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Dos semanas a pie por el techo del mundo

Crónica de una caminata épica por el circuito del Annapurna, en la cordillera del Himalaya, Nepal; desafío físico, climas cambiantes y pasos a más de 5400 metros

Un trekking exigente, pero con una gran recompensa a la altura del esfuerzo
Un trekking exigente, pero con una gran recompensa a la altura del esfuerzo.
Domingo 27 de agosto de 2017
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Katmandú, capital de Nepal, el pequeño asiático entre dos colosos como China e India. Salimos 17 argentinos junto con cuatro guías y ocho porteadores nepaleses que nos hablan inglés. Íbamos en un micro rumbo a Besisahar, un pueblo ubicado a 260 kilómetros de la ciudad, pero el viaje demora siete horas por el tránsito y las curvas cerradas.

Era apenas el inicio de una aventura que continuaría con 16 días de trekking, con muchas dudas y expectativas: ¿cómo reaccionaría el cuerpo? ¿Cómo sería la adaptación a la altura, a los diferentes climas y terrenos? La mayoría del grupo nunca había encarado una caminata tan larga, comparable con el Camino del Inca en Machu Picchu, pero cuatro veces. Volver a poner el físico en acción y entrar en contacto con la naturaleza de manera íntima y superadora era un desafío irresistible.

Besisahar es el punto de inicio habitual del circuito del Annapurna, uno de los trekkings más famoso de Nepal y del mundo. El camino completo abarca unos 250 kilómetros, desde una altura mínima de 800 metros sobre el nivel del mar y con un paso de 5416 en el medio del recorrido.

Thorong La, a 5416 metros, el punto más alto de esta aventura
Thorong La, a 5416 metros, el punto más alto de esta aventura.

Comenzamos la caminata apenas pasado el mediodía, después del almuerzo, superando el primer puesto de control para ingresar en el área de protección. El Annapurna no es uno sino varios picos altos y nevados, de esos que parecen estar bien cerca del cielo. Por algo se conoce a Nepal como el techo del mundo. Los diferentes picos componen un macizo montañoso en el centro de la cordillera del Himalaya que culmina en el Annapurna I, con 8091 de altura, la décima montaña más alta de la Tierra.

Empieza la aventura

El macizo se extiende por 55 kilómetros, bordeado por el cañón Lall Gandaki al oeste, por el río Marshyangdi al norte y al este, y por el valle Pokhara en el lado sur. Todo está protegido dentro del área de conservación del Annapurna, el parque nacional más grande de Nepal. Sus 7629 kilómetros cuadrados cuentan con un gran número de rutas de senderismo, incluyendo justamente el circuito del Annapurna.

Llegamos a Bhulbhule, 800 metros sobre el nivel de mar, ya entrada la tarde. Paramos a dormir y comer en unas cabañas subdividas en habitaciones para dos personas, con baño compartido y un salón comedor conjunto. En la mayoría de los alojamientos contábamos con Wi-Fi para contactarnos con la familia. El único detalle a considerar era la diferencia horaria de ocho horas.

Dormimos en camas con mosquiteros. Eso me trajo recuerdos hermosos de mi abuela materna, ya fallecida, que toda su vida durmió bajo esa manta de tul, allá en Encarnación, Paraguay.

Al día siguiente salimos temprano, luego del desayuno. Nos esperaban cinco horas de caminata por el verde valle que llevaba al poblado de Nagdi, a 890 metros del nivel del mar. Almorzamos en Bahudanda, donde teníamos a la vista el Monte Phungi (6379 metros) hacia el norte. Panza llena, corazón contento para emprender un rápido descenso hacia la orilla del río Marsyandghi. Y, tras pasar un puente, una fuerte pendiente nos acercó a Jagat, a 1340 metros sobre el nivel del mar; en el camino nos encontramos con algunos chicos jugando a la pelota. Con un guiño cómplice nos invitaron a participar de un picadito, para compartir lo único que conocían de nuestro país. ¡Messi! ¡Maradona! Bendito fútbol.

Estábamos en primavera (otoño, en la Argentina), antes de la temporada de los monzones, que va de junio a septiembre. En pocas horas el clima podía variar bastante. Comenzábamos a caminar con una temperatura templada, sol suave y brisa tranquila, pero a medida que avanzaban las horas se iban formando las nubes y nos enfrentábamos en algunos casos con lluvias copiosas típicas de zonas tropicales. Por suerte no eran tormentas eléctricas así que, una vez que nos poníamos los pilotos, no hacía falta suspender la caminata. A medida que subíamos, pasábamos a un clima de alta montaña, templado de día y muy frío de noche. En las camas de los refugios siempre nos esperaban acolchados muy abrigados.

En Pisang

El pueblo de Manang, con 200 casas, punto de encuentro de caminantes en esta ruta
El pueblo de Manang, con 200 casas, punto de encuentro de caminantes en esta ruta.

Luego de cinco horas de andar llegamos a Pisang, varios chortens (estupas budistas), y una excelente vista del Annapurna II (7937 metros). Cualquier foto que sacara era para lucirse. ¡Estábamos en el Himalaya! Como llegamos con tiempo pudimos subir a un templo budista, un lugar con una energía muy especial.

Como grupo funcionábamos bastante bien. Cada uno tenía su ritmo y nos reuníamos cuando era necesario. El silencio permitía un diálogo con la naturaleza, poniendo el foco de atención en su pequeñas y grandes variables. También había espacio para algunas charlas de vida o alguna que otra canción (el efecto "una que sepamos todos"). Un elenco diverso: cuatro hombres y el resto, mujeres, la mayor parte nos conocimos directamente en el viaje.

Aunque dicen que el séptimo día se hizo para descansar, no era nuestro caso. Salimos temprano hacia Manang, un pintoresco pueblo de comerciantes con poco más de 200 casas. Allí pasaríamos dos noches. El grupo se separó y algunos salimos a conocer unas cuevas, un templo budista y el camino hacia un glaciar. Había que subir 500 metros más, no parecía tanto, pero sí lo era y terminó resultando una aventura cansadora, aunque la vista valió la pena.

De regreso, almuerzo, siestita y salida para recorrer el pueblo, un punto de concentración de trekkinistas de todo el mundo. Entre muchas otras curiosidades, encontramos una especie de cine de campaña en el que proyectaban Siete años en el Tíbet, aquella película con Brad Pitt. El público se sentaba en unos silloncitos con una manta para las piernas, una estufa en los pies, pochoclo y una taza de té. Un lujo.

Hasta lo más alto

Ya habíamos pasado la mitad de la travesía y llegaban los días más complicados en cuanto al aire y la oxigenación.

Llegó entonces el gran día de acceder al punto más alto del viaje: el paso del Thorong La, 5416 a metros. Este paso de montaña ha sido utilizado desde hace cientos de años para comunicar el valle de Marsyangdi con el del Khali Gandaki. Arrancamos muy temprano, apenas amanecía, y después de cinco horas de marcha llegamos. El paisaje del Himalaya era grandioso, con esos banderines típicos nepaleses y banderas de todo el mundo. Fotos, fotos y más fotos para guardar un momento maravilloso. Y, como premio al esfuerzo, un té con galletitas.

Comenzamos el descenso una hora después. La bruma empezaba a bajar y el paisaje se iba cubriendo. Ahora entendíamos por qué había que salir al amanecer.

16 días por el circuito del Annapurna
16 días por el circuito del Annapurna.

El próximo punto fue Mukhtinath, un camino intenso donde las rodillas y los tobillos se ponían a prueba, en un recorrido total de ocho horas.

Al siguiente día, el camino se internaba en la garganta más profunda del mundo entre el Annapurna y el Dhaulagiri, con un desnivel desde el río Khali Gandaki a la altura de Tatopani de cerca de 7000 metros, con tan sólo 34 kilómetros entre las cumbres de los dos colosos. Este inmenso corredor es el que provoca el flujo constante de vientos de hasta 70 kilómetros todos los días del año desde primeras horas. Los padecimos durante dos horas, tapados de pies a cabeza, y llegamos a Jomsom, único pueblo del circuito que tiene aeropuerto. Los aviones sólo salen de mañana temprano para evitar los vientos. Ese es el punto donde muchos dan por terminada la travesía y regresan en avión a Pockara o a Katmandú. Pero nosotros no: caminaríamos hora y media más hasta Marpha, un hermoso poblado, como de cuento, para pasar la noche.

Era muy extraño. En la mayoría de los trekkings llegar al punto más alto suele ser el cierre. Pero en esta ocasión aún faltaban los días más largos. Se notaba que habíamos bajado la guardia y nuestros cuerpos estaban más resentidos. Así y todo nos armamos de valor y continuamos alentándonos.

Doce horas

Salimos después del desayuno en un día espléndido. Primero, pasamos por un campamento de refugiados tibetanos. Cuando salimos de la civilización encaramos un sendero de montaña adentrándonos por un bosque. Por momentos el camino se hacía más que difícil, era angosto y en algunos tramos bordeaba un precipicio no apto para el vértigo. Seguimos hasta que nos dimos cuenta de que no había salida y debimos retroceder. Este retraso se hizo sentir con el correr de las horas; había que llegar a Gasa y quedaban todavía 20 kilómetros. Llegamos bien entrada la noche... ¡después de doce horas de caminata! Todo estaba amplificado: el cansancio, el enojo y las ampollas. Por suerte, en el lugar donde dormíamos la cerveza ayudó a calmar la mala onda.

El plan de marcha a Ghorepani (2750 metros) decía "ocho horas de caminata". Pero no aclaraba que eran ocho horas de escalones. En cada vuelta del camino, donde el ascenso parecía terminar, se revelaba nuevamente una línea infinita de escalones de piedra. Cuando paramos para almorzar estaba tan contenta de que las ampollas no me molestaran, que nos pusimos a bailar. El entorno era casi selvático, el clima era caluroso y muy húmedo. Hasta que se largó una lluvia que no cedería hasta el final del recorrido. El lodge donde pasaríamos la noche nos recibió con una vista espectacular del Dhaulagiri.

En la última noche juntos, con el guía y los porteadores, nos organizaron un baile de despedida. Compartimos un vino nepalés caliente, con esa sensación encontrada de felicidad y tristeza de llegar al final.

Entre la bruma

Al día siguiente el clima mejoró muchísimo y nos sumergimos en un paisaje muy parecido a la selva misionera, aunque la bruma no nos permitiera ver demasiado. Las escaleras seguían, para arriba, para abajo. Nos sentíamos como dentro de un cuadro de Escher y sus eternas escaleras hacia ningún lado.

Cuatro horas después llegamos para almorzar a Birethanti. Nos preparábamos para las dos últimas horas de caminata, ya por una carretera, muy tranquilos, tratando de captar cada instante como único. Finalmente llegamos a Naya Pul, donde nos esperaba el bus para trasladarnos en seis horas hasta Pokhara, la tercer ciudad más importante de Nepal, a orillas del lago Phewa.

Llegamos de noche al hotel. Tras el descanso obligado, la breve recorrida por la ciudad fue un cambio brusco, en contraste con lo que acabábamos de vivir. Luces, ruido y movimiento.

Al otro día, mientras estábamos relajados en la playa del lago Phewa, repentinamente se nubló y una tormenta intensa nos obligó a refugiarnos en un barcito tan precario que parecía a punto de volar con el viento. Algunos argentinos, un ruso, una española, una pareja alemana, una china y la pareja nepalí dueña del lugar compartimos cervezas hasta que la tormenta se disipó y todo volvió a brillar. Al día siguiente volvíamos a Katmandú.

Tips y costos para emprender esta aventura

Imprescindible llevar buen calzado y ropa cómoda para caminar, piloto para la lluvia y algo de abrigo para la zona de alta montaña.

Recomendable entrenar mínimo un mes antes de encarar este tipo de travesía especialmente para poder disfrutarlo plenamente.

El costo del trekking es de aproximadamente 2100/ 2200 dólares e incluye todas las comidas, estadía, porteadores y guía de la zona, que hablan en inglés. La agencia de turismo aventura Hielo Azul (4383-2958/ 4384-8674. www.hieloazulaventura.com / info@hieloazulaventura.com) organiza la salida desde Buenos Aires. El precio no incluye el vuelo a Nepal.

El agua no está incluida en la travesía y su precio varía a medida que se va subiendo.

Recomiendan tomar agua envasada, también se puede llevar pastillas potabilizadoras, aunque en todas partes se consigue agua envasada.

Se puede conseguir equipamiento a buen precio en Katmandú.

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