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Reseña: Pequeño fracaso, de Gary Shteyngart

Un soviético anclado en Nueva York

Pedro B. Rey

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LA NACION
Domingo 27 de agosto de 2017
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El tema primordial de la literatura de inmigrantes, descubre Gary Shteyngart al final de Pequeño fracaso, es paradójico: en el país de adopción, el escritor nunca resulta lo suficientemente vernáculo; en el lugar de procedencia se lo rechaza, en cambio, por falta de autenticidad. Anclado en Nueva York y aledaños, Shteyngart (Leningrado, 1972) llega a esa conclusión tras un breve encuentro con Chang-Rae Lee, el autor de En lengua materna. Si va a dedicarse a escribir no debe darle la espalda al hecho personalmente más crucial: ser nativo de la ex URSS, un país que se había desintegrado de manera “muy poco solemne”.

Además del coreano Chang-Rae Lee, la literatura estadounidense tiene hoy muchos autores clave surgidos del cruce de culturas. Baste nombrar a Teju Cole (de origen nigeriano), Aleksandar Hemon (bosnio), Edwidge Danticat (haitiana) o Junot Díaz (dominicano). Entre tantos estilos, el de Shteyngart es el más humorístico y ácido, como lo prueba Absurdistán (2006), su sátira sobre una imaginaria república soviética de cartón.

Contra lo que podía esperarse, Pequeño fracaso no es una novela, territorio preferido de Shteyngart, sino un libro de memorias. La autobiografía suena prematura, si se considera que su autor apenas media los cuarenta, pero existe una coartada para el apuro: más tiempo hubiera puesto a demasiada distancia los recuerdos más sensibles e irrecuperables. Los apartados decisivos del volumen son, justamente, los que rememoran los primeros años del futuro escritor, aquellos que pasó en su país natal, una entidad (la ex URSS) que, gracias al tono cómico con que es evocada, no sólo parece remota: también tiene algo de parque temático regido por una lógica insensata y peregrina.

Shteyngart hurga como un arqueólogo de sí mismo y, por propiedad transitiva, de la historia. Ahí está, figura tutelar todopoderosa, la estatua de Lenin frente al estrecho departamento en que vegeta la familia (la reencontrará hacia el final, cuando visite San Petersburgo, otrora Leningrado). O el adiestramiento gimnástico que no encaja con la naturaleza del pequeño Igor (el nombre original de Gary). En las historias de gansos volantes para escapar de la grisura cotidiana despunta ya una aptitud. El idioma ruso es una cantilena que aparece y reaparece en esa primera parte, y cumple una función cuasimusical, una banda sonora extrañada, como salida de Lost.

A los padres (Igor es hijo único) se los retrata con cariño y sin piedad. Son una caricatura hiperrealista de los bruscos cambios de humor eslavo, combinados con cierto estoicismo judío. ¿Cómo pudo esa pareja, sin mayor heroísmo que la supervivencia cotidiana, salir del laberinto opresivo y burocrático que era la URSS? La oportunidad fue el acuerdo de James Carter con Brezhnev, que facilitó, a fines de los años setenta, la emigración de muchos miembros de la comunidad judía.

Los Shteyngart no eligieron Israel, como casi todos, sino Nueva York, adonde se dirigieron tras una breve y desconcertante escala europea. Las tres cuartas partes restantes de Pequeño fracaso narran la dialéctica perpetua entre lo privado (la cultura rusa continúa omnipresente en casa de Gary, más allá del fervor reaganiano de los padres) y el mundo público, que incluye la educación sentimental en una escuela hebrea primero, un college pobre y prestigioso más tarde y una universidad perdida en el corazón de Ohio. Los pros y contras de esas aventuras dependen en gran medida del interés o la empatía que el lector (el destinatario primario es ostensiblemente estadounidense) pueda sentir por la capacidad adaptativa de un personaje, el propio narrador, que posa, a veces con gracia, otra no, como antihéroe permanente.

Pequeño fracaso alude a la expresión en ruso con que la madre, poco pedagógica, designaba a Gary en la infancia. Tal vez no sea casual que en el original inglés el título se valga de la palabra “failure” y no de “loser” (“perdedor”). La segunda no tiene vuelta atrás. Al escritor le viene mejor el fracaso porque –como sugiere sin decirlo Shteyngart, habitual firma de The New Yorker– siempre tiene un fondo picaresco, origen de toda narración.

PEQUEÑO FRACASO

Por Gary Shteyngart

Libros del Asteroide. Trad.: E. Jordá. 434 págs., $ 580

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