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Vancouver, un paraíso moderno y multicultural

Iván de Pineda

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LA NACION
Domingo 27 de agosto de 2017
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Foto: Sutterstock

Siempre rankeada por lo medios especializados como una de las mejores ciudades del mundo para vivir, a mí siempre me gustó por su perfecto balance entre lo urbano y lo agreste, donde se disfruta de sus maravillosos paisajes así como también de una moderna y tranquila urbe. Me refiero a la ciudad de Vancouver, en la costa oeste de Canadá.

Si bien se puede decir que es una ciudad relativamente joven -fue fundada en 1886-, tiene una larga historia, ya que no podemos dejar de mencionar a cada uno de los pueblos originarios que vivieron en esta zona, como los squamish, musqueam o tseil-waututh y quienes comenzaron a tomar contacto con europeos con la llegada de los españoles a finales del siglo XVIII y también de los ingleses, quienes por entonces y de la mano de George Vancouver -de quien la ciudad toma su nombre- exploraron el área.

La fiebre del oro tuvo mucho que ver con su desarrollo posterior: a mediados del siglo XIX, y como sucedió con California, decenas de miles de personas respondieron al llamado de la fortuna y emigraron a estas latitudes, a Fraser Canyon para ser más precisos, para cumplir un sueño y cambiar sus vidas.

Con la llegada del tren transcontinental -imagínense lo que significó el arribo de este medio de locomoción-, Vancouver comenzó a crecer no sólo geográficamente, sino también demográficamente, y para el comienzo de la década de 1930 ya contaba con casi 250.000 habitantes.

En nuestros días se ha transformado en una de las metrópolis más grandes del país. En su territorio mezcla de una armoniosa manera rascacielos y modernos edificios de oficinas con tranquilas áreas residenciales.

Tal vez una de las cosas más significativas de la ciudad tenga que ver con su demografía, que la convierte en una verdadera ciudad multicultural donde nos vamos a encontrar con gente que tiene sus orígenes hasta en los más remotos rincones del mundo.

Uno de los mejores lugares para observar esto es Granville Island, una pequeña península al sur del centro de Vancouver que comenzó siendo una importante área industrial y fabril, hoy contando con uno de los mercados públicos más dinámicos que he visitado: el Granville Island Public Market.

Para llegar hasta aquí les recomendaría que lo hiciesen por agua, cruzando la pequeña bahía de False Creek desde Yaletown en alguno de los water taxis dispuestos para este servicio. Es un corto trayecto, de poco mas de cinco minutos, durante el cual se puede registrar una lindísima panorámica de la masa de concreto, acero y cristal de los modernos edificios que vamos dejando atrás. Los puentes sobre la bahía son punto de referencia mientras nos acercamos a nuestro destino, porque esta es una también de las maravillosas razones para visitar Vancouver: sus perspectivas, sus fugas y las vistas.

Una vez desembarcados, lo primero que vamos a hacer es caminar unos metros para conocer una de las obras de street art más importantes del país: Gigantes, un ambicioso proyecto de dos hermanos brasileños llamados Osgemeos, que pintaron murales de 360 grados en unos enormes silos de cemento.

Desde allí, y por la calle Johnston, nos dirigimos hacia la entrada del mercado para ingresar en lo que sería una especie de asamblea de las Naciones Unidas, cada una de ellas representadas en las decenas y decenas de puestos ofreciendo infinidad de delicias mundiales.

Aquí, querido amigo lector, dejo que la subjetividad, el gusto o las ganas personales tomen partido. Elija lo que más le gusta, llame la atención o se anime. Déjese llevar por la cantidad de diferentes idiomas y acentos hablados. Tome una mesa de las que están dispuestas en la amplia terraza y respire el fresco y limpio aire.

Y disfrute..

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