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¿Qué le pasa a la CGT?

Adrián Goldin

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PARA LA NACION
Viernes 25 de agosto de 2017
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El advenimiento del peronismo fue la instancia inaugural de un nuevo perfil del sindicalismo. Cierto sector gremial, luego dominante, parecía entonces hacer a un lado su histórica relación con las ideologías, para anudar en lo sucesivo una casi excluyente vinculación con el poder político y el Estado. Opción fortalecida por el hecho innegable de haber sido el peronismo la primera expresión partidaria que les reconoció a los sindicatos la condición de sujetos del sistema político y por la demostrada capacidad estatal para ofrecerles el acceso a derechos, beneficios y posiciones que la sola acción sindical no había permitido alcanzar.

En un ejercicio de simplificación, podría decirse que a partir de entonces el sindicalismo aparece denotado por una íntima vinculación de pertenencia al Estado, al que quiere propio y adicto. Condición que se manifiesta tanto cuando confronta con un gobierno que no considera "propio" -porque esta confrontación no tiene otro objeto que el de apurar el acceso de "su" partido al ejercicio del poder- como cuando se incorpora y mimetiza con el aparato esta vez "propio" de su partido en el gobierno.

Foto: LA NACION

Hay que decir que el sistema incluye componentes adicionales tan apetecibles para los sindicatos como susceptibles de poner en cuestión su autonomía: desde la dictadura de Onganía se destaca entre ellos el régimen de obras sociales, que por la naturaleza de sus recursos está sujeto a la reglamentación e intervención estatal. Baste recordar que el gobierno de Carlos Menem supo "vender" a la central sindical varias veces la misma "mercadería" -la preservación de la regulación de las obras sociales y el manejo de sus recursos- por "precios" sucesivos de sujeción y acatamiento a políticas públicas nada fáciles de digerir para la sensibilidad sindical.

Esa lógica histórica y política admite cuando menos dos corolarios.

En primer lugar, hizo posible que los gobiernos peronistas de las últimas décadas pudieran incluso tener un rol activo en la elección de su contraparte sindical. Tal el caso de la opción de Menem por la entonces denominada CGT San Martín y la consiguiente consagración de su dirigente máximo, Guerino Andreoni, lo que implicaría el sometimiento de Saúl Ubaldini (CGT Azopardo) a un ostracismo sindical del que no pudo recuperarse. También la más reciente opción de Néstor Kirchner por Hugo Moyano al frente de la CGT, donde se mantuvo hasta que Cristina Kirchner le soltó la mano y lo reemplazó por los antes tan vituperados "Gordos", siempre más dialoguistas.

En segundo lugar, permite entender por qué entre las diversas fracciones que es posible reconocer en el sindicalismo de cúpula no es fácil identificar diferencias doctrinarias ni ideológicas relevantes; en lo esencial, sólo las distingue su respectivo grado de adhesión o rechazo al gobierno en el poder, su perfil más o menos dialoguista y hasta la presencia de intereses colaterales en juego, como podría ser hoy la crítica situación en la que se encuentra el correo OCA.

Las condiciones que debe afrontar hoy el sindicalismo son por cierto más complejas. De un lado, gobierno y sindicatos no comparten una común pertenencia partidaria que pueda, al menos como consecuencia de esa identidad compartida, derivar en fenómenos de convergencia, cooptación o sometimiento.

Tampoco está presente aquella relativa regularidad histórica que, salvo matices o disputas internas, dio lugar en general a relaciones predominantemente binarias: sindicatos/gobierno peronista; sindicatos/gobierno ajeno. La central sindical esta hoy sujeta a una notable variedad de demandas, que otrora o bien no existían o bien podían ser simplemente desoídas. Junto a la necesidad de arbitrar las posiciones más o menos dialoguistas existentes en su interior, debe responder a los requerimientos de las centrales alternativas (ambas CTA) y de los movimientos sociales; a unas y otros necesita hoy para afirmar su presencia "en la calle".

Como si eso fuera poco, afronta también los reclamos y desafíos de partidos de izquierda que, junto con las comisiones internas en las que ellos suelen tener notable influencia, les plantean sus exigencias con severo tono imperativo. Finalmente, inciden también las exigencias de las expresiones residuales del kirchnerismo, de las que procuran "despegarse", pero que tienen todavía aptitud para hacerse oír.

Si a ese abrumador escenario se le adicionan la crítica situación actual del peronismo y el reciente desempeño electoral del Gobierno, no debería sorprender que el desconcierto sea el sentimiento que hoy prevalece en la central sindical. Desconcierto que se manifiesta en tensiones rupturistas, presencias menos comprometidas en la marcha reciente, fugacidad de las acciones públicas y anuncios en "cámara lenta" de medidas que no es seguro que sean mayoritariamente apetecidas ni que puedan llevarse a buen término.

El autor es profesor titular de la Universidad de Buenos Aires y profesor emérito de la Universidad de San Andrés

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