Pinturas como Un nuevo planeta, de Konstantín Iuon (1921), también dejaban ver que el advenimiento del socialismo tenía dimensiones globales.

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